En Baños de Agua Santa, una ciudad ecuatoriana situada a las puertas de la Amazonía, las aguas termales brotan de la tierra y el volcán Tungurahua ha amenazado durante siglos la vida de sus habitantes, que veneran la imagen de Nuestra Señora del Rosario de Agua Santa, cuya historia habla de apariciones misteriosas, milagros y acontecimientos que todavía despiertan curiosidad. Quien escucha su nombre por primera vez podría pensar que se trata de una Virgen diferente de María, la madre de Jesús, pero para la Iglesia católica es la misma, venerada con distintos nombres según el lugar donde nació cada devoción, como sucede con Nuestra Señora de Guadalupe, de Fátima o de Lourdes, y en este caso el nombre de Agua Santa proviene de los manantiales que aparecen en los antiguos relatos sobre su aparición.

Durante la ocupación española, mucho antes de que existiera la actual basílica de Agua Santa, el sacerdote Álvaro Guerrero Zalamea recibió en 1585 unas tierras a las que dio el nombre de Estancia de Nuestra Señora de Montserrat y, según los documentos históricos recogidos por el Gobierno Municipal, se cree que fue él quien comenzó a promover la veneración a la Virgen María en ese lugar.

Por esos años se construyó una pequeña ermita donde los habitantes veneraban a Nuestra Señora de Montserrat, antes de que surgiera la devoción a la Virgen del Rosario de Agua Santa, a quien más adelante se dedicaría su propio santuario.

Algo extraordinario ocurrió una noche cuando el sacristán de la antigua capilla vio que la pequeña imagen de Nuestra Señora de Montserrat se elevaba por los aires acompañada de dos ángeles hasta descender junto a una caída de agua, y como el hecho se repitió varias veces, el sacerdote reunió a los habitantes para pedirle a la Virgen que les manifestara su voluntad. La respuesta llegó la noche siguiente, cuando María se apareció ante el religioso y le pidió construir una capilla en ese lugar, con la promesa de sanar a los enfermos que se bañaran con fe en aquellas aguas, especialmente a las personas que padecían lepra.

Una vez construida la capilla que María había solicitado, el sacerdote y los habitantes se prepararon para trasladar la pequeña imagen de Nuestra Señora de Montserrat desde el antiguo templo, pero cuando fueron a buscarla descubrieron que había desaparecido, sin que nadie pudiera explicar lo ocurrido, y tiempo después la sorpresa fue todavía mayor ya que una mula llegó a la plaza cargando un cajón cerrado, sin que se conociera de dónde venía el animal ni quién había enviado la carga.

El párroco decidió guardarlo durante varios meses, esperando que apareciera su dueño, pero como nadie llegó a reclamarlo, reunió a los pobladores para abrirlo y encontraron en su interior otra imagen de la Virgen, de mayores dimensiones, completamente diferente de la pequeña escultura que habían perdido, y fue precisamente esta segunda imagen la que comenzó a venerarse como Nuestra Señora del Rosario de Agua Santa y que permanece hasta nuestros días en el santuario. Elaborada principalmente en madera, con el rostro de plomo, representa a María sentada sobre un trono, con una mirada dulce y serena, su cabellera cubierta por un velo y una corona adornada con piedras preciosas, sosteniendo en su brazo izquierdo al Niño Jesús, de rostro tierno, también coronado, vestido con una túnica bordada y descansando en el regazo de su madre, la cual sostiene en la mano derecha un cetro y un rosario.

Entre los milagros de Nuestra Señora del Rosario de Agua Santa, se encuentra el de Francisco Guevara, que en 1797 quedó atrapado a orillas del río Vascún, cerca de la ciudad ecuatoriana de Baños de Agua Santa, durante una violenta erupción del volcán, y cuando su vida corría peligro se aferró a un árbol y le pidió protección a la Virgen del Rosario, según el testimonio conservado en el santuario, tres grandes piedras sostuvieron el árbol e impidieron que cayera al río, salvándolo de morir trágicamente.

La veneración a la Virgen de Agua Santa recibió en 1957 el reconocimiento del papa Pío XII, el cual la declaró patrona principal de las misiones del oriente ecuatoriano, y dos años después su imagen fue coronada solemnemente por el cardenal Carlos María de la Torre, con la asistencia del presidente Camilo Ponce Enríquez, quien le ofreció su bastón presidencial como homenaje, ceremonia que también recibió un mensaje especial del papa Juan XXIII. Hasta nuestros días, miles de peregrinos llegan al santuario desde distintas regiones de Ecuador y otros países, muchos de ellos recorren a pie los cuarenta y cuatro kilómetros para agradecer los milagros recibidos, cumplir sus promesas y pedir por la salud de sus seres queridos.

En 1773, durante una violenta erupción del volcán Tungurahua, los habitantes de Baños de Agua Santa, Ecuador, sacaron en procesión la imagen de Nuestra Señora del Rosario de Agua Santa para implorar su protección y, según los testimonios conservados en el santuario, presenciaron cómo levantaba su mano para bendecir al volcán, que dejó de rugir y volvió a la calma, un milagro que quedó representado en las pinturas de la basílica y dio origen a una celebración de agradecimiento cada domingo de Carnaval.

Más de doscientos años después, en octubre de 1999, el Tungurahua volvió a amenazar la ciudad y las autoridades ecuatorianas ordenaron evacuar a miles de habitantes, pero tres sacerdotes dominicos decidieron permanecer en el templo para custodiar a la Virgen, convencidos de que no debían abandonarla en aquellos momentos de peligro. El 5 de enero de 2000, después de casi tres meses lejos de sus hogares, los pobladores consiguieron regresar a su ciudad y desde entonces conmemoran ese día con celebraciones religiosas y procesiones, recordando que la fuerza del volcán consiguió vaciar sus calles, pero jamás pudo apagar la profunda fe de sus habitantes en Nuestra Señora del Rosario de Agua Santa, a quien siguen venerando como su protectora.

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