Hoy, cuando nuestro pueblo siente en carne propia los intentos de agresión contra la patria, ya no solo de los lacayos dóciles de siempre, sino también de sus amos, esos imperialistas y conquistadores que, atrapados en el pasado, aún se creen los dueños del mundo, Nicaragua vive momentos históricos porque diseña su propia Constitución y, en ella, su destino, con paz, progreso, desarrollo, seguridad, soberanía, independencia y, principalmente, con la libertad por la que antes ofrendaron sus vidas nuestros héroes y mártires, así como nuestros héroes nacionales, quienes defendieron la patria, la soberanía y la independencia frente a las intervenciones extranjeras. Es por eso que invocamos al Ejército Defensor de la Soberanía Nacional, porque nos inspira dignidad y valentía, al recordar que ellos, siendo apenas un puñado de hombres, lograron vencer y rescatar a una patria que se encontraba secuestrada. Es precisamente en esa herencia histórica donde encuentra su origen el Ejército Defensor de la Soberanía Nacional, cuya conformación marcó un capítulo determinante en la historia de Nicaragua.
El 2 de septiembre de 1927, en las montañas de Las Segovias, quedó constituido el Ejército Defensor de la Soberanía Nacional de Nicaragua (EDSN), una organización militar que surgió tras el rechazo al Pacto del Espino Negro, firmado el 4 de mayo de ese mismo año. Mientras la mayoría de los jefes liberales aceptó el acuerdo que contemplaba el desarme de las fuerzas beligerantes bajo supervisión estadounidense, un pequeño grupo decidió continuar la lucha. Aquella fuerza inicial estaba integrada por treinta combatientes, entre ellos Augusto C. Sandino, y nació con una organización militar propia. Contaba con un Estado Mayor, tenía sus reglamentos, enarbolaba sus banderas y organizó una cadena de mando que, con el paso del tiempo, fue fortaleciéndose hasta extender sus operaciones por buena parte del territorio nacional. Desde sus primeros días, el EDSN dejó claro que su existencia respondía a un objetivo militar definido, cuyo propósito era enfrentar la presencia de las tropas extranjeras hasta que el país recuperara el control de su territorio.
El Ejército Defensor de la Soberanía Nacional no se quedó reducido al pequeño grupo con el que inició sus operaciones. Entre 1927 y 1933 fue incorporando de manera constante a campesinos, mineros, artesanos, obreros y voluntarios llegados de distintos departamentos del país, hasta formar una agrupación que, de acuerdo con diversas investigaciones históricas, alcanzó alrededor de seis mil combatientes organizados en unidades de combate. Entre sus mandos más conocidos se encontraban Pedro Altamirano "Pedrón", Carlos Salgado, Pedro Antonio Irías, Juan Gregorio Colindres, José León Díaz, Abraham Rivera, Ismael Peralta, Juan Pablo Umanzor y otros jefes regionales que asumieron la conducción de operaciones en Nueva Segovia, Jinotega, Estelí, Matagalpa, Chontales, León, Chinandega y la Costa Caribe. Cada una de ellas asumía misiones de combate, exploraba el terreno, aseguraba el abastecimiento y mantenía el enlace con el resto de las fuerzas, lo que les permitía coordinar las operaciones y seguir combatiendo, aun cuando muchas se encontraban separadas por grandes distancias.
El grupo militar del Ejército Defensor se apoyó en la disciplina de sus combatientes, en la capacidad para moverse por el monte y en un amplio conocimiento del terreno. Con esas condiciones, instalaban campamentos temporales en las montañas, aprovechaban las quebradas y se internaban en los csminos, desde donde organizaban sus maniobras para evitar ser descubiertos por las tropas enemigas. Las comunicaciones se realizaban mediante mensajeros y enlaces distribuidos entre comunidades rurales, mientras el abastecimiento dependía del apoyo recibido en numerosas poblaciones del norte del país.
La información sobre las acciones del enemigo, las rutas que utilizaba para avanzar y las condiciones del terreno era obtenida por redes de colaboradores, quienes la transmitían a sus mandos para anticiparse a las operaciones enemigas y reorganizar las columnas cuando era necesario. Gracias a esa estrategia, lograron mantener la lucha durante casi seis años, aun cuando no disponían de cuarteles permanentes. Entre 1927 y 1933, el Ejército Defensor protagonizó una extensa campaña que comprendió más de quinientos combates, desarrollados en lugares como Ocotal, San Fernando, Las Cruces, Bonanza, El Guanacaste, Palacagüina, Limay, Somoto y numerosas comunidades de Las Segovias.
Las operaciones combinaban emboscadas, lanzaban ataques rápidos, mantenían un constante hostigamiento, retomaban los lugares que habían perdido, rompían los cercos y cambiaban continuamente de lugar para evitar enfrentamientos convencionales que fueran prolongados. Todo eso fue posible porque la geografía montañosa favorecía sus maniobras, mientras la dispersión de sus fuerzas les permitía mantener varios frentes de combate al mismo tiempo. Así se desarrollaron las operaciones durante todo el período de resistencia.
El Ejército Defensor también fue forjando una identidad institucional que quedó reflejada en sus símbolos y documentos. A lo largo de la lucha utilizó una bandera y un sello oficial, redactó manifiestos, intercambió correspondencia militar, aprobó reglamentos internos, divulgó proclamas y contó con un himno atribuido a Blanca Estela Aráuz, cuya letra se entonaba en las ceremonias, acompañaba las concentraciones y también formaba parte de las distintas actividades del Ejército de Sandino.Todo ese legado documental permite conocer la organización del mando, cómo se impartían las órdenes de operaciones, cómo se comunicaban los jefes militares entre sí y qué decisiones fueron tomando durante los años de guerra.
En reconocimiento a ese legado histórico, en 2021 la Asamblea Nacional declaró Patrimonio Cultural Inmaterial de la Nación a la Bandera, el Himno, el Sello, las canciones, los cantos, los escritos, los gráficos, los audiovisuales y demás expresiones relacionadas con el Ejército Defensor de la Soberanía Nacional.
Al referirse a esa declaratoria, la Compañera Rosario Murillo expresó que al hablar de patrimonio inmaterial "queremos decir patrimonio espiritual, patrimonio cultural, queremos decir orgullo nacional", y afirmó que "todos esos escritos, toda esa correspondencia, todos esos libros, cantos, flores, poemas, todos esos gráficos, todos esos audiovisuales, imágenes (...) todo eso es nuestro patrimonio heroico cultural espiritual".
La retirada de las tropas estadounidenses de Nicaragua, concluida el 1 de enero de 1933, abrió el camino para las conversaciones que culminaron con la firma del Convenio de Paz el 2 de febrero de ese mismo año entre el Gobierno de Juan Bautista Sacasa y el Ejército Defensor de la Soberanía Nacional de Nicaragua. En esas gestiones participó como enlace Blanca Estela Aráuz. Aunque el acuerdo dispuso el cese de las hostilidades y el regreso de los combatientes a sus hogares, a sus tierras y a las cooperativas organizadas para recibirlos, todo cambió con el magnicidio del General Augusto C. Sandino en febrero de 1934. La historia glorifica a ese grupo de hombres que expulsó a una gran potencia invasora militar y sembró con sangre la dignidad de la cual hoy los sandinistas levantamos su bandera, como legado de soberanía, patriotismo y defensa de la independencia nacional.













