El odio nunca puede ser justificado, es el peor sentimiento de cualquier ser humano. El odio destruye, rebaja, carcome todo lo bueno que una persona pueda tener; provoca destrucción y dolor al objeto que se odia y al sujeto que odia. El odiado a su vez puede reaccionar con odio; entonces, el odio se esparce, se vuelve una infección destructiva que se expande dañando incluso a inocentes.

Generalmente el odio surge debido a hechos o actos que de alguna manera han herido profundamente a quien odia.

También hay un odio inculcado, en ciertos ejércitos a través de técnicas psicológicas inculcan odio hacia el “enemigo”, pues al odiarlo no se tiene ningún escrúpulo en matar, destruir y con saña al adversario que le sitúan. Posteriormente las consecuencias son devastadoras para ese exsoldado, pero ese es otro análisis.

Hay odio que se adquiere por aprendizaje desde pequeño, sea por la familia en la cual se crece, sea por amigos, sea por la sociedad en la cual uno se desarrolla, ejemplos: odio racial, odio de clase, odio al extranjero (xenofobia), odio de genero especialmente a la mujer (misoginia), odio étnico, religioso, odio al pobre (aporofobia), etcétera.

En la Nicaragua actual se ha desarrollado un odio peculiar, se le paga a un grupúsculo de personas y entidades diversas para que promuevan el odio. Entonces el odio se convierte en un negocio y bastante lucrativo.

El objeto del odio financiado es el Gobierno sandinista y todo militante y simpatizante sandinista.

Por años algunas ONG, algunos empresarios, sacerdotes, medios, han inculcado una antipatía a todo lo que sea sandinismo; antipatía que han engordado enfermando mentes y almas de algunos nicaragüenses, y así la antipatía se convierte en desencanto, luego en resentimiento, pasa al menosprecio, a la animosidad, a la enemistad, hasta llegar al odio, de ahí desemboca en una perversidad irracional.

Millones de dólares han contribuido a retorcer la psiquis y los valores morales y éticos de un pucho de nicaragüenses para que el crimen, violaciones, destrucción de propiedad pública y privada, torturas, extorsiones, chantajes; sean vistos como algo plausible. El odio trastorna los valores sociales, los valores humanos; pero qué importa si deja millones.

Empresarios sin pizca de vergüenza afirman que no es asunto de hablar de la economía nacional, no importa destruirla; naturalmente, ellos tienen su trompo enrollado, su negocio —y lucrativo—, es inducir odio.

Los receptores de los millones de dólares para difundir e inculcar odio no han estado exentos, ellos también se han contaminado y danzan gozosos en torno a los más bajos y siniestros actos cual hienas rabiosas; pero con los bolsillos llenos de dólares estadounidenses. Se deshumanizan, se apartan de Dios, inclusos sacerdotes afines a ideales disolutos. El odio inculcado no les permite discernir que Dios es amor, es noviolencia, es ternura; todo lo contrario a las acciones ensalzadas por el odio.

Por suerte para Nicaragua, para las y los nicaragüenses, son un puchito los que se han dejado engatusar, son un puchito quienes han hecho del odio un negocio, quienes han vendido su alma al demonio imperial.

Por Gracia de Dios la nobleza del nicaragüense es inmensurable; no se doblega, no se vende, no se deja embaucar. Las y los nicaragüenses marchamos orgulloso por el sendero de la paz, alumbrados por el sol de la libertad, por la luminosidad divina del amor, amor, amor, entonando himnos escritos con la sangre de los héroes y mártires.

Contra eso, el negocio del odio de los puchitos no ha podido ni podrá.