En estos últimos meses, desde el intento de golpe de estado de abril, en Nicaragua ha quedado en evidencia que los herederos de las élites que históricamente detentaron el poder siguen comportándose como lo hicieran sus antepasados.

Mantienen el objetivo de apropiarse del estado nicaragüense mediante la generación de odio, promoción de la violencia, oscuras alianzas con sectores ultraconservadores de la iglesia católica, inducción al enfrentamiento fratricida, entorpecimiento de toda forma de diálogo y entendimiento entre nicaragüenses, con la intención de crear un ambiente que justifique su acción indigna de invocar la intervención del gobierno norteamericano para “establecer el orden” e imponer un gobierno servil a la medida de las élites criollas y de los intereses de EE.UU. Este modus operandi ha permitido durante años que las decisiones políticas, económicas o militares de Nicaragua se tomaran en Washington o que debieran ser aprobadas obligatoriamente por los embajadores de EE.UU. en Managua. Nada de esto podría haber sucedido sin la complicidad de los grupos de poder que basan su funcionamiento en la alta traición anteponiendo sus propios intereses a los de su país y su gente.

El General Sandino fue el primer nicaragüense que se atrevió a plantarle cara a esa perversa actitud vendepatria y luchó por rescatar la dignidad nacional, mancillada durante siglos por tanto traidor. Como resultado de su heroica acción logró expulsar a las tropas invasoras, infligiendo la primera derrota militar al ejército yanqui en América. Pero aquella gloriosa victoria de los desarrapados patriotas sobre la potencia extranjera también dejó muy claro que los grupos oligarcas nicaragüenses no tenían límites a la hora de ponerse al servicio de Estados Unidos en el país y asumieron, sin complejos, el papel de sicarios para asesinar al más digno y valiente hijo de Nicaragua.

Es así como el General Sandino, que durante siete años se mantuvo invicto en el campo de batalla y puso en desbandada al ejército más poderoso del mundo, termina traicionado en su genuina búsqueda de entendimiento y paz entre nicaragüenses. Derrotó al yanqui invasor, pero no pudo con la desmedida ambición de poder, la marrullería, el carácter vengativo, revanchista y clasista de los sectores más derechistas y vendepatria de Nicaragua, que no le perdonaron su osadía de oponerse a los oscuros pactos entre la casta política nicaragüense y el gobierno de EE.UU. Nadie podía imaginar que la búsqueda de una paz que no sólo significara el fin de la guerra, sino, también, el inicio de una etapa de desarrollo social con justicia, libertad, soberanía, dignidad y oportunidades para todos sería el combate más peligroso en la vida del heroico guerrillero.

Al triunfo de la Revolución Sandinista en 1979, se hace un primer intento por llevar a la práctica los sueños progresistas y libertarios del General Sandino. Y como ya se sabe, progreso, dignidad y oportunidades para todos, son acciones que chocan con los privilegios e intereses explotadores de las élites. Por eso, al ver reencarnados en la revolución los proyectos sociales y nacionalistas de Sandino, inmediatamente, las élites de siempre activan su eterna alianza con los Estados Unidos y se dan a la tarea de ahogar en sangre a la Revolución Popular Sandinista y sus sueños colectivos de progreso. 50 mil muertos, un presente y un futuro destrozados y 17 mil millones de dólares en pérdidas materiales nos costaron en la década de los 80, el intento de querer ser libres y desarrollar nuestro país con políticas en beneficio de las mayorías. Por desgracia para Nicaragua vuelve, en 1990, el nefasto binomio derecha nicaragüense-imperialismo yanqui, a truncar violentamente los sueños libertarios del pueblo.

A partir del año 2007, cansados de los 16 años de desmanes de los gobiernos neoliberales, los nicaragüenses vuelven a depositar su voto de confianza eligiendo un nuevo gobierno sandinista. Este gobierno sandinista logra en estos últimos once años de ejercicio, con gran esfuerzo, establecer la paz y la reconciliación, impulsar un incuestionable progreso económico y de redistribución social, promover activamente y garantizar la participación de la mujer en todas las áreas del gobierno central y municipalidades, garantizar los niveles de seguridad ciudadana más altos de Centro América, dotar al país de modernas infraestructuras viales, hospitalarias, de ocio y esparcimiento social jamás vistos en nuestra historia. Esa eficaz acción del gobierno ha sido elogiada por instituciones internacionales como el Banco Mundial, que han reconocido públicamente que el gobierno sandinista de Nicaragua ha sido el que mejor ha gestionado y cumplido la ejecución de los proyectos sociales financiados por esa institución en América Latina.

Y nuevamente, la historia se repite.

Reaparecen las élites derechistas nicaragüenses desesperadas por esos resultados tan positivos en la gestión del gobierno sandinista y se lanzan en abril pasado a intentar asaltar el poder con mecanismos y prácticas de violencia y terror jamás vistas ni vividas en la historia de Centro América: levantamiento de tranques en las principales ciudades del país, retención forzosa de centenares de transportistas centroamericanos, secuestros, torturas y asesinatos de militantes sandinistas y policías, destrucción y quema de edificios públicos, sistemática de acoso en las redes sociales (amenazas, noticias falsas e imágenes cargadas de odio contra el sandinismo y su dirigencia) y otras prácticas terroristas. En paralelo a toda esa brutalidad, reactivan la alianza con los sectores más radicales de la derecha norteamericana y siguen invocando la aplicación de bloqueos y sanciones económicas a Nicaragua como fórmula de presión que cause los mayores estragos posibles en la economía del país y genere el sufrimiento más elevado en la población para que, según sus cálculos macabros, el pueblo termine levantándose en contra de la paz que tanto ha costado construir.

Esta vez las élites derechistas nicaragüenses fallaron en sus cálculos. Con la violencia desatada en la pasada primavera esperaban atemorizar y dividir al pueblo sandinista y lo que consiguieron fue una respuesta de unidad monolítica en contra de sus pretensiones. Su soberbia y cinismo les había llevado a negar continuamente los avances y el impacto positivo de las políticas sociales impulsadas por el gobierno y, a la postre, fueron esos avances los causantes de su derrota. Porque la paz, cuando se construye desde la base y se aprovecha para impulsar el progreso de la nación, como lo ha hecho en estos años este gobierno, crea una sólida barrera defensiva donde se han estrellado los sueños elitistas de usurpar el poder a través de su histórico juego sucio.

Hoy, la derecha nicaragüense, como lo hiciera ayer contra Sandino, vuelca su odio, su veneno y sus mentiras contra la militancia del FSLN y contra su líder indiscutible, Daniel Ortega, por representar un ideal y una acción identificadas con las aspiraciones reales de progreso, paz y antimperialismo de la mayoría del pueblo nicaragüense. Pero no han conseguido su objetivo. El sólido liderazgo sandinista, la inteligencia, la unidad y decisión del pueblo por defender la paz con firmeza, ha dado una lección a las élites vendepatria, asestándoles una derrota tan profunda que sólo les ha quedado como único premio de consolación celebrar y festejar las acciones infames, intervencionistas e injerencistas hacia nuestra soberanía por parte del gobierno de los Estados Unidos. Pero, en verdad, esa alegría sólo refleja su naturaleza traidora y su desprecio por el progreso y el bienestar del pueblo nicaragüense.

Al final, como en los tiempos de Sandino, triunfará el patriotismo, la razón y el amor del pueblo sobre la maldad.