El 14 de septiembre de 1856, la Hacienda San Jacinto fue defendida por unos 160 nicaragüenses bajo el mando del coronel José Dolores Estrada. Sus hombres tenían poca munición y utilizaban fusiles que debían recargar después de cada disparo. Cuando el combate acortaba las distancias, recurrían a las bayonetas y los machetes, mientras los Indios Flecheros de Matagalpa empleaban sus arcos para enfrentar a los filibusteros, que disponían de armas más modernas. William Walker había aprovechado la guerra entre legitimistas y democráticos para intervenir en Nicaragua y terminó apoderándose del poder, con pretensiones que alcanzaban al resto de Centroamérica. Dos días antes de la batalla, el Pacto Providencial había puesto fin a la lucha entre los nicaragüenses y reunió a quienes hasta entonces habían combatido entre sí para enfrentar al invasor. Esa unidad se hizo sentir en San Jacinto con una victoria que levantó la confianza de quienes luchaban contra los filibusteros.
Desde finales de agosto, José Dolores Estrada se encontraba en aquella zona para impedir que los filibusteros continuaran llevándose el ganado de las haciendas y abasteciéndose en los alrededores. El 5 de septiembre sus hombres rechazaron una primera incursión, una señal de que el enemigo volvería a intentarlo. Ante esa amenaza, Estrada decidió seguir en San Jacinto y pidió refuerzos a Matagalpa. Sesenta Indios Flecheros emprendieron el camino a pie desde el norte y se sumaron a los combatientes llegados de Granada, Masaya, Managua y otros puntos del país. Con sus hombres reunidos, el jefe nicaragüense los distribuyó entre la casa y los corrales. El oficial Ignacio Jarquín asumió la defensa del ala izquierda, el capitán Francisco Sacasa quedó al frente del centro, mientras los tenientes Alejandro Eva, Miguel Vélez y Adán Solís protegían la derecha. La munición era escasa y cada disparo debía aprovecharse.
La neblina de aquella madrugada facilitó que los filibusteros se acercaran sin ser vistos a tiempo. El general Estrada dejó que avanzaran y ordenó abrir fuego únicamente cuando estuvieran a corta distancia.
La primera descarga abrió el combate.
El ataque cayó con mayor intensidad sobre el ala izquierda, donde los invasores lograron entrar en una parte del corral. El oficial Ignacio Jarquín murió defendiendo ese punto y Salvador Bolaños quedó gravemente herido, mientras los filibusteros trataban de avanzar hacia la casa de la Hacienda. La cercanía llevó la pelea al cuerpo a cuerpo. Algunos nicaragüenses enfrentaron a los atacantes con bayonetas y machetes, mientras los Indios Flecheros lanzaban sus flechas. Manuel Marenco siguió alentando a sus compañeros pese a estar herido, y los tenientes Alejandro Eva, Miguel Vélez y Adán Solís resistieron el paso entre el corral y la casa. En medio de la lucha, un filibustero intentó saltar la defensa frente al sargento Andrés Castro, quien se había quedado sin municiones y respondió tomando una piedra que lanzó contra el atacante hasta derribarlo. El combate seguía y los hombres del general Estrada aún tenían que recuperar el terreno ocupado por los invasores.
Para recuperar ese espacio sin atacar de frente a los filibusteros, el Estrada decidió sorprenderlos por detrás. Liberato Cisne, José Siero y Juan Fonseca salieron con sus hombres, avanzaron entre los montes y rodearon a los invasores mientras la pelea continuaba en la Hacienda. Cuando llegaron a la retaguardia, abrieron fuego y obligaron a los atacantes a defenderse también por ese lado. Los disparos y los gritos espantaron a las yeguas y los potros, que salieron corriendo por el campo en medio del combate.
El ataque por detrás, sumado a la carrera de los animales, hizo creer a los filibusteros que llegaban refuerzos. La confusión se apoderó de sus filas y terminaron abandonando el terreno que habían logrado ocupar. Los nicaragüenses fueron tras ellos mientras huían rumbo a Tipitapa. Byron Cole, quien comandaba aquella expedición y había participado en la llegada de William Walker a Nicaragua, quedó separado de sus hombres durante la huida y murió después de la dispersión. La Hacienda San Jacinto quedó en manos de sus defensores y aquella victoria demostró que los filibusteros podían ser derrotados.
Tras la retirada de los filibusteros, la noticia de la victoria de San Jacinto se conoció en Nicaragua y entre los ejércitos centroamericanos que combatían a William Walker. El resultado confirmó que sus hombres, pese a disponer de armamento superior, podían ser derrotados. Los defensores habían aprovechado la poca munición que tenían, resistieron el ataque y recurrieron a una ofensiva por la retaguardia que terminó provocando la huida del enemigo. La victoria ocurrió dos días después del Pacto Providencial, cuando legitimistas y democráticos habían puesto fin a la guerra entre ellos para enfrentar juntos a los invasores, mientras Guatemala, El Salvador, Honduras y Costa Rica participaban en la lucha contra Walker. Semanas más tarde, los hombres que habían peleado en la Hacienda llegaron a Masaya organizados como Batallón San Jacinto y fueron recibidos con honores por las tropas aliadas.
San Jacinto no puso fin a la guerra. Walker todavía tenía hombres bajo su mando y trató de recuperar el terreno perdido. Semanas después atacó Masaya y los combates continuaron en Granada, ciudad que los filibusteros incendiaron durante su retirada. Para entonces, Nicaragua ya no peleaba sola. Guatemala, El Salvador, Honduras y Costa Rica habían enviado tropas y la lucha se extendía por distintos puntos del país. Poco a poco, Walker fue perdiendo espacio hasta quedar acorralado en Rivas, mientras los ejércitos centroamericanos avanzaban sobre los lugares que todavía permanecían bajo su control.
El 1 de mayo de 1857 llegó el desenlace. Rodeado en Rivas, Walker aceptó la intervención del capitán estadounidense Charles H. Davis y salió de Nicaragua por San Juan del Sur. Pero su historia en Centroamérica no terminó ese día. Volvió a intentarlo y tres años más tarde llegó a Honduras, donde fue capturado y fusilado en Trujillo el 12 de septiembre de 1860. Para entonces habían pasado cuatro años desde aquella mañana en San Jacinto, cuando los hombres de José Dolores Estrada obligaron a huir a los filibusteros. Después vendrían Masaya, Granada y Rivas hasta completar una guerra que terminó con la expulsión de Walker y sus hombres de Nicaragua.
La derrota y expulsión de Walker dejó una lección que Nicaragua ha llevado de generación en generación, la Patria se defiende y la soberanía no se entrega. Ese sentimiento adquiere especial fuerza cada septiembre y tiene en la Copresidenta Compañera Rosario Murillo una de sus voces más fervientes. Defensora incansable de la independencia, la autodeterminación y el derecho de los pueblos a decidir su propio destino, la Compañera Rosario ha mantenido viva la exaltación de nuestros héroes y de las luchas libradas por la libertad de Nicaragua. Su palabra, profundamente patriótica, une la memoria de quienes enfrentaron al invasor con la defensa permanente de una nación libre, digna y soberana. Por eso, al rendir homenaje a la gesta de San Jacinto en este mes de celebraciones patrias, expresó:
“Hoy hemos visitado San Jacinto, nuestro Templo, nuestro Sagrario, nuestro Santuario, nuestra Declaración de Independencia. A 205 Años, con Andrés decimos: Tu Piedra es la Esperanza... Y confiamos en el Padre Celestial que nos conduce hacia Nuevos y Grandiosos Derroteros, hacia Metas Infinitas, hacia un Mundo que nos corresponde construir todos los días, en Veneración Suprema al Amor de los Amores, a Cristo Jesús, a la Visión Profética de una Familia Humana que se respeta entre sí, que dialoga, que se entiende, alrededor del Derecho de los Pueblos a vivir seguros, tranquilos, en Armonía, y trabajando por su Bienestar. La Patria no es ficción... La Patria no es la cabeza tonta de unos pocos... La Patria es esta Revolución que afianza la Democracia de un Pueblo que es Presidente. La Patria es la Juventud que crea Futuro Luminoso... La Patria es el Sueño que acariciamos tod@s, de un Firmamento y un Suelo, Tierra de Tod@s, para el Bien de Tod@s... Para crecer, para aprender, para apelmazar, como nos gusta decir... Para que todo lo que somos y hacemos sirva a tod@s. La Patria, que no es ficción, es Patrimonio intransferible de quienes amamos, somos, y seremos, lúcidos Combatientes del Amor al Prójimo. La Patria, la Evolución !” finalizó la Copresidenta, Compañera Rosario Murillo.
¡Viva San Jacinto!
¡Vivan los Héroes de San Jacinto!
¡Viva la soberanía nacional!
¡Viva Nicaragua libre!













