Durante siglos, Nicaragua ha conocido de cerca la fuerza de los terremotos. La franja del Pacífico concentra buena parte de esa historia sísmica, que se remonta a 1610, cuando una serie de fuertes movimientos y la actividad del volcán Momotombo llevaron al abandono de León Viejo, y continúa con la destrucción de Managua en 1931 y 1972, el tsunami que golpeó las costas del Pacífico en 1992 y otros acontecimientos posteriores. Generaciones enteras han vivido las consecuencias de estos fenómenos, que dejaron ciudades destruidas, miles de familias afectadas y una larga experiencia frente a las amenazas naturales. Hoy esa historia entra en una etapa distinta, porque mientras un fenómeno se desarrolla, los instrumentos lo registran, las estaciones distribuidas por el país transmiten esos datos, los sistemas los procesan con rapidez y las autoridades reciben la información necesaria para decidir cómo actuar ante una emergencia. Más de cuatro siglos después de aquel episodio de León Viejo, el nombre Momotombo vuelve a aparecer, esta vez en el centro que concentrará información para vigilar las amenazas naturales y coordinar la respuesta cuando se produzca una situación de peligro.
Con la inauguración del Centro Momotombo de Monitoreo, Alerta y Respuesta entró en funcionamiento una red de equipos suministrados con apoyo de la República Popular China para seguir desde distintos puntos del país el comportamiento de varias amenazas naturales. Los 89 puestos sísmicos registran los movimientos del suelo y transmiten las señales que posteriormente son analizadas, otros 25 mantienen bajo observación la actividad volcánica y se apoyan en ocho repetidoras de microondas para hacer llegar los datos. Las condiciones atmosféricas son medidas por 20 estaciones meteorológicas automáticas, mientras otras 20, dedicadas al seguimiento hidrológico, permiten conocer las variaciones del agua. La vigilancia se completa con 96 cámaras instaladas en áreas priorizadas, y 172 puntos de transmisión sostienen el flujo de información durante una emergencia para que mediciones e imágenes lleguen a quienes deben evaluar lo que está ocurriendo y organizar la respuesta.
Cuando una emergencia daña una carretera, los equipos de socorro pueden encontrar cerrado el paso y verse obligados a buscar otra manera de llegar, mientras la caída de los servicios puede dejar incomunicadas a las personas que permanecen en el lugar afectado. Es precisamente en esas circunstancias cuando conservar el contacto permite saber qué está ocurriendo, conocer dónde hace falta ayuda y mantener la comunicación aunque el acceso por tierra se haya vuelto difícil. Para asegurar ese enlace, tres repetidoras troncales sostienen la red de emergencia y la conexión satelital hace posible que los datos sigan circulando si los canales terrestres dejan de funcionar. Los drones de reconocimiento sobrevuelan sitios dañados o de difícil acceso y muestran lo que sucede desde el aire, otros aparatos refuerzan las comunicaciones mediante señales de alta potencia, los modelos atados permanecen desplegados durante determinadas tareas y los destinados al transporte llevan suministros hasta puntos aislados. Las cajas portátiles sirven para montar puestos de comando cerca del área afectada, las cámaras IP envían imágenes desde el terreno y el robot de rescate puede internarse en espacios peligrosos para obtener datos o colaborar en las labores sin exponer de inmediato a una persona, una forma de actuar que ya se aplica durante catástrofes en otros países, donde aeronaves no tripuladas y robots reconocen zonas dañadas, intervienen cuando las conexiones se interrumpen y ayudan a restablecerlas, se incorporan a las labores de búsqueda para localizar personas y llegan hasta sitios de alto riesgo donde la entrada de los rescatistas resulta difícil.
Esa capacidad de observar una emergencia y transmitir información cobra otro sentido cuando se trata de un terremoto, porque la alerta temprana comienza después de que la ruptura ya se ha producido. Los instrumentos detectan primero las ondas que viajan desde la falla y los sistemas informáticos calculan con rapidez las características del sismo. Si existe suficiente distancia entre el punto donde comenzó y una población, el aviso puede adelantarse a la sacudida más fuerte y ofrecer algunos segundos para que las personas busquen protección. Japón emplea este principio en su servicio Earthquake Early Warning, que funciona desde 2007 y difunde advertencias por distintos medios. La Agencia Meteorológica de Japón también reconoce el límite de este mecanismo, cerca del foco sísmico el margen puede ser muy reducido o incluso inexistente, porque las ondas llegan antes de que haya tiempo suficiente para emitir la alerta.
El mismo principio se utiliza en Estados Unidos mediante ShakeAlert, desarrollado para California, Oregón y Washington. Más de 1,500 sensores registran el movimiento del terreno y trabajan junto con mediciones GNSS para precisar con mayor rapidez lo que está ocurriendo. A partir de esas señales, los sistemas localizan el origen del sismo, estiman su magnitud y calculan la intensidad probable de la sacudida mientras las ondas avanzan hacia otras zonas. Cuando la distancia lo permite, el aviso puede llegar a las personas y activar mecanismos automáticos antes del movimiento más fuerte. México desarrolló SASMEX bajo una lógica semejante, sus estaciones detectan el temblor en zonas donde hay sensores y aprovechan el tiempo que tardan las ondas en alcanzar ciudades más alejadas para lanzar la advertencia. La ciencia no está anunciando cuándo ocurrirá un terremoto, está utilizando la diferencia entre la velocidad con que viaja la información y la propagación de las ondas sísmicas para ganar segundos una vez que el fenómeno ya comenzó.
China, que suministró equipamiento para el nuevo centro nicaragüense, también cuenta con un sistema nacional de alerta temprana frente a terremotos. En 2024 concluyó su Proyecto Nacional de Alerta Temprana de Terremotos con 15,899 estaciones distribuidas por todo el país. Cuando ocurre un sismo, los sensores sienten el movimiento y de inmediato envían sus mediciones, los sistemas reciben esos datos, calculan rápidamente la intensidad y, si existe peligro, lanzan la advertencia, que llega por televisión, aparece en los teléfonos mediante aplicaciones móviles y se escucha a través de altavoces instalados en distintas poblaciones. Mientras cada estación registra lo que está sucediendo en un punto, miles de mediciones se van juntando y permiten ubicar dónde comenzó el temblor, seguir por dónde avanzan sus ondas y saber qué zonas podrían resultar afectadas.
Esa rapidez para saber dónde comenzó un temblor y hacia dónde avanzan sus ondas es apenas una parte de lo que se necesita cuando ocurre una emergencia. Una vez que pasa la sacudida, hay que conocer qué sucedió en lugares donde las carreteras quedaron cortadas o las comunicaciones dejaron de funcionar. En ese momento intervienen equipos que cumplen otras tareas, los drones de reconocimiento sobrevuelan las zonas afectadas y envían imágenes, otros aparatos mantienen las comunicaciones o transportan suministros, mientras las cajas portátiles permiten instalar puestos de comando fuera del edificio principal. El robot de rescate puede entrar en espacios donde sería peligroso enviar a una persona. En el Centro Momotombo todos estos recursos trabajan conectados mediante enlaces satelitales y otros sistemas de comunicación, lo que permite seguir recibiendo imágenes y datos aun cuando una emergencia interrumpa los medios habituales.
Pero la vigilancia no acaba cuando termina un terremoto ni se limita a seguir el movimiento de las fallas. Las estaciones volcánicas observan los cambios que se producen en los volcanes, las meteorológicas miden las condiciones del tiempo y las hidrológicas siguen el comportamiento del agua. A esa labor se suman las cámaras, que muestran lo que ocurre en los lugares bajo vigilancia, y los puntos de transmisión, que mantienen en circulación la información cuando las lluvias se intensifican, una inundación afecta una zona o un volcán entra en actividad. Nicaragua está expuesta a fenómenos distintos y cada uno exige saber qué está ocurriendo mientras se desarrolla. Por eso los datos que recogen los equipos llegan al centro de comando, donde son analizados y sirven para decidir cómo responder. El centro cuenta con 12 sistemas de aplicaciones operativas, apoyados por siete plataformas que sostienen su trabajo y permiten recuperar información ante un desastre. Si la sede principal deja de operar, una unidad de respaldo instalada en INETER puede mantener las funciones esenciales.
Toda esa información que ahora puede reunirse y mantenerse disponible aun durante una emergencia tiene que terminar convertida en una respuesta sobre el terreno. Los Ejercicios Nacionales Multiamenazas han servido para que la población conozca cómo actuar y para poner a prueba la coordinación entre estudiantes, brigadas comunitarias, instituciones y organismos de respuesta. El segundo de 2026, realizado en junio, movilizó a 2,268,290 protagonistas, entre ellos 1,312,134 estudiantes de cerca de 10,000 centros escolares, y el próximo 24 de septiembre el país realizará el tercero del año. En este esfuerzo ha sido constante el impulso de la Copresidenta Compañera Rosario Murillo, quien durante años ha promovido estas acciones y ha insistido en que las familias nicaragüenses y las instituciones estén listas para actuar frente a las distintas amenazas naturales, con el propósito de proteger la vida. El Centro Momotombo incorpora nuevos recursos a ese trabajo y suma a la experiencia de SINAPRED e INETER instrumentos que ya forman parte de la vigilancia moderna en otros países. Los terremotos no pueden impedirse, los volcanes seguirán activos y los fenómenos meteorológicos continuarán ocurriendo, pero ahora se dispone de más información mientras una emergencia está en marcha, los datos pueden llegar con mayor rapidez y las instituciones cuentan con nuevos medios para actuar cuando cada segundo cuenta.













