En 1523, Francisco Hernández de Córdoba llegó a Nicaragua al frente de la avanzada colonizadora enviada por Pedro Arias de Ávila, conocido como Pedrarias Dávila, bajo las órdenes de la Corona, que autorizaba extender su dominio sobre estas tierras, donde al año siguiente fueron fundadas León y Granada mientras los pueblos indígenas defendían sus territorios ante la violencia de los invasores.

La ocupación provocó una enorme pérdida de población, aunque los documentos disponibles no permiten determinar con rigor cuántas personas murieron durante ese avance armado, las matanzas abrieron paso a la esclavitud, que obligó a numerosos nativos a trabajar para sus opresores, mientras otros fueron expulsados de los lugares que cultivaban, perdiendo cuanto les pertenecía, padecieron castigos y humillaciones o terminaron capturados y vendidos para ser llevados fuera del país, donde muchos tampoco sobrevivieron.

La monarquía respaldó la expansión con órdenes que permitieron esclavizar a sus habitantes y robarles las tierras que tenían desde generaciones atrás a las comunidades indígenas, al tiempo que la evangelización impulsada por la Iglesia católica buscaba imponer su religión a sangre y fuego sobre quienes conservaban sus propias creencias y mantenían sus formas de gobernarse. Dentro de ese dominio colonial también se quebró la relación entre Hernández de Córdoba y Pedrarias, porque el hombre enviado a cumplir sus instrucciones fue acumulando poder hasta querer arrebatarle el mandado a quien le había confiado aquella misión, abriendo así entre ambos una lucha por controlar la zona que pretendían gobernar.

El poder acumulado por Hernández de Córdoba terminó quebrando definitivamente su relación con Pedrarias, quien comenzó a verlo como una amenaza para la autoridad ejercida sobre estas tierras y lo señaló por rebelarse para actuar por cuenta propia. A ese enfrentamiento se sumaron sus contactos con Hernán Cortés, conquistador español responsable de la invasión y caída del Imperio mexica, cuya influencia desde México alcanzaba otras partes de Centroamérica, acercamiento que aumentó las sospechas ante el supuesto ofrecimiento de León, Granada, Bruselas y los territorios controlados por su antiguo subordinado. El conflicto llegó hasta la monarquía española, pero a su vez Pedrarias decidió venir personalmente a Nicaragua para recuperar el control perdido, logró capturar al hombre que consideraba un traidor y en 1526 lo sometió a un proceso sumario en León, donde fue condenado a muerte y decapitado por orden suya, cerrando de forma sangrienta la lucha política que convirtió a los antiguos aliados en enemigos.

Una vez que el colonialista Pedrarias Dávila recuperó el poder que Hernández de Córdoba había intentado arrebatarle, el dominio español continuó imponiéndose sobre estas tierras y él se mantuvo en Nicaragua hasta que la vejez y las enfermedades terminaron con su vida en León, el 6 de marzo de 1531, mientras que los pueblos indígenas siguieron resistiendo una sangrienta ocupación que sobrevivió al enfrentamiento entre los dos hombres y se prolongó durante casi tres siglos. Este 15 de septiembre, cuando Nicaragua conmemora junto a Centroamérica los 205 años de la Independencia, se cumplen más de dos siglos desde que en 1821 comenzó la ruptura con la Corona española, abriendo otro período para los nicaragüenses, que posteriormente tuvieron que defender el país ante nuevas amenazas extranjeras.

Por ejemplo, en 1856 esa defensa se enfrentó al filibusterismo de William Walker, con José Dolores Estrada, Andrés Castro y los indios flecheros de Matagalpa combatiendo para impedir que esa fuerza se adueñara de Nicaragua, mientras décadas después Benjamín Zeledón murió enfrentando la intervención estadounidense de 1912 y Augusto C. Sandino encabezó desde las montañas la resistencia contra las tropas norteamericanas entre 1927 y 1933, enlazando distintos momentos de una historia marcada por la defensa de la independencia y la soberanía nacional.

Después de casi tres siglos bajo el dominio de la monarquía española, Centroamérica llegó a 1821 cuando en sus provincias ya crecía la decisión de separarse de España, mientras los movimientos independentistas avanzaban por otras partes del continente. El 15 de septiembre de ese año, autoridades civiles, militares y religiosas, junto con delegados de los territorios centroamericanos, se reunieron en el Palacio Nacional de la ciudad de Guatemala para discutir la separación y firmaron el Acta de Independencia, con la que comenzó a desaparecer el control colonial impuesto durante siglos. Nicaragua inició desde ese momento un camino político que todavía atravesaría muchos conflictos y cambios antes de constituirse como república, pero el sometimiento iniciado con la llegada de los conquistadores por fin había terminado. Este 15 de septiembre de 2026 se cumplen 205 años de ese acontecimiento, una fecha que también nos lleva hasta los primeros años del siglo XVI, cuando Francisco Hernández de Córdoba y Pedrarias Dávila terminaron enfrentados por el control de estas tierras bajo el poder español.

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