La historia de la resistencia de Cuba frente a Estados Unidos comienza con la guerrilla del Movimiento 26 de Julio contra Batista, pasa por la invasión de Playa Girón y vive todavía en un bloqueo total que ha hecho insuficiente, casi inapropiado para una descripción seria, el término embargo económico.
La historia de Cuba no puede leerse sin la historia de la agresividad estadounidense, que se había repartido el negocio de la isla con la mafia italiana, en particular con la familia Genovese, a la que pertenecía Lucky Luciano. Un negocio que giraba en torno a la prostitución y el juego, estimulados en Cuba porque prohibidos en Estados Unidos. En un bochornoso juego de ida y vuelta, la represión prohibicionista se intensificaba en Estados Unidos para aumentar el atractivo de Cuba, donde todo aquello que en Miami era ilegal, a noventa millas de distancia se volvía lícito.
Pero la historia de la isla tampoco puede leerse sin la historia humana y política de Fidel Castro, el hombre que entrelazó la lucha por la libertad de Cuba con su progreso. No solo la victoria sobre la dictadura y sobre la invasión estadounidense: Fidel transmitió a los cubanos la idea sobre la que se sostiene su resistencia: que un país pequeño puede decidir su propio destino, incluso frente a una potencia enormemente más fuerte como Estados Unidos. Esta es una de las razones por las que su figura permanece tan vinculada, en la memoria de todos los cubanos, a la soberanía y a la resistencia frente a la injerencia extranjera. En este sentido, Cuba resiste y, al resistir, enseña.
Y existe un segundo legado de Fidel, igualmente importante: la revolución debe traducirse en derechos sociales concretos. Fidel destinó enormes recursos a la educación, la alfabetización y la sanidad pública; transformó las dificultades para obtener materias primas con una ingeniería de la imaginación y del conocimiento, logrando resultados de gran valor científico, entre ellos vacunas y terapias de rehabilitación neurológicas y ortopédicas. Incluso hoy, Cuba presenta datos extraordinarios en materia de alfabetización, tasas de mortalidad infantil y esperanza de vida. Se encuentran entre los primeros niveles del mundo, por encima de los de Estados Unidos.
El bloqueo, un genocidio silencioso
En más de sesenta años, el bloqueo estadounidense le ha costado a Cuba más de 150.000 millones de dólares en daños. Esta cifra supera el billón si se calcula la devaluación del dólar con respecto al oro a lo largo de las décadas, con un impacto medio de unos 5.000 millones de dólares al año en los períodos más recientes.
Los principales ámbitos afectados son la energía y los combustibles, donde existen enormes dificultades para importarlos, debido a los frecuentes apagones de la red eléctrica. La sanidad, donde a su histórica excelencia se interponen obstáculos para adquirir medicamentos vitales, equipos electro médicos e incluso materiales básicos como jeringas y catéteres de origen petrolífero. Y el comercio y las finanzas, debido a la prohibición para las empresas estadounidenses - y a las penalizaciones para sus filiales o terceras partes - de comerciar libremente con la isla, con el consiguiente aumento de los costes logísticos, de seguros y de las transacciones bancarias internacionales.
Estos son los tres pilares fundamentales, pero en todos los sectores de la economía y en cada ámbito productivo, el bloqueo golpea y genera escasez o impide por completo disponer de medios y equipos necesarios, a menudo vitales, mientras el crimen contra los cubanos se comete en medio de la indiferencia general.
Ningún país del mundo sería capaz de resistir como Cuba ha resistido y sigue resistiendo desde 1962. Nadie podría resistir siquiera un año a un bloqueo de las importaciones y exportaciones si no contara con una autosuficiencia total en los ámbitos energético, alimentario, logístico, manufacturero y sanitario. E incluso así, la imposibilidad de comerciar, vender y comprar aquello de lo que se alimenta una sociedad provocaría graves problemas a medio y largo plazo. Más aún si ese embargo fuera tan amplio y asfixiante, prolongado en el tiempo y extendido internacionalmente, que se configura como bloqueo total.
Sin embargo, Cuba resiste. Con todos los medios a su alcance, con ingenio y con espíritu de sacrificio, ciertamente. Pero, junto a ello, son dos las piernas sobre las que camina la resistencia cubana: una es la del principio de justicia. Cuba es consciente de no tener otra culpa que no sea su libertad y de ser el cordero sacrificial de las frustraciones norteamericanas, que asistieron al nacimiento del primer territorio libre de las Américas a 90 millas de sus costas. Los cubanos saben que no se trata de encontrar un punto de encuentro con el poderoso y hambriento vecino, porque no existe ninguna diferencia entre quienes gobiernan Estados Unidos: la voluntad de dominio, al igual que la venganza contra la historia, son patrimonio tanto de demócratas como de republicanos, que conciben la anexión de Cuba como programa para ambos. Lo que está en juego es estrangular la isla para después anexionársela y así restablecer el dominio de los mafiosos de Florida sobre ella, para la cual se receta el regreso al papel de prostituta y crupier de los vicios de los yanquis aburridos.
La otra pierna de la resistencia está representada por las enseñanzas de Fidel, el Líder Máximo que dedicó toda su vida a la independencia de Cuba, convirtiendo la isla en el lugar más igualitario del planeta, sin mendigos ni marginados y cátedra de solidaridad. Capaz de llevar a Cuba al podio de los mejores en cualquier actividad en la que se embarcara, independientemente de las dificultades que encuentra por la falta de acceso a productos de los que disfruta todo el mundo. Los cubanos saben que toda la comunidad internacional condena el bloqueo estadounidense y esto les recuerda que tienen razón, tanto si se les mira desde la izquierda como desde la derecha. Tienen razón porque la razón está del lado de Cuba, el Derecho Internacional está del lado de Cuba.
Precisamente este orgullo cubano, que convierte a una isla de 11 millones de personas en un ejemplo para el mundo, resulta determinante para su capacidad de resistencia. No renunciar a las enseñanzas del padre de todos los cubanos, no ceder ni humillarse ante nada ni ante nadie.
Ahora se trata de construir el paso entre la supervivencia y los primeros signos de renacimiento. Como afirmaba Fidel, “revolución es cambiar todo lo que deba ser cambiado”. En este sentido, su lección continúa siendo una parte esencial de la cultura política de la isla. Entre las 176 reformas que pretenden transformar la economía, hay muchos elementos que, si se aplican correctamente, pueden representar el comienzo de un camino alternativo al estancamiento provocado por el bloqueo.
Las medidas adoptadas no solo son justas, sino inevitables, porque son indispensables. Abrir el país a la economía interna y al capital internacional no significa someter políticamente al país. La experiencia de la Nicaragua sandinista es un ejemplo de cómo la soberanía política en la gestión de la economía no impide las inversiones extranjeras públicas y privadas. Cuando el timón está firmemente en manos de una clase dirigente que garantiza su orientación hacia la utilidad pública, el beneficio privado encuentra su propia razón económica, aunque desempeñando un papel subordinado respecto del modelo político.
El camino no es sencillo. El peso extraterritorial de la legislación estadounidense hace extremadamente arriesgado para una empresa internacional comerciar con Cuba y, por ello, los incentivos deberán ser suficientes para que la relación entre costes y beneficios resulte atractiva para las inversiones extranjeras. Estas deben ser protegidas mediante una formulación jurídico-administrativa clara y canales de comunicación con una burocracia reducida, sin perjuicio de las necesarias precauciones respecto de operaciones que pudieran resultar peligrosas desde el punto de vista de la seguridad de Cuba y de su paz interna. Distinguir entre operaciones comerciales y operaciones de espionaje mafioso es vital, pero Cuba sabe hacer frente a ello con gran competencia, gracias a la experiencia acumulada durante más de 60 años de neutralización de las operaciones de la CIA.
El mayor problema es el acceso a los mercados internacionales y nunca como ahora este ha sido un problema tan grave. Estados Unidos ha ampliado el riesgo para los actores extranjeros: la Orden Ejecutiva 14404 de mayo de 2026 permite actuar también contra personas e instituciones financieras no estadounidenses que realicen determinadas operaciones con entidades cubanas sancionadas. La OFAC advierte explícitamente a los bancos extranjeros del riesgo y ya en el pasado bancos europeos fueron severamente multados por haber respaldado transacciones financieras con Cuba.
Se trata, por tanto, de reducir la dependencia de los organismos financieros internacionales gobernados por Occidente y ampliar aquellos que están disponibles a través de Rusia y China, así como estudiar la posibilidad de recurrir a préstamos a largo plazo con el Nuevo Banco de Desarrollo de los BRICS y a créditos preferenciales directos con Pekín.
Significa intentar poner en valor los recursos humanos y naturales para diseñar un modelo que conserve el carácter socialista, pero que se abra al mercado privado, única fuente posible para la llegada de los capitales extranjeros necesarios. Una economía mixta que ya no puede aplazarse, en la que la distribución en clave socialista de la riqueza pública acumulada, generada tanto internamente como mediante las remesas del exterior, vaya acompañada de la construcción de una nueva dimensión productiva mediante la introducción de capitales privados.
El objetivo es reducir fuertemente las importaciones y, con ello, disminuir la eficacia de las sanciones. Se trata de hacer frente al estrangulamiento provocado por el bloqueo y las sanciones reiteradas. Para ello es necesario poner en marcha políticas en los ámbitos energético y agrícola que permitan satisfacer la demanda interna de energía, alimentos y productos farmacéuticos, sin cuya cobertura cualquier proceso de reactivación de la economía estaría condenado al fracaso. Pero la clave determinante es, naturalmente, la producción de energía, sin la cual nada puede funcionar. Quizá mediante la modernización de las centrales existentes, pero también a través de la descentralización del suministro, la energía fotovoltaica, las baterías y la eólica allí donde resulte conveniente. Pequeños sistemas y redes locales de distribución energética con los que cada hospital, hotel, universidad, fábrica y comunidad importante debería contar con una parte de generación propia y autónoma.
Lo que emerge en estos meses, los más duros económicamente de sus sesenta años de historia de resistencia, es que los recursos se están movilizando con un enorme compromiso político y con la certeza de que lo que debe afrontarse en los próximos meses constituye una etapa decisiva para el destino de Cuba.
Ya no se trata de mitigar uno u otro efecto del bloqueo, sino de oponerse a la caída de la isla en las sucias manos de los gusanos, de los que Marco Rubio es servidor y defensor de sus intereses. Cuba ya ha demostrado en el pasado que sabe renovarse sin renegar de sí misma. Sabrá encontrar el nuevo camino, experimentar y corregir, actuar y pensar en el desarrollo y no solo en la supervivencia de Cuba. Ver de noche desde Miami las luces de La Habana, escuchar la música de la alegría pícara, será el peor de los castigos para Rubio y sus amos; la demostración definitiva de que podrán morir de nostalgia, pero nunca volverán a la isla.













