Un grupo de mujeres de aspecto humilde se apresura en sus labores tal como si fueran hormigas obreras precisadas por la llegada del invierno.

En un pequeño entechado de madera vieja, alumbrada con el resplandor del sol que se cuela por la puerta abierta y las hendijas del edificio, una de ellas patea con destreza una gigantesca piedra redonda que hace las veces del motor del torno.

Mientras tanto, con sus manos ya marcadas de cayos por esta labor practicada desde hace una treintena de años, va dando forma a una pieza de barro, que bien podría convertirse, en un florero, un vaso, una pipa o incluso un llavero.

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En este momento podría ser una artesanía convencional, pero más bien se trata de una futura obra de cerámica de barro negro.

La mujer es Luz Marina Herrera, socia de una cooperativa de artesanas en La Cureña, comunidad del municipio de Jinotega, quien advierte que las piezas son de elaboración exclusiva en esta zona.

“Y a nivel mundial solo se elabora en tres países, aquí en Nicaragua, en México y Colombia. Y usted sabe que cada departamento tiene su cultura y nosotros la conservamos, primero porque es una cultura, y en segundo, porque nos ayudamos económicamente”, cuenta sin detener su labor.

El proceso

Una vez terminado con su quehacer en el torno, se procede con el horneado. Sin embargo anteriormente han tenido que realizar diversas tareas que incluyen la extracción de la materia prima en las que llaman ‘minas de barro', ubicadas a tres kilómetros de su cede.

Una vez obtenido el material base, se remoja y se cuela, dejándolo reposar por 24 horas en una especie de pileta, hasta que cobra una textura parecida a la de la plastilina.

Saltando hasta la parte cuando ha sido elaborada la artesanía, es momento de hornear.

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Cuenta que el horno de leña es llenado con 300 piezas a la vez, que se cocinan en altas temperaturas durante ocho horas consecutivas.

En este punto es en el que revela el secreto de la metamorfosis sufrida por los artículos, pues no es realmente el barro al cual deben su color característico:

“Cuando ya agarran el color rojo vivo (en el horno) entonces nosotros lo sacamos con un palo largo, ya hacemos una cama de esa madera de aserrín o si no hoja de pino seco y las sacamos así al rojo vivo, las ponemos aquí, luego les ponemos más aserrín, las tapamos y las revolvemos bien”, cuenta.

Asegura que es con el aserrín que se va quemando y desprendiendo grandes cantidades de humo, con el que se obtiene el resultado deseado.

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“Entonces la pieza absorbe el humo y ya coge el color negro, entonces la cerámica por eso queda negra, no es que lleve pintura, ni químicos, nada”, detalla.

Piezas utilitarias

Asegura que estas piezas no solamente son decorativas, sino más bien son utilitarias en su mayoría.

Su proceso de elaboración les permite incluso poder usarlas dentro de microondas sin problemas “no tiene mal gusto”, explica.

Su humildad hace que no oculten la técnica que entrega las obras de arte que se ofrecen al público a las afueras de su pequeño taller.

Y es esa accesibilidad por la que han tenido visitas de diversidad de personas, unas con fines nobles y otras no tanto, incluida la mala intención de aquellos que buscan replicar sus resultados, aunque éstos últimos no han podido igualar las artesanías con la misma calidad.

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A medio contar estas anécdotas se frena y dice preferir resaltar la buena voluntad de aquellos como las autoridades de Gobierno que fueron quienes les proporcionaron los dos tornos que con los que han visto facilitado enormemente su trabajo.

“Nos trajeron estos tornos y nos trajeron una señora de San Juan de Oriente que nos enseñara a aprender a usar ese torno y así nosotros hemos ido creando piezas de la mente, que nosotros sacamos el diseño y así nosotros tenemos como 100 diseños”, comenta.

Arte hereditario

En esta comunidad, han pasado tres generaciones de mujeres artesanas.

“Yo aprendí de mis abuelas, de mis tías y después yo les enseñé a mis nueras a mis nietas yo, les estoy enseñando, a mi hijo, y así cada una de las socias estamos haciendo, no tenemos que dejar que esta cultura se pierda porque es una cultura indígena de Jinotega y aquí de las cureñas”, afirma con un resplandor particular en sus ojos.

Las mujeres que sobreviven económicamente de esta actividad, manifiestan que lo hacen no solamente por el sustento diario, que cubren casi a las justas gracias la ganancia que deja el turismo, sino más bien por el orgullo que sienten de mantener vivo este trabajo.

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En la tienda en la que se exhibe el resultado final, Liliam Castro, una de las socias más jóvenes, afirma precisamente haber aprendido de su suegra.

“Es una experiencia muy bonita y una tradición que pienso dejarle a mis hijas en un futuro si es que les gusta porque la generación que viene casi no le gusta este trabajo”, afirma esperanzada en que las que la siguen la relevarán efectivamente en su oficio.

Esto a la vez la hace sentirse satisfecha, pues hace que no solo en su comunidad se haga reconocer por un trabajo tan particular, sino también todo su municipio de Jinotega y su Nicaragua amada.

“Es difícil la elaboración, lleva mucho tiempo aprender y también algunos diseños que son muy difícil la hecha, pero con la ayuda de las otras compañeras que tenemos en la cooperativa aprendemos a elaborarlas. Es una experiencia muy bonita, un orgullo, haber aprendido la elaboración de la cerámica negra, un orgullo de dejarle esta tradición a la generación que viene”, reconoce.

Diversificación

También cuenta que han aprendido a diversificar su labor. Han creado una suerte de paquete turístico en que muestran la ruta de la cerámica.

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“Les explicamos el proceso de la cerámica, la historia, y si ellos quieren tantear a hacer su propia piececita en el torno, con ayuda de nosotros también la elaboramos”, explica.

Atareadas, como están desde el principio hasta el fin de cada día, extienden la invitación a quien llegue conocer de su existencia, de visitarlas para así poder compartir con ellos su talento.

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