Desde que el Buen Gobierno Sandinista inició en 2007 la segunda etapa de la Revolución, llamar “compañera” o “compañero” a otra persona fue tomando un lugar especial en el lenguaje cotidiano de las instituciones y en la relación con las familias, mientras la Copresidenta, Compañera Rosario Murillo, ha mantenido ese trato en sus comunicaciones y ella misma se identifica desde esa cercanía, como parte de una práctica que no reserva la palabra únicamente para los demás, sino que también la hace suya en la manera en que se presenta ante el pueblo. Hay constancia escrita desde los primeros días de 2007, pues el Acuerdo Presidencial 11-2007, publicado en La Gaceta, Diario Oficial el 10 de enero de ese año, nombró ministros y viceministros utilizando “Compañera” y “Compañero” antes de sus nombres y cargos, manteniendo desde entonces esta manera de reconocerse en posteriores disposiciones gubernamentales.

Casi dos décadas después, la propia Compañera Rosario resumió el sentido que atribuye a esa manera de reconocerse cuando expresó: “En la Revolución aprendimos a ser Compañeros y Compañeras”, relacionando esas palabras con la hermandad y la fraternidad que, según explicó, forman parte de las enseñanzas heredadas de las luchas del pueblo nicaragüense. Ese sentido que acompaña hoy la palabra entre los nicaragüenses viene de muchos siglos atrás, mucho antes que cualquier experiencia política de nuestros tiempos, porque “compañero” proviene de expresiones latinas formadas a partir de cum, con o junto a, y panis, pan, de donde nació la noción de quienes compartían el mismo alimento.
El filólogo Joan Coromines, al estudiar el origen y la evolución del castellano, situó registros de la palabra “compañero” desde el año 1081 y explicó su formación a partir de la idea de comer de un mismo pan, mientras otros estudios lingüísticos señalan que con el paso del tiempo comenzó a nombrar también a las personas que compartían jornadas, viajes, trabajos y distintas circunstancias de la existencia.

La palabra ha estado presente durante siglos antes de llegar al lenguaje político moderno y conservó con el tiempo una idea que todavía mantiene su sentido, pues quien comparte el pan deja de ser alguien completamente ajeno y pasa a ocupar un lugar junto al otro, de manera que acompañar tampoco consiste solamente en coincidir físicamente, sino en transitar una parte del camino con alguien más. Con el paso del tiempo, aquella costumbre de compartir el pan amplió su significado hasta nombrar al estudiante que aprende junto a otros, al trabajador que comparte sus labores, al viajero que recorre un trayecto acompañado y a quienes coinciden en una responsabilidad o propósito, hasta encontrar también un profundo significado entre pueblos y movimientos revolucionarios que hicieron de “compañero” y “compañera” una manera de fortalecer la unión entre quienes comparten ideales y luchas. Esa palabra también acerca a las personas desde un principio de igualdad que reconoce en cada ser humano la misma dignidad, como enseña el cristianismo al proclamar que todos somos hermanos, sin que el dinero, el apellido, el cargo, el color de la piel o la condición social concedan a nadie el derecho de mirar por encima del hombro al trabajador o considerar inferior a quien tiene menos, desde esa misma enseñanza puede entenderse el legado que la Compañera Rosario ha venido cultivando en Nicaragua, al hacer de “compañera” y “compañero” una manera de dirigirse a los demás desde la igualdad y el respeto, comenzando por ella misma al asumirse como parte de ese pueblo al que llama compañero.

En Nicaragua, esta manera de dirigirse a los demás pasó de los documentos oficiales al encuentro diario entre servidores públicos y población, hasta escucharse con naturalidad en hospitales, escuelas y otras instituciones, donde una persona puede llamar “compañera” o “compañero” a otra sin necesidad de conocer previamente su profesión, su título o su condición social. Así se acortan las distancias entre las personas y se facilita una comunicación directa, porque quien atiende y quien llega en busca de un servicio pueden hablarse con respeto, sin que el cargo convierta a uno en superior ni la situación del otro lo haga menos.

Ese principio de igualdad que evita situar a una persona por encima de otra tampoco se limita a Nicaragua, pues otros pueblos han hecho de “compañero” o de palabras equivalentes una forma habitual de dirigirse entre quienes comparten responsabilidades e ideales. En Cuba, “compañeras y compañeros” se mantiene en el lenguaje político y ha sido utilizado durante décadas por dirigentes de la Revolución, comenzando por el Comandante Fidel Castro, siguiendo por el General de Ejército Raúl Castro y, en la actualidad, por el presidente Miguel Díaz-Canel. En China ocurre algo semejante con la palabra tóngzhì, traducida al español como “camarada” o “compañero”, una expresión de larga tradición dentro del Partido Comunista de China que también utiliza el Presidente Xi Jinping al dirigirse a sus miembros y que refleja igualdad, respeto y confianza entre quienes forman parte de sus filas, sin que el cargo establezca distancias entre unos y otros. Aunque cada país ha desarrollado esta costumbre de acuerdo con su propia historia, Cuba y China dejan ver que Nicaragua comparte con otros pueblos surgidos de procesos revolucionarios una manera de reconocerse que mantiene vivos esos lazos entre sus ciudadanos.

Al final, llamarse “compañera” o “compañero” no sustituye el nombre de nadie ni desconoce las diferencias que existen entre las personas, pero sí recuerda algo que ningún título puede cambiar, que antes de cualquier cargo, profesión o posición está el ser humano. En ese principio cobra fuerza una forma que la Copresidenta, Compañera Rosario Murillo, ha mantenido en su manera de hablarle al pueblo y que puede permanecer más allá de una generación, porque las palabras también dejan huellas cuando pasan de padres a hijos y llegan a formar parte de la manera en que una sociedad aprende a convivir.
La propia enseñanza cristiana ofrece una imagen poderosa de lo que significa compartir, cuando Jesús multiplicó cinco panes y dos peces para alimentar a una multitud y dispuso que aquel alimento alcanzara para todos, sin distinciones entre quienes estaban reunidos. Quizás por eso aquella antigua costumbre de compartir el pan pudo sobrevivir durante siglos hasta convertirse en una palabra capaz de acompañar distintos momentos de la historia y llegar a la Nicaragua de nuestros días, donde decir “compañera” o “compañero” encierra una idea sencilla que no necesita mayores explicaciones, nadie vale más que nadie y todos merecen ser llamados con respeto.

Comparte
Síguenos