Querida Presidenta Rosario:

Con profundo respeto y con el afecto que nace de una historia compartida, quiero hacerle llegar estas palabras después de la jornada que vivimos ayer, 27 de Agosto, cuando nuestra juventud ocupó los escaños de la Asamblea Nacional y expresó su respaldo a la Propuesta de Reforma Constitucional.

He contemplado las imágenes de esos jóvenes y he pensado en lo que significa que una generación que ha nacido después de tantos años de guerra pueda expresar su voluntad de construir.

El corazón de nuestra Juventud.

Un corazón que quiere estudiar, trabajar, formar una familia, crear, servir y ver crecer a Nicaragua; un corazón que conoce, por la memoria de nuestra historia, el inmenso valor de la paz y que hoy quiere vivirla, cuidarla y entregarla como herencia a las nuevas generaciones.

Qué hermoso contemplar a una juventud nicaragüense que mira hacia adelante con esperanza, que estudia, trabaja, crea y construye, entendiendo que el futuro se edifica con educación, solidaridad, dignidad y, sobre todo, con paz.

Mientras en distintas partes del mundo vemos con dolor cómo algunos jóvenes convierten escuelas y universidades en escenarios de muerte, nuestra juventud le dice al mundo que existen otros caminos: educación, trabajo, familia, esperanza y paz.

No queremos que nadie venga a enseñarnos lo que es la paz mientras desde otras sociedades una cultura de violencia termina alcanzando precisamente a sus propios jóvenes.

Y aquí encuentro una palabra del Evangelio que conserva una fuerza extraordinaria:

«Todo cuanto os digan, hacedlo y guardadlo, pero no imitéis su conducta, porque dicen y no hacen.»

— Mateo 23,3

No basta hablar de democracia, paz, derechos y libertad. Hay que vivirlos y defenderlos con hechos.

Por eso ayer, desde mi condición de creyente y también como nicaragüense, vi algo profundamente simbólico: jóvenes ocupando los escaños del Parlamento y participando en una decisión que mira hacia el futuro de Nicaragua.

Juventud Presidente.

Una juventud protagonista de su presente y responsable de su futuro; una juventud que no quiere volver a la tragedia de la guerra, que tiene sueños y que quiere ver crecer a su nación.

Nicaragua conoce demasiado bien el precio de la sangre derramada. Por eso, cada escuela que se abre, cada camino que comunica nuestras comunidades, cada centro de salud y hospital que atiende a una familia, cada joven que puede estudiar y cada trabajador que encuentra una oportunidad son también piedras con las que se construye el gran edificio de la paz.

Y desde ahí quiero detenerme para agradecerles, Compañera Rosario.

Este mérito es de ustedes, nuestros Copresidentes, que han sabido guiar a nuestro país y multiplicar lo poco que recibieron cuando llegaron nuevamente a servir a nuestro pueblo.

Porque otros gobiernos, no solamente nos habían robado nuestros recursos; también nos habían robado algo mucho más profundo: la esperanza, la confianza en el futuro y hasta la posibilidad de soñar.

Durante mucho tiempo llegamos a creer que una vivienda digna, la salud y la educación eran privilegios reservados para unos pocos, para quienes tenían recursos, para la burguesía. Habíamos aprendido a conformarnos con poco, creyendo que los grandes sueños pertenecían a otros.

Por eso tiene un profundo significado humano y cristiano que los más pequeños hayan sido colocados en el centro: quienes no poseían nada, las familias humildes, los campesinos, los niños, los jóvenes y todos aquellos que soñaban con una casa, una escuela, un centro de salud, un camino, una oportunidad.

Quienes conocemos la Sagrada Escritura sabemos que esta mirada hacia los pequeños está en el corazón del Evangelio. Nuestro Señor Jesucristo se acercó a los pobres, a los humildes y a quienes eran considerados los últimos; los escuchó, los dignificó y les recordó que también ellos tenían un lugar.

Por eso, cuando una sociedad vuelve su mirada hacia quienes estuvieron al margen, no hablamos solamente de programas o proyectos: hablamos de dignidad, de esperanza y de devolverle al pueblo la posibilidad de soñar.

Y un pueblo que recupera la capacidad de soñar vuelve también a creer en sí mismo

Por eso debemos cuidar el corazón joven de Nicaragua.

Que nunca volvamos a ver corazones marcados por el odio y la violencia.

Que sean corazones capaces de amar, de servir, de sembrar, de trabajar y de construir.

Y, sobre todo, corazones para abrazar la paz.

Quiero también felicitarles a ustedes nuestros Copresidentes, porque, al concluir esta etapa de consulta, una vez más el pueblo ha vuelto a elegirles y a depositar en ustedes su confianza.

Que Dios les conceda sabiduría, fortaleza y discernimiento para seguir adelante.

Que Dios bendiga a Nicaragua.

Que Dios bendiga a nuestra juventud.

Que nuestra juventud siga siendo esa “admirable y eterna juventud”, con el corazón ardiente, potente y valeroso; capaz de convertir la memoria en conciencia, el dolor en esperanza y la historia en compromiso con el porvenir.

Porque una Revolución que sabe mirar al futuro no solamente recuerda a sus héroes: educa a sus nuevas generaciones para que la Patria siga viviendo.

Yader José Salmerón Silva. 
Siempre al Frente y Más Allá.

Comparte
Síguenos