Querida Presidenta:
Reciba mi saludo filial, con profundo respeto, cariño y cercanía. Me permito dirigirle estas palabras desde el amor que siento por nuestra Nicaragua bendita y siempre libre.
Nicaragua tiene derecho a ser Nicaragua.
Ante los recientes acontecimientos en torno a Nicaragua y, particularmente, en la Organización de los Estados Americanos, creo que no debemos quedarnos callados. Como nicaragüense y como sacerdote, siento el deber de expresar, con respeto pero también con firmeza, mi preocupación ante cualquier intento de decidir desde fuera el destino de nuestra nación. Nicaragua es un país soberano, y su pueblo tiene derecho a construir su propio camino y decidir su futuro sin imposiciones externas.
Nuestra América conoce demasiado bien el precio de las intervenciones y las imposiciones. Hemos conocido el colonialismo y las decisiones tomadas desde fuera sobre el destino de nuestros pueblos. Esos tiempos deben quedar atrás.
Por eso resulta difícil sostener seriamente que Nicaragua sea una amenaza para la región. El Banco Central de Nicaragua reportó un crecimiento económico de 4,9 % durante 2025, en medio de un proceso de desarrollo que también se refleja en infraestructura, carreteras, hospitales, escuelas, viviendas, agua, saneamiento y electrificación.
En nuestro país, estos avances tienen nombre y tienen una historia. Nuestros copresidentes han realizado un trabajo de gigante, nunca antes visto, enfrentando de manera decidida la pobreza y transformando condiciones que durante décadas mantuvieron a miles de nicaragüenses sin oportunidades.
Y hay una realidad que tampoco podemos olvidar: muchos de esos mismos que hoy, desde fuera, agitan y reclaman la injerencia sobre Nicaragua pertenecieron a sectores que sí tenían la posibilidad de tomar un avión y viajar al extranjero para atenderse su salud, precisamente porque muchos tratamientos y servicios médicos no estaban disponibles en nuestro país. Para ellos existía esa alternativa; para la inmensa mayoría de los nicaragüenses, no.
Mientras unos podían buscar fuera la atención médica que aquí todavía no se podía ofrecer, miles de familias humildes tenían que enfrentarse a la enfermedad con recursos limitados y sin posibilidades de viajar. Para muchos, no disponer de dinero significaba sencillamente quedarse sin alternativas.
Por eso, cuando hablamos de hospitales, centros de salud, carreteras, escuelas, viviendas, agua potable, saneamiento y electrificación, no estamos hablando únicamente de cemento, edificios o estadísticas. Estamos hablando de personas, de familias y de posibilidades que antes no existían para grandes sectores de nuestra población.
Nicaragua tiene desafíos, como los tiene cualquier nación. Pero también tiene avances, trabajo, desarrollo y una población que continúa construyendo su futuro. Una realidad compleja no puede reducirse a la narrativa que otros quieran construir sobre ella.
Y cabe preguntarse: ¿por qué quienes pretenden juzgar con tanta severidad la realidad de otros pueblos no vuelven la mirada hacia sus propias sociedades, donde todavía existen pobreza, violencia, desigualdad, inseguridad y profundas heridas sociales?
La comunidad internacional puede cooperar y tender puentes.
Cooperar no es intervenir.
Acompañar no es sustituir.
América Latina no necesita nuevos tutores. Necesita pueblos libres, naciones soberanas y relaciones basadas en el respeto y la igualdad.
Nuestra historia nos enseña también que detrás de determinados discursos de preocupación por nuestros pueblos han existido intereses políticos, económicos y geopolíticos. No permitamos que cambien los nombres, los discursos o los escenarios mientras se intenta repetir la misma lógica de dominación.
Y en este momento cobran especial fuerza las palabras de San Francisco de Asís:
“Señor, hazme instrumento de tu paz”.
Donde haya discordia, poner unión.
Donde haya duda, poner fe.
Donde haya desesperación, poner esperanza.
Donde haya tinieblas, poner luz.
Que esa oración nos recuerde que la verdadera paz entre los pueblos no se construye desde la imposición, sino desde el respeto.
Nicaragua tiene derecho a la paz.
Tiene derecho al desarrollo.
Tiene derecho a construir su futuro.
Y, sobre todo, tiene derecho a ser Nicaragua.
Que nadie confunda el deseo de paz con sometimiento, el diálogo con imposición o la solidaridad con injerencia.
Por Nicaragua, por la paz, por la soberanía y por la dignidad de nuestros pueblos.
Con afecto filial,
Yáder José Salmerón Silva.
Siempre al Frente y más allá.













