El sol de la mañana aún no ha tenido oportunidad de bañar con sus rayos el muelle de Bluefields, en la Costa Caribe de Nicaragua, pero los pescadores ya surcan la bahía.

El reloj digital contra agua de un lanchero marca las 5:05 de la mañana. Es un sábado 3 de febrero.

La meta para esta jornada para los lancheros es recolectar la mayor cantidad de jaibas, una labor que se divide en al menos tres etapas, y en este momento se dedican a ir levantando los crustáceos que se van atrapando en rejillas de abanicos viejos y descartados.

Las carnadas son también desechos, pero esta vez de pescado.

Carne de cabezas, aletas, colas o espinas dorsales, son desgarradas con paciencia por el crustáceo que yace en la profundidad.

Mientras Óscar Ruiz, navega en búsqueda de lo que han recogido sus 'platillos', cuenta que la suya es una tarea ardua; "en la madrugada, ver si está el tiempo bueno, salir, sino, pues nos quedamos y tenemos que soltar eso de vuelta”.

Si todo pinta bien y deciden lanzar al agua sus jaulas artesanales, se encomiendan a Dios y abajo en la bóveda celeste, que aún pinta azul intenso por la falta de luz, empiezan un ir y venir que puede durar hasta media mañana.

“Hay que venir oscuro, tipo cuatro, tres de la madrugada y todo es que aclare y comenzamos a tirar de vuelta", asegura.

Para poder llenar una de las cajas plásticas en las que se almacena el producto, se toma hasta 7 ‘revisadas’, a como llama este hombre al proceso de pesca. "Y a veces que ni las llenamos", cuenta, ya con su rostro dorándose con el primer sol de ese día.

Ojo de buen panguero...

En un día bueno, Ruiz regresa a la empresa que acopia su pesca con entre 250 y 300 libras de jaiba, cifra que tiene bien calculada, pues se trata de una profesión que muchos como él aprenden desde niños.

"Eso así es. Yo inicié desde pequeño en esta bahía con camarón, o la jaiba. Tal vez se perdía la jaiba y me iba con el camarón, porque hay tiempos que no sacás nada, dos tres meses, nada. Si el camarón estaba malo ya me iba a buscar pescado con redes, y así, siempre en esta bahía y así pulseándola", comenta, agradecido con las bendiciones que les entrega el mar a los habitantes de este Caribe.

La actividad de pesca es compartida por las familias, y se pueden ver incluso núcleos tripulando una misma lancha.

Son generalmente dos personas, una encargada del motor y otra de las redes. Hoy parece ser un día bueno, aunque todos dicen que esta no es la temporada alta.

Compartir lancha y sueños

Una pareja se ve a media distancia. Son Yeris Martínez y Reyna Centeno, un matrimonio joven que decidieron unir esfuerzos para vivir del mar.

Reyna, fue introducida por su cónyuge para que juntos tuvieran mejores ingresos en el hogar.

Con una mano en el motor y con la otra apretando más su gastado suéter gris salpicado de agua, frunce un poco el ceño y empieza a recordar los primeros días, antes que la pesca fuera su cotidianidad.

"Con él, andar con él, tengo un año. Pero él tiene más. El proceso empieza un día antes, el encarnamiento (proceso de armado de jaulas y colocación de anzuelos) a las cuatro de la tarde, máximo duramos una hora, y en la madrugada, al día siguiente, desde las cuatro de la mañana", dice, relatando su rutina y parando para tratar de aliviar un poco la resequedad de sus labios.

En su año de experiencia ha podido recolectar - en su mejor momento - hasta un máximo de 150 libras. Considera que no son muchas las mujeres que se dedican a la pesca en esta zona, pero cada vez más compañeras participan en la faena.

Sin soltar la mirada a su línea de carnadas, Yeris recuerda cómo invitó a faenar a su esposa. Fue justamente en el momento que le encontró cariño a la pesca, y como el resto de su vida, quiso compartir este oficio con su alma gemela.

Cuando habla de cariño, no solo es debido a los mejores ingresos económicos que puede conseguir, sino a una actividad que puede resultar apasionante.

"Es que cuando la pesca está buena, genera algo de ingreso y uno se la juega. Yo lo máximo que he conseguido son 150 libras, pero claro, hay botes que agarran más, eso es variado. Nosotros solo llegamos y ahí 'nomasito' nos pagan", se justifica.

De costeños y por costeños

La iniciativa local también viene apropiándose de las actividades fundamentales de la zona. Mientras se recolecta el producto, otra cantidad de operarios y operarias lo van recibiendo, limpiando, procesando y hasta enlatando en la orilla.

Henry Myers, es gerente de Caribbean Blue, la compañía con la que colaboran la mayoría de pescadores en la zona.

La empresa, iniciada para darle un carácter más industrial a esta actividad, es, en palabras de Myers “de costeños y dirigida por costeños”.

A la fecha son 7 años de trabajo, cuya industria está orientada al procesamiento, pasteurización y enlatado de la carne de cangrejo.

La mayoría del producto es enviado al extranjero, aunque ya hay algunos compradores que distribuyen este tipo de cangrejo en el mercado local. "Productos que se pueden encontrar en Managua, pero gran parte de nuestra producción es de exportación", afirma.

La visión de esta empresa es contribuir al desarrollo local, logrando que el oficio ancestral de los habitantes de Bluefields se vaya potenciando cada vez más.

"Nosotros vemos a los pescadores como parte de esta empresa. No lo vemos como parte, son parte de esta empresa – se corrige – Y la idea es tratar al pescador con respeto y dignidad”, añade.

“Nuestra filosofía es de que el pescador, desde que arrima al muelle, nosotros inmediatamente le recibimos su producto, lo trasladamos al área de pesaje y tratamos al pescador como parte integral de nuestra empresa", asegura.

Caribbean Blue trabaja de manera coordinada con los pescadores, incluso, facilitando la compra de motores y otros insumos, que hagan que esta labor se vaya cada vez profesionalizando más.

"Nosotros reconocemos que si el pescador tiene mejor capacidad de captura y tiene mejores medios va a ser más productivo y si él es más productivo en el volumen de jaiba que captura, también la empresa se beneficia. Entonces esto es un partnership, una alianza donde nosotros facilitamos motores a los pescadores y ellos lo van pagando paulatinamente con la producción y si son pescadores fieles que están aquí con nosotros, nosotros estamos aquí para ayudarles también", destaca.

La Costa Caribe es una tierra en la que tradición y pesca son la misma palabra.

Se trata de un lugar en el que las aguas abrazan la historia de este pueblo y ofrecen de vuelta un mensaje claro de esperanza, confirmado por la valentía de su gente, su fe y esfuerzos por seguir alcanzando nuevas victorias.