Las celebraciones del 50 aniversario de la caída en combate de Carlos Fonseca Amador ofrecen la oportunidad de reflexionar sobre el significado de dos derechos fundamentales que han acompañado la historia de la Revolución Sandinista: la salud y la educación.

Precisamente, el padre fundador del FSLN consideraba la alfabetización, el acceso a la cultura y la mejora de las condiciones de vida de las clases populares como elementos esenciales de la emancipación nacional. Desde una visión integral de la situación del país, el intelectual y guerrillero matagalpino vinculaba la lucha por la liberación del somocismo con un proyecto de renacimiento nacional basado en la emancipación social y cultural de su población. Su legado político y cultural ofrece, por tanto, una clave de lectura para reflexionar sobre los resultados alcanzados y sobre hasta qué punto sus enseñanzas han encontrado aplicación en los programas de gobierno de la Revolución en sus distintas etapas.

Revolución es cuando la salud se convierte en un derecho

Antes del triunfo de la Revolución Sandinista, Nicaragua estaba marcada por profundas desigualdades sociales, acompañadas de una represión ciega y cruel. El atraso estructural era generalizado, pero especialmente en las zonas rurales y, sobre todo, en las comunidades más aisladas, el acceso a los servicios sanitarios era limitado y el acceso a la educación prácticamente inexistente.

La pobreza, la desnutrición, la ausencia de centros educativos, la escasez de estructuras hospitalarias y la falta de personal médico cualificado condicionaban negativamente la vida de una parte considerable de la población, hipotecando profundamente no solo su desarrollo, sino también su propia supervivencia.

Con el triunfo de la Revolución, la salud se convirtió en una prioridad de la intervención pública. El objetivo era superar un sistema en el que las posibilidades de recibir atención médica dependían en gran medida de las condiciones económicas y del lugar de residencia. Se impulsaron campañas de vacunación, programas de atención materno-infantil, formación de personal sanitario e iniciativas de medicina preventiva. Se prestó especial atención a las zonas rurales, donde la presencia de centros de salud había sido históricamente insuficiente.

Este proceso fue interrumpido por los 16 años de gobiernos liberales que se sucedieron y sacudieron a Nicaragua y que la devolvieron a una situación en la que la educación y la salud dependían directamente de la capacidad de gasto privado. Un sistema de doble vía en el que los derechos avanzaban a dos velocidades: una para el pueblo y otra para las élites.

El regreso del sandinismo al gobierno, en enero de 2007, volvió a cambiar las reglas del juego y a situar ambos temas - educación y salud - en el centro de la agenda gubernamental.

Las inversiones en infraestructuras, personal y tecnologías, en ambos sectores, han llevado durante estos años a Nicaragua a alcanzar un nivel de satisfacción de estos dos derechos digno de un país que se respeta a sí mismo.

Que esto esté directamente relacionado con la lucha más general contra la pobreza resulta evidente y es, al mismo tiempo, una consecuencia lógica. Para demostrarlo, resulta útil recurrir al índice de Gini, es decir, al coeficiente elegido por las Naciones Unidas para medir el grado de desarrollo de un país a partir de la satisfacción de los derechos fundamentales de su población.

El índice, desarrollado por el estadístico y demógrafo italiano Corrado Gini en 1912, es una medida estadística que evalúa el nivel de desigualdad en la distribución de los ingresos, la riqueza o el consumo de una población.

Se mide mediante la Curva de Lorenz, que compara el área de desigualdad efectiva con una línea de equidad hipotética en la distribución. La curva, desarrollada por el economista Max O. Lorenz en 1905, mide la desigualdad en la distribución de los ingresos o de la riqueza dentro de una población.

Ambos coeficientes son referencias formales para los más importantes organismos internacionales y encuentran plena aplicación en la Nicaragua sandinista. Por esto también las políticas impulsadas desde el regreso al gobierno en 2007, tanto en educación como en sanidad, representan motivos de orgullo para el GRUN.

En el ámbito sanitario se han transformado por completo los principales indicadores de salud pública, tanto en términos cuantitativos como cualitativos, tal como reconoce también la Organización Panamericana de la Salud (OPS), que habla de «resultados significativos» que dan testimonio de los avances logrados en la atención primaria de salud. En su informe de 2025, la OPS señalaba precisamente las intervenciones destinadas a reforzar las capacidades de diagnóstico, mejorar las infraestructuras sanitarias, digitalizar las historias clínicas y desarrollar la atención a las personas con discapacidad. El modelo sanitario nicaragüense se basa en la gratuidad de las prestaciones, la prevención y la atención territorial. Todo se apoya en una red hospitalaria que cuenta con 43 nuevos hospitales construidos durante los últimos 19 años.

La mayoría de las nuevas construcciones incluye hospitales primarios distribuidos en las comunidades locales, junto con nuevos hospitales departamentales y centros nacionales de referencia de alta especialización. Incluso las clínicas móviles llegan a los pacientes cuando estos no pueden llegar a su centro de salud y, de esta manera, cumplen una parte importante del ciclo de prevención y cura. A esto hay que añadir intervenciones específicas de alta especialización, como los servicios de cardiología, dos aceleradores nucleares y una red nacional de diálisis.

No se trata únicamente de construir instalaciones modernas y necesarias para responder a las necesidades sanitarias nacionales: se invierte también en prevención, medicina especializada, salud mental y presencia de personal cualificado incluso en las comunidades más alejadas de los centros urbanos.

La reducción de la mortalidad infantil, la ampliación de las campañas de vacunación y el desarrollo de la atención territorial constituyen resultados documentados. Asimismo, las políticas pragmáticas de lucha contra la epidemia de COVID-19 demostraron ser eficaces. Junto con el aumento del número de camas hospitalarias, este conjunto de medidas establece una relación entre la prestación de servicios y el beneficio económico para el bienestar de las familias, situando a Nicaragua a la cabeza de la sanidad centroamericana.

Aprender enseñando y enseñar aprendiendo

Si la salud representa uno de los aspectos fundamentales de la transformación social de Nicaragua, la educación constituye quizás el símbolo más icónico del legado de la Revolución. En 1980, apenas un año después de la caída de la dictadura, el gobierno sandinista impulsó la Gran Cruzada Nacional de Alfabetización.

Fue una movilización extraordinaria: miles de estudiantes, maestros y voluntarios abandonaron las ciudades para llegar a las comunidades rurales, llevando libros, cuadernos y materiales didácticos incluso a los pueblos más alejados. Miles de personas fueron a enseñar y, al mismo tiempo, a aprender. Más de 406.000 personas aprendieron a leer y escribir en la mayor y tierna transferencia de conocimientos jamás vista.

No se trató únicamente de enseñar a descifrar las palabras. La Cruzada representó también una experiencia de participación colectiva, de encuentro entre la ciudad y el campo y de reconocimiento del papel de las clases populares en la construcción del país. Más allá de la gramática, entró en vigor el sentido común en su verdadera acepción.

Fue una transmisión generacional del conocimiento, el relevo de un testigo que colocó en un mismo camino quienes habían podido y  quienes habían sido dejados atrás.

La educación fue concebida como una herramienta de emancipación: aprender a leer significaba poder comprender la propia realidad, participar en la vida pública y adquirir mayores posibilidades de autonomía.

En los años liberales, el derecho a estudiar se convirtió progresivamente en un privilegio de los ricos y en una condena para los pobres. El exministro Belli, miembro del Opus Dei en Nicaragua, afirmó que «era inútil invertir en la escuela pública para una población que, como máximo, podría aspirar a trabajar como taxista». En estas palabras, que revelan la naturaleza clasista y racista del personaje (un defecto familiar, al parecer), se encontraba, sin embargo, la esencia más pura del modelo socioeconómico liberal.

En la tercera etapa de la Revolución, iniciada en 2007, el acceso a la educación se ha ampliado progresivamente, con especial atención a la enseñanza primaria, la educación de adultos y las zonas rurales. También aquí, la gratuidad absoluta de los estudios, el apoyo directo mediante la entrega de útiles escolares y la asistencia alimentaria forman parte integrante de un modelo que reconoce el derecho a la educación como una oportunidad concreta para todos.

En el ámbito educativo, la calidad de la enseñanza, la formación de los docentes, la disponibilidad de instalaciones adecuadas, la continuidad escolar y el acceso a las tecnologías son elementos decisivos para transformar un compromiso genérico en resultados concretos. Aquí, como en el ámbito sanitario, la organización del gasto público y la asignación de recursos a la lucha contra la pobreza, constituye el requisito fundamental de cualquier sistema sanitario o educativo.

Un buen gobierno nace de buenas ideas

Puede decirse que, cincuenta años después de la muerte de Carlos Fonseca, el balance de las políticas sociales nicaragüenses exige una mirada capaz de reconocer los avances históricos alcanzados. Los límites de la oferta educativa, al igual que los de los servicios sanitarios, están determinados por la capacidad de gasto global del país.

Pero, al fin y al cabo, sin una estructura ideológica que considere el crecimiento colectivo como la única posibilidad de un crecimiento sistémico, sin una orientación estratégica clara que apueste por la formación y la salud de una nación, no puede haber políticas de desarrollo creíbles, los compromisos de gasto adquirirían una lógica exclusivamente contable.

Existe aquí una aplicación del pensamiento sandinista, concebido por Carlos como una elaboración teórica que une socialismo e independencia como motores de la transformación de Nicaragua y que constituye el trasfondo del crecimiento del país. La inversión en la propia población es, de hecho, la que ofrece los rendimientos más elevados y rápidos. Cada córdoba invertido en salud y educación retorna multiplicado y repercute en el PIB.

Así ha sido. Vige una idea de transformación nacional en la que la liberación política debía ir acompañada de la superación de la ignorancia, la pobreza y la exclusión social. Todo ello se debe a una Revolución que sigue avanzando y que, en su camino, genera igualdad y evolución.

A 50 años de su muerte, este legado puede leerse a través de los millones de personas que han podido beneficiarse de la expansión de los servicios públicos. Cada niño puede recibir una educación, cada mujer puede contar con una atención sanitaria adecuada. ¿Qué es esto si no que una revolución?

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