“Revolución, Revolución. Hay que defender la Revolución como dé lugar. Sin Revolución no hay nada, ni habrá vida, ni llegaremos a ninguna parte. Hay que estar en la Revolución como dé lugar”. Así habló David Mcfield en agosto de 2026, reafirmando una convicción que ha caminado junto a buena parte de su obra y de su vida, porque mucho antes de pronunciar esas palabras, el hombre nacido en El Rama, el 6 de octubre de 1936, ya llevaba décadas dedicado a la poesía, la Revolución y Nicaragua, sin desprenderse nunca de su identidad costeña. Integrante de la comunidad creole, acostumbrado desde joven a moverse entre el inglés y el español, Mcfield hizo de la palabra una forma de contar el lugar de donde venía y también aquello que encontraba en el camino, sus primeros versos surgieron en la calle, entre muchachos que se provocaban con rimas, ocurrencias destinadas a enamorar y frases que podían terminar en carcajadas o en una pelea, años después llegó a Managua para estudiar en la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua, llevando consigo expresiones culturales del Caribe nicaragüense.

Estudió Ciencias de la Educación y obtuvo la licenciatura en Español, pero al mismo tiempo llevó hasta el Pacífico expresiones culturales que todavía eran poco conocidas, una de esas escenas ocurrió en el barrio La Mecatera, adonde llegó bajo una intensa lluvia con el tambor del Palo de Mayo para mostrar los ritmos y la danza de su tierra, hubo barro, charcos, música y curiosidad, y Mcfield recordaría aquel momento como un asombro de la cultura popular. Después vendrían la docencia en el Colegio Bautista, las responsabilidades en el Politécnico de Nicaragua, donde enseñó y ejerció como secretario general, y la creación de la librería Libromundo, mientras la escritura seguía creciendo sin perder esa picardía que había aprendido en las calles.

Tocaba guitarra, escribía sobre la naturaleza, el amor, la sensualidad, la negritud, la paz y la vida de su gente, y junto a Carlos Rigby insistía en mostrar una Costa Caribe mucho más amplia que las pocas imágenes con las que durante años había sido conocida en otras regiones del país. De esa voz fueron saliendo libros, canciones y poemas que terminaron formando una obra de siete publicaciones, entre ellas Dios es negro, En la calle de enmedio, Poemas para el año del elefante, Poemas populares y Las veinticuatro, además de composiciones como Nació un Niño Negro.

Sus textos aparecieron después en antologías nacionales, en la Primera Antología Poética de la Costa Caribe de 1998, en suplementos culturales, revistas, emisoras y espacios televisivos, pero hubo una composición que terminó caminando mucho más lejos que las páginas donde nació. “Pancasán” surgió, según explicó el propio Mcfield, de la necesidad de expresar el sentimiento de un pueblo que reclamaba cambios en Nicaragua, y aquella pieza testimonial terminó convertida en canción y asociada a la gesta del Frente Sandinista de Liberación Nacional. La poesía, que en su juventud había servido para desafiar o enamorar, adquirió entonces otro registro y comenzó a acompañar una experiencia política que el autor nunca escondió, hasta el punto de retomarla casi nueve décadas después con la misma claridad con la que había escrito sus versos años atrás.

Ese mismo canto volvió a estar presente el pasado 6 de octubre, cuando David Mcfield cumplió 90 años y la Copresidenta Compañera Rosario Murillo hizo llegar hasta él un saludo tejido para celebrar su vida y su obra: “Quiero con inmenso cariño y admiración permanente, quiero saludar el 90 cumpleaños de nuestro imperdible, imprescindible poeta caribeño, revolucionario, sandinista, místico, profeta”, expresó, antes de recordar “ese clamor que él supo escuchar antes de muchos nosotros, ese clamor que nos llegó de la montaña”, y añadió: “Tu clamor, tu poesía, tu canto, tu esperanza aquí están, tu llama eterna aquí está, te queremos y saludamos”.

Detrás de aquel saludo había una vida que también había llevado a Mcfield más allá de Nicaragua, después de 1979 ejerció funciones diplomáticas durante más de diez años y representó al país en naciones de África, Europa y el Caribe, entre ellas Jamaica, durante la década de los noventa también impartió clases de literatura en Estados Unidos, mientras sus poemas continuaban apareciendo en publicaciones como Nuevo Amanecer Cultural, La Prensa Literaria, Información, Sunrise, Pandemónium y WANI. En Nicaragua fue reconocido como Hijo Dilecto de El Rama, recibió la Orden de la Independencia Cultural Rubén Darío y figuró entre los Personajes del Milenio de la entonces Región Autónoma del Atlántico Sur. Con los años sus versos continuaron escuchándose en Bluefields, Bilwi, El Rama y otras zonas del país, donde nuevas generaciones encontraron en ellos parte de la creación afrocaribeña nicaragüense.

A los 90 años, David Mcfield reúne en una sola trayectoria al hijo de El Rama, al joven que llegó a Managua con los sonidos de su costa, al maestro, al librero, al guitarrista, al diplomático, al escritor en dos lenguas y al hombre que nunca separó sus versos de aquello que consideraba esencial en su vida. Sus libros muestran distintos momentos de esa ruta, sus misiones diplomáticas abrieron otros horizontes y los reconocimientos dejaron constancia de una obra que consiguió colocar la cultura creole y afrocaribeña en espacios donde antes apenas era conocida, pero detrás de cada etapa sigue apareciendo la misma voz que comenzó improvisando rimas y terminó escribiendo algunas de las composiciones más recordadas de su generación.

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