Nicaragua se encamina a conmemorar este 23 de agosto los 46 años de la culminación de la Gran Cruzada Nacional de Alfabetización, una tarea educativa que comenzó el 23 de marzo de 1980, apenas ocho meses después del triunfo de la Revolución Popular Sandinista, en un país donde el somocismo había dejado un promedio nacional de 50.3 por ciento de analfabetismo y departamentos como Río San Juan alcanzaban el 96.32 por ciento. La enseñanza de quienes no sabían leer ni escribir había formado parte de las ideas defendidas años antes por el Comandante Carlos Fonseca Amador, recordado por aquella orientación, “Y también enséñenles a leer”, que posteriormente acompañó la movilización de la Juventud Sandinista 19 de Julio. Antes de salir hacia los diferentes puntos del territorio se realizaron censos para conocer dónde estaban las personas que necesitaban aprender, se organizaron los grupos y los futuros alfabetizadores recibieron capacitación para asumir una labor que los mantendría varios meses lejos de sus hogares. Las primeras brigadas partieron el 22 de marzo hacia lugares alejados de Managua y al día siguiente miles de jóvenes que estudiaban en institutos y universidades, junto a maestros y voluntarios, se concentraron en la Plaza de la Revolución Carlos Fonseca para emprender el viaje hacia las zonas rurales donde comenzarían a enseñar.

Desde aquella plaza partieron los alfabetizadores que cambiaron temporalmente las aulas donde estudiaban por comunidades que muchos de ellos nunca habían visitado. En sus mochilas llevaban cartillas, cuadernos, lápices y las pertenencias necesarias para permanecer en el campo, mientras el Ejército Popular de Alfabetización reunió a 95,582 jóvenes y maestros que se desplazaron por diferentes regiones. A ellos se incorporaron las Brigadas Conrado Benítez, las Brigadas Populares de Alfabetización, trabajadores agrupados en las Milicias Obreras de la Alfabetización y otras personas que asumieron la enseñanza en barrios y ciudades. Los recorridos llevaron a los brigadistas hacia zonas cafetaleras, haciendas, comarcas del Pacífico, territorios del Caribe y poblados de difícil acceso donde no siempre existían escuelas y llegar podía significar caminar por veredas hasta encontrar viviendas separadas unas de otras. Al arribar debían conocer a las familias que los recibirían, identificar a quienes participarían en las clases y acomodarse a una forma de vida distinta de la que habían dejado en sus casas. Durante los meses que permanecieron en esos lugares convivieron con campesinos y obreros agrícolas, conocieron sus jornadas de trabajo y se integraron a la vida cotidiana de los hogares que los acogieron, mientras preparaban las condiciones para impartir las clases y cumplir la labor de alfabetización que los había llevado hasta aquellos rincones del país.

Durante el día, muchos integrantes de la Cruzada compartían las labores de las familias campesinas y al caer la tarde preparaban el momento de enseñar, de manera que las lecciones comenzaban después de terminadas las faenas agrícolas y podían desarrollarse dentro de una vivienda, en algún local comunal o en una escuela cuando había una disponible. Hubo sitios donde una lámpara de gas iluminó las noches en que hombres y mujeres tomaron el lápiz para comenzar los ejercicios, mientras la cartilla “El Amanecer del Pueblo” servía de apoyo para avanzar con la lectura y la escritura. La edad tampoco era un obstáculo, porque también llegaban personas adultas que nunca habían podido ir a la escuela y finalmente aprendían a leer y escribir. La jornada se acomodaba al horario de quienes trabajaban en el campo, por eso las clases podían prolongarse durante la noche y continuar al día siguiente. La cartilla, el cuaderno y el lápiz acompañaron durante cinco meses aquella labor que se extendió por distintos puntos del país y comenzó a mostrar sus primeros resultados.

La movilización por la alfabetización avanzó durante cinco meses, mientras miles de estudiantes recorrían largos caminos y, conforme avanzaban, vencían las dificultades que encontraban para llegar hasta los lugares más alejados, donde permanecían lejos de sus familias para continuar enseñando. En medio de esa labor también hubo alfabetizadores que perdieron la vida, entre ellos Georgino Andrade, recordado posteriormente por participantes de aquella tarea como uno de los brigadistas asesinados por la contrarrevolución. Las dificultades no detuvieron el trabajo y poco a poco comenzaron a aparecer los primeros resultados. El 2 de agosto de 1980, Nandasmo, en Masaya, fue declarado el primer municipio libre de analfabetismo, cuando todavía faltaban tres semanas para finalizar la movilización nacional. Para quienes llevaban desde marzo viviendo lejos de sus casas también se acercaba una despedida diferente a la que habían protagonizado al salir de Managua, porque ahora tenían que separarse de campesinos y obreros agrícolas con quienes habían compartido meses de trabajo y enseñanza. Aquellos jóvenes que inicialmente llegaron como desconocidos regresaban después de haber acompañado a personas que poco a poco aprendieron a leer, que con el paso de las clases pudieron escribir sus propias palabras y que finalmente lograron expresar por escrito sus primeras ideas. Al mismo tiempo, los resultados que iban llegando desde diferentes puntos del país permitían conocer cuánto se había avanzado durante aquellos meses.

El 23 de agosto de 1980 finalizó la Gran Cruzada Nacional de Alfabetización y las cifras recogidas al cierre mostraron la dimensión alcanzada durante aquellos cinco meses, 406,056 nicaragüenses habían aprendido a leer y escribir y el analfabetismo descendió del 50.3 por ciento al 12.9 por ciento. El regreso de los brigadistas cerró aquella primera etapa, pero la enseñanza continuó pocas semanas después en la Costa Caribe nicaragüense, donde en septiembre se organizó una etapa especial que alfabetizó adicionalmente a 16,500 personas utilizando miskito, sumo e inglés criollo. Los materiales producidos durante aquella experiencia quedaron igualmente documentados en esas lenguas, además del español. Los resultados alcanzados recibieron posteriormente reconocimientos de la UNESCO, Nicaragua obtuvo en 1981 la Medalla Nadezhda Krúpskaya y nuevamente recibió esa distinción en 1987, cuando Río San Juan fue declarado el primer departamento libre de analfabetismo. Décadas más tarde, en 2007, los documentos surgidos de aquella movilización fueron incorporados al Programa Memoria del Mundo, donde se conservaron las cartillas que sirvieron para enseñar, los testimonios que recogieron lo vivido y otros registros que dejaron constancia de cómo se desarrolló aquella enseñanza en 1980.

A una semana de cumplirse, este 23 de agosto, 46 años de aquella culminación, la alfabetización forma parte del legado educativo de la Revolución Popular Sandinista y del Frente Sandinista, que hizo de la enseñanza una tarea dirigida a abrir las puertas del conocimiento a quienes durante años habían permanecido excluidos. Esa obra continúa en la segunda etapa de la Revolución con el Gobierno Sandinista que encabezan la Copresidenta Compañera Rosario Murillo y el Copresidente Comandante Daniel Ortega, bajo el cual la educación gratuita sigue permitiendo que niños, jóvenes y adultos puedan estudiar y avanzar en su preparación. De aquella gran movilización que llevó las primeras letras hasta los rincones más alejados se pasó a un sistema que hoy ofrece distintas posibilidades para aprender y continuar los estudios, dando continuidad a una labor que atraviesa generaciones y que mantiene vigente uno de los compromisos asumidos por la Revolución desde sus primeros años, llevar la educación al pueblo nicaragüense.

Comparte
Síguenos