Septiembre viste a Nicaragua de azul y blanco, celebra la Independencia y revive la gesta de San Jacinto, dos acontecimientos que hablan de libertad y defensa de la soberanía. En ese mismo mes, Rigoberto López Pérez llevó esas convicciones a su propia vida cuando el 21 de septiembre de 1956 entró en la Casa del Obrero de León y disparó contra el dictador Anastasio Somoza García. Tenía 27 años y había decidido entregar su vida para enfrentar al régimen somocista que mantenía sometido al país. Días antes había dejado escrito a su madre que aspiraba a ver una Nicaragua “libre, sin afrenta y sin mancha”, palabras que permiten entender la causa que defendía. Su condición de patriota nace precisamente de esa correspondencia entre lo que escribió y lo que hizo, amó a Nicaragua, defendió su libertad y asumió hasta las últimas consecuencias el deber que sentía hacia la tierra donde había nacido.
Su patriotismo también quedó escrito mucho antes de aquel 21 de septiembre. A los 17 años, en “Confesión de un soldado”, Rigoberto llamó a Nicaragua “patria querida” y puso en boca de un combatiente herido el deseo de seguir peleando hasta verla bajo “el sol de la libertad”. Años después, cuando decidió enfrentar a la tiranía de Somoza, volvió a expresar la misma aspiración en la carta dirigida a su madre, donde habló de una patria “libre, sin afrenta y sin mancha”. Entre aquellos primeros versos y las palabras que escribió poco antes de morir se mantuvo una misma convicción, amar a Nicaragua y quererla libre. Rigoberto no solamente habló de patria, hizo de ella la razón de una decisión que sabía que le costaría la vida.
Rigoberto entendió el amor a Nicaragua como una defensa de su soberanía. Durante sus viajes por El Salvador, Panamá y México conoció otras realidades mientras reafirmaba su rechazo al somocismo y a la influencia que Estados Unidos había ejercido sobre el país. En Anastasio Somoza García veía al responsable directo del asesinato del General Augusto C. Sandino, ocurrido en 1934, y al hombre que posteriormente se afianzó en el poder con el respaldo del imperio yanqui. Frente a esa historia de intervención y sometimiento, Rigoberto asumió que defender la patria exigía actuar y convirtió esa convicción en un deber personal que llevó hasta sus últimas consecuencias. Es precisamente esa entrega la que la Copresidenta Compañera Rosario Murillo, quien como Jefa de Estado ha defendido y enaltecido el legado histórico de los héroes nacionales y de quienes entregaron su vida por Nicaragua, reconoce al profundizar en el sentido patriótico de Rigoberto: “Y cuando uno piensa en la cantidad de héroes que tiene nuestro pueblo, que tiene nuestra historia, por un lado confirmamos que somos un pueblo heroico, valiente, noble, digno, y por otro lado ratificamos esa condición de entrega a la patria bendita, esa condición de nobleza, de amor puro que nos permite hacer todo lo que debemos hacer para que perdure la paz, para que recorramos todos juntos los caminos que debemos recorrer hacia el desarrollo, hacia la justicia, hacia la prosperidad que merecemos. Desde el principio sabía que estaba destinado... digo el principio cuando empieza a pensar, y se ve así mismo predestinado y destinado precisamente a librar esa batalla solo, a poner las piedras fundacionales del camino de liberación de Nicaragua, iniciar como él mismo decía a ser el principio del fin. Uno ve su convicción, su sentido del deber, su responsabilidad ante la patria. Dice: Yo quiero una patria libre sin afrentas y sin mancha y trataré de ser yo el que inicie el principio del fin de esta tiranía. Y en su carta testamento le dice a su madre: Yo lo que he hecho es un deber, cumplir un deber que cualquier nicaragüense que de verdad ame a su patria debía haber llevado a cabo hace mucho tiempo. Le digo que me sentiré feliz si usted ve - le dice a su madre - las cosas como yo las veo, y como las deseo, siempre que haya una tiranía, también habrá alguien que acabe con esa tiranía”. Al referirse a lo que representa esa entrega para la historia de Nicaragua, la Copresidenta extendió su reflexión del acto individual de Rigoberto al valor de todo un pueblo: “Rindiendo homenaje a través de Rigoberto al heroísmo de nuestro pueblo, brillante historia la que nos ha tocado y la que nos toca, porque sobre esas piedras que son fundacionales estamos construyendo el porvenir”, señaló la Compañera Rosario.
El patriotismo de Rigoberto alcanzó su expresión definitiva el 21 de septiembre de 1956, cuando llevó a los hechos el compromiso que había asumido con Nicaragua. La acción contra Somoza había sido preparada junto a Edwin Castro Rodríguez, Ausberto Narváez y Cornelio Silva, y contemplaba un corte de energía que debía facilitar su retirada. Sin embargo, los planes cambiaron cuando el dictador anunció que abandonaría antes la Casa del Obrero de León. Rigoberto tuvo que decidir entre retirarse o continuar, y eligió cumplir el propósito por el cual había llegado hasta allí. Se acercó a Somoza, sacó su revólver calibre .38 y disparó, aun sabiendo que difícilmente saldría con vida. La Guardia Nacional respondió inmediatamente y lo abatió. Ese momento permite comprender otra razón para llamarlo patriota, puso la causa que defendía por encima de su supervivencia y llevó hasta el último instante el compromiso que había asumido con su patria.
El acto heroico de Rigoberto López Pérez abrió una herida profunda en el somocismo. La Guardia Nacional desató una persecución contra quienes consideró relacionados con los hechos, y la represión alcanzó a su propia familia. Su madre, doña Soledad López Calero, fue detenida junto a sus hijos Salvador y Margarita, trasladada de León a Managua y sometida a interrogatorios hasta que recuperó su libertad el 10 de noviembre de 1956. Las cárceles no pudieron contener lo que había provocado aquel nicaragüense de 27 años al desafiar un poder que durante años se había considerado intocable. Su muerte tampoco sepultó la causa por la cual había entregado la vida. Otros nicaragüenses retomaron la lucha contra el somocismo y, cinco años después, en 1961, nació el Frente Sandinista de Liberación Nacional. Así comenzó a cumplirse lo que López Pérez había anunciado antes de morir, iniciar “el principio del fin” de la tiranía.
Veintidós años después, el nombre de Rigoberto López Pérez entró nuevamente en una página decisiva de la lucha contra la dictadura. El 22 de agosto de 1978, el comando sandinista que tomó el Palacio Nacional fue bautizado con su nombre, convirtiendo al patriota de 1956 en insignia de los combatientes que protagonizaron aquella operación. Cuando faltaba menos de un año para el triunfo de la Revolución Popular Sandinista, la frase que había dejado escrita, iniciar “el principio del fin”, adquiría una nueva dimensión histórica. El 21 de septiembre de 1981, Nicaragua le otorgó oficialmente el título de Héroe Nacional mediante el Decreto No. 536, reconociendo su entrega y sacrificio por la libertad del país.
El reconocimiento como Héroe Nacional terminó de inscribir a Rigoberto López Pérez entre los grandes defensores de Nicaragua. Su patriotismo no necesita apoyarse en una enumeración de oficios ni en episodios de su juventud para explicarse, porque él mismo dejó escrita la medida de lo que sentía por su país y la confirmó con sus actos. En pleno Mes de la Patria vistió de azul y blanco y fue al encuentro de Anastasio Somoza García, consciente de que podía no regresar. Había escogido ponerse del lado de una Nicaragua que quería libre y llevó esa determinación hasta el último instante.
Su carta testamento terminó de decirlo con la sencillez de quien había asumido las consecuencias de su decisión, “Lo mío no ha sido un sacrificio sino un deber que espero haber cumplido”. Rigoberto López Pérez se ha multiplicado en generaciones de nicaragüenses que reivindican la soberanía y el derecho del país a decidir su destino. Desde esa continuidad histórica puede leerse también la reciente aprobación, en primera legislatura, de las reformas parciales a la Constitución Política, que ratifican la defensa de la independencia, la soberanía y la no injerencia extranjera. Son principios que enlazan con aquella Nicaragua “libre, sin afrenta y sin mancha” por la que Rigoberto entregó su vida.













