Resumen
La relación entre la soberanía y la paz adquiere una importancia creciente en un contexto internacional caracterizado por la guerra, la fragmentación geopolítica y la transición hacia un orden multipolar. El objetivo es analizar esa relación a partir de la tradición marxista, antiimperialista y del pensamiento político latinoamericano. A partir de un análisis documental de carácter histórico e interpretativo, se estudian las transformaciones geopolíticas contemporáneas y su incidencia en la configuración del sistema internacional. Se discute cómo la guerra y la fragmentación del sistema internacional son producto del desarrollo histórico del capitalismo. De igual manera, sostiene que la transición hacia un mundo multipolar crea nuevas oportunidades para fortalecer el multilateralismo y la igualdad soberana de los Estados. Asimismo, se interpreta la política exterior contemporánea de Nicaragua como expresión de una tradición latinoamericana orientada por la autodeterminación de los pueblos, la no injerencia, la igualdad soberana y la solución pacífica de las controversias. Finalmente, se concluye que la paz debe entenderse como una construcción política e histórica que depende del ejercicio efectivo de la soberanía, la autodeterminación y el fortalecimiento del multilateralismo.
Palabras clave: soberanía; paz; imperialismo; geopolítica; multipolaridad; América Latina; Nicaragua.
Introducción
El sistema internacional contemporáneo atraviesa un período de profundas transformaciones caracterizado por conflictos armados, sanciones económicas, disputas comerciales, rivalidades tecnológicas y una creciente competencia entre las principales potencias mundiales. Estas transformaciones vienen a reconfigurar el orden internacional que surgió después de la Guerra Fría y expresan las tensiones propias de la transición desde un escenario unipolar hacia otro multipolar. En este contexto, la guerra, la fragmentación1 y la disputa por el control geopolítico global reabren el debate sobre el significado de soberanía y su relación con la construcción de la paz.
Este planteamiento nos hace reflexionar sobre: ¿qué rol adquieren la soberanía y la paz para los pueblos en un sistema internacional fragmentado por las guerras? Para poder responder a esta pregunta, implica comprender la paz como condición política vinculada a la soberanía de los pueblos y la capacidad que estos tienen para definir su propio modelo de desarrollo frente a las diversas formas de ingerencia existentes.
El objetivo de este artículo es visualizar la relación entre la soberanía y la paz en el contexto de las transformaciones geopolíticas contemporáneas, a partir del estudio del capitalismo, el imperialismo y la transición hacia un orden internacional multipolar. El análisis que nos lleva a esta visualización se realiza desde una perspectiva marxista, antiimperialista y del pensamiento político latinoamericano, articulando los aportes de Marx y Engels, Lenin, Rosa Luxemburgo y Gramsci con las contribuciones de Atilio Borón, Claudio Katz y Vijay Prashad. Asimismo, el estudio incorpora el pensamiento político latinoamericano representado por Simón Bolívar, José Martí, Augusto C. Sandino, Fidel Castro y Hugo Chávez, así como la política exterior contemporánea de Nicaragua expresada por el Copresidente Daniel Ortega y la Copresidenta Rosario Murillo.
La investigación tiene un enfoque cualitativo de carácter histórico-interpretativo basado en el análisis documental de fuentes primarias y literatura académica especializada sobre geopolítica, imperialismo y relaciones internacionales. La tesis central sostiene que la paz es el resultado del respeto efectivo a la soberanía de los pueblos, la igualdad soberana de los Estados, el multilateralismo, la cooperación genuina y la solución pacífica de las controversias. Aunque la transición hacia un mundo multipolar no elimina las contradicciones del sistema internacional, sí abre nuevas posibilidades para democratizar las relaciones internacionales y fortalecer proyectos de integración orientados a reducir las asimetrías históricas del imperialismo.
Capitalismo, imperialismo y la génesis de la guerra
El contexto geopolítico contemporáneo se caracteriza por un contexto de guerras, sanciones económicas, disputas comerciales, competencia tecnológica y rivalidad entre grandes potencias. Estas dinámicas responden a procesos históricos vinculados con el desarrollo del capitalismo y la expansión del mercado mundial. Comprender el origen de los conflictos contemporáneos exige analizar las relaciones entre acumulación de capital, competencia internacional y formas de dominación política y económica.
Marx y Engels (2000) mencionaron que el inicio de todo este proceso fue la expansión histórica del capitalismo, la cual fue impulsada por el comercio colonial, la industrialización y la integración progresiva de nuevas regiones al mercado mundial. La consolidación de la gran industria transformó las fuerzas productivas y convirtió la búsqueda permanente de nuevos mercados, materias primas y oportunidades de inversión en una necesidad estructural del capital (Marx & Engels, 2000, pp. 26–29). La mundialización aparece, así como una tendencia inherente al desarrollo capitalista, sustentada en la expansión continua de las relaciones de producción.
Los avances generados a nivel económico modificaron la naturaleza de la competencia capitalista. Esto lo explica muy bien Lenin (1916), cuando menciona que la libre competencia dio paso al predominio de los monopolios y del capital financiero, configurando el imperialismo como una nueva fase del capitalismo. De esta manera, la competencia económica (exportación de capitales, disputa de mercados, territorios y recursos naturales) se convierte en rivalidad geopolítica, otorgando a la guerra un papel central como mecanismo de redistribución del poder y de preservación de la acumulación capitalista (Lenin, 1966, pp. 15–100).
Rosa Luxemburgo (1913) reforzó este planteamiento al sostener que la acumulación del capital requiere incorporar de manera permanente territorios y sociedades aún no plenamente integrados al capitalismo. Por tal razón, el colonialismo, la expropiación territorial, el endeudamiento y el militarismo constituyen mecanismos funcionales para ampliar los espacios de acumulación y asegurar la reproducción del capital. (Luxemburgo, 1913, pp. 180–232).
Sin embargo, sería erróneo afirmar que la dominación internacional de un Estado descansa exclusivamente en su fuerza militar. Tal y como lo explicó Gramsci (1981), la hegemonía de una potencia abarca la forma de dirección política, intelectual y moral como estrategia principal para generar consenso entre la sociedad civil con la capacidad coercitiva del Estado. De este modo, los grupos dominantes logran presentar sus intereses particulares como intereses generales mediante instituciones políticas, sistemas educativos, medios de comunicación y producción cultural. Como resultado de esto, las relaciones internacionales de los Estados hegemónicos actuales están caracterizadas por incorporar mecanismos financieros, jurídicos, tecnológicos y comunicacionales que complementan las formas tradicionales de intervención y contribuyen a legitimar un determinado orden internacional.
Para Borón (2002, 2020), la globalización no ha sustituido al imperialismo. Esta constituye la forma que adopta el capitalismo contemporáneo, donde el capital financiero, las corporaciones transnacionales y el predominio militar de Estados Unidos condicionan el orden internacional. Como consecuencia de esto, los pueblos del mundo comienzan a reconfigurar el sistema internacional buscando rutas económicas que favorezcan los intereses nacionales. Las desigualdades del sistema internacional favorecen la articulación de iniciativas desde el Sur Global dirigidas a fortalecer la cooperación genuina entre los estados, defender la soberanía y promover una gobernanza internacional más equitativa. Por ejemplo, Katz (2011) manifiesta que el fortalecimiento económico de Asia contribuye a transformar el sistema internacional. De esta manera se modifica la distribución del sistema internacional y se favorece la multipolaridad. Adicionalmente, Prashad (2024) destaca que, frente a estas relaciones desiguales, el Sur Global ha impulsado proyectos de soberanía, cooperación genuina e integración orientados a construir un orden internacional más equitativo.
Desde esta perspectiva, la guerra y la fragmentación del sistema internacional son parte de las tensiones que acompañan el desarrollo histórico del capitalismo. En ese marco, la búsqueda de la acumulación de capital y la disputa por la hegemonía mundial continúan influyendo en la configuración del orden internacional.
Transformación del orden internacional y transición multipolar
La desaparición de la URSS en 1991 marcó un cambio en la distribución del poder internacional. Desde esta perspectiva, el final de la Guerra Fría creó las condiciones para que Estados Unidos ejerciera una influencia predominante en materia política, económica y de seguridad durante los años siguientes. En ese contexto se extendió el modelo económico liberal, la OTAN (Organización del Tratado del Atlántico Norte) incorporó nuevos miembros y las instituciones financieras internacionales reforzaron su presencia en numerosos países. La permanencia del dólar como principal moneda de reserva internacional se combinó con el creciente protagonismo del Fondo Monetario Internacional (FMI), el Banco Mundial y la Organización Mundial del Comercio (OMC) en la formulación y difusión de las reglas de la economía mundial. En conjunto, estos procesos contribuyeron a consolidar un orden internacional de carácter unipolar bajo predominio occidental.
A diferencia de la década de 1990, el escenario internacional del siglo XXI comenzó a caracterizarse por una mayor dispersión del poder económico. La creciente participación de China, India, Rusia y otras economías emergentes en la producción, el comercio y las finanzas internacionales modificó gradualmente el equilibrio existente. Desde la perspectiva de Arrighi (2007), la creciente participación de Asia en la producción, el comercio y las finanzas internacionales constituye una expresión de los cambios que experimenta la economía mundial y de la reorganización de sus principales centros de actividad económica. Katz (2011) considera que estos cambios no implican el fin inmediato del predominio estadounidense. Más bien, describe un proceso en el que las transformaciones del sistema internacional conviven con rasgos heredados del orden previo.
Las transformaciones descritas modificaron un escenario internacional que durante años estuvo dominado casi exclusivamente por Estados Unidos. Hoy otros actores participan con mayor capacidad de decisión en los asuntos económicos internacionales, mientras agrupaciones como los BRICS impulsan iniciativas orientadas a diversificar las relaciones financieras y comerciales entre los países del Sur Global.
La consolidación de un entorno internacional con múltiples centros de poder ha ampliado los ámbitos de disputa entre los principales actores globales. La competencia trasciende el terreno militar y se proyecta sobre sectores decisivos para el desarrollo económico y tecnológico, como el acceso a minerales estratégicos, las cadenas globales de suministro, las rutas marítimas, los semiconductores, la inteligencia artificial y las tecnologías digitales. Desde esta perspectiva, Katz (2011) interpreta las políticas de reindustrialización, las restricciones tecnológicas y los nuevos acuerdos estratégicos como instrumentos mediante los cuales las principales potencias procuran preservar su capacidad de influencia en un sistema internacional en transformación.
La reducción relativa de la capacidad de Estados Unidos para sostener su posición hegemónica en otros ámbitos ha reforzado el papel del poder militar como uno de los principales instrumentos para conservar su influencia en regiones consideradas estratégicas. El respaldo de Estados Unidos y la OTAN a Ucrania en la guerra contra Rusia, las acciones militares de Israel en Palestina —calificadas por diversos organismos y especialistas como actos constitutivos de genocidio— y las operaciones desarrolladas por Estados Unidos e Israel contra Irán pueden interpretarse como expresiones de una rivalidad geopolítica más amplia, donde convergen intereses económicos, energéticos, tecnológicos y de seguridad. Las causas inmediatas de cada guerra son diferentes, pero ninguna puede entenderse al margen de las transformaciones del sistema internacional. Las guerras actuales expresan la manera en que la competencia entre las principales potencias se proyecta sobre distintos escenarios geográficos mediante instrumentos políticos, económicos y militares.
Las formas contemporáneas de ejercicio de la hegemonía han ampliado significativamente sus mecanismos de actuación. Las modalidades contemporáneas de ejercicio del poder muestran que la influencia internacional ya no depende exclusivamente de la capacidad para recurrir a la fuerza. También exige crear condiciones de legitimidad que hagan aceptables determinadas decisiones, valores e intereses. Esta lógica coincide con la concepción gramsciana de la hegemonía (Gramsci, 1981), en la que la coerción y el consenso operan de manera complementaria. La creciente utilización de sanciones económicas, restricciones comerciales, mecanismos financieros, plataformas digitales y normas tecnológicas muestra que la capacidad de influencia entre los Estados se apoya cada vez más en instrumentos que actúan antes de que resulte necesario recurrir al empleo de la fuerza militar. Borón (2002, 2020) sostiene que estas herramientas representan una ampliación de los mecanismos históricos del imperialismo, mientras que la competencia por la infraestructura digital, los semiconductores y la inteligencia artificial revela el creciente valor estratégico del conocimiento y la innovación en la disputa por la hegemonía internacional.
La respuesta a estas transformaciones también ha impulsado nuevas formas de articulación entre los países del Sur Global. Aunque sus intereses, capacidades y prioridades no siempre coinciden, espacios como el BRICS, la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC), la Unión Africana, la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ASEAN) y la Organización de Cooperación de Shanghái reflejan un interés compartido por ampliar los márgenes de autonomía internacional mediante mecanismos de cooperación Sur-Sur.
Las reivindicaciones surgidas durante la descolonización no desaparecieron con la independencia formal de numerosos Estados. Estas reivindicaciones están presentes en la forma de entender las relaciones internacionales y en la defensa del derecho de cada país a decidir su propio destino. Prashad (2007, 2012) sitúa esta continuidad histórica en la búsqueda de un orden internacional más plural, sustentado en la igualdad soberana, el multilateralismo y la resolución pacífica de las controversias. En ese marco, la soberanía pasa a expresar la capacidad efectiva de los Estados para definir sus prioridades nacionales y conducir su política exterior sin imposiciones externas.
La soberanía como fundamento de la paz en el mundo multipolar
La competencia entre las grandes potencias por el control de mercados, recursos naturales, rutas comerciales y áreas de influencia, propia del imperialismo como fase superior del capitalismo, consolidó relaciones de subordinación política, económica y militar sobre amplias regiones de América Latina, África y Asia.
La capacidad de numerosos pueblos para decidir sobre su propio futuro estuvo condicionada por relaciones de dominación que se expresaron a través del colonialismo, las intervenciones militares, el endeudamiento externo, la dependencia tecnológica y diversas formas de injerencia. En este contexto, la soberanía adquirió un contenido político y emancipador inseparable de la autodeterminación y de la defensa de la independencia frente a toda forma de dominación externa.
Desde esta perspectiva, la soberanía implica la capacidad efectiva de cada pueblo para definir su organización política, orientar su modelo de desarrollo, administrar sus recursos naturales, preservar su identidad histórica y cultural y conducir autónomamente sus relaciones internacionales. Esta concepción fue construyéndose a partir de las luchas anticoloniales y antiimperialistas, en las que la independencia política solo adquiría pleno significado cuando se acompañaba del ejercicio real del derecho de autodeterminación.
En América Latina, esta tradición encuentra una continuidad histórica que se inicia con Simón Bolívar. En la Carta de Jamaica (1815), el Libertador advirtió que la independencia de las nuevas repúblicas solo podría preservarse mediante la unidad continental. Posteriormente, en el Discurso de Angostura (1819) defendió la necesidad de construir instituciones propias capaces de garantizar la estabilidad política y la soberanía, mientras que el Congreso Anfictiónico de Panamá (1826) representó el intento más ambicioso por institucionalizar la cooperación, la defensa colectiva y la concertación política entre las naciones americanas. El pensamiento bolivariano estableció así una relación inseparable entre integración regional, soberanía y paz, al considerar que únicamente la acción conjunta permitiría evitar nuevas formas de subordinación externa (Bolívar, 1815, 1819, 1826).
José Martí profundizó esta visión al afirmar que los pueblos de Nuestra América debían organizar sus instituciones a partir de su propia realidad histórica y no mediante la imitación de modelos extranjeros. Su célebre afirmación de que «el gobierno ha de nacer del país» sintetiza una concepción de la soberanía basada en la identidad nacional, la autodeterminación y la justicia social (Martí, 1891). Al advertir tempranamente sobre las pretensiones expansionistas de Estados Unidos y reivindicar la unidad latinoamericana, Martí vinculó la emancipación política con la integración regional y la defensa de la independencia.
El General Augusto C. Sandino amplió esta tradición al interpretar la soberanía como un principio inseparable de la lucha antiimperialista y de la integración latinoamericana. En el Plan de realización del supremo sueño de Bolívar (1929), sostuvo que el capitalismo había evolucionado hacia el imperialismo y propuso una alianza permanente entre los Estados de la región para enfrentar las nuevas formas de dominación externa. Para el General Sandino, la soberanía solo podía sostenerse mediante la solidaridad entre las naciones latinoamericanas y la acción coordinada frente a las formas de dominación imperialista (Sandino, 1929). Sus propuestas de una Nacionalidad Latinoamericana, una Corte de Justicia Latinoamericana y mecanismos regionales de arbitraje ampliaron el concepto de soberanía al vincularlo con la solidaridad continental, la cooperación política y la solución pacífica de las controversias.
En el pensamiento del Comandante Fidel Castro, la defensa de la soberanía trascendió el ámbito nacional para convertirse en un principio rector de las relaciones internacionales. Sus intervenciones ante las Naciones Unidas y otros foros multilaterales cuestionaron las guerras de agresión, las intervenciones militares, los bloqueos económicos y las medidas coercitivas unilaterales por considerarlas incompatibles con la igualdad soberana de los Estados y con la Carta de las Naciones Unidas (Castro, 1979, 1995, 2000). En consecuencia, propuso un orden internacional sustentado en el multilateralismo, la cooperación y la autodeterminación de los pueblos, entendiendo que una paz estable solo puede construirse eliminando las relaciones de dominación y dependencia que caracterizan al imperialismo (Castro, 2023).
Desde una perspectiva, el Comandante Hugo Chávez vinculó la soberanía con la construcción de un mundo pluripolar y multicéntrico. En su discurso ante la Asamblea General de las Naciones Unidas (2006) sostuvo que la concentración del poder en una sola potencia favorecía las guerras y las imposiciones unilaterales, mientras que el Proyecto Nacional Simón Bolívar propuso fortalecer la cooperación Sur-Sur y la integración latinoamericana mediante mecanismos como el ALBA, la UNASUR y la CELAC (Chávez Frías, 2006; Gobierno Bolivariano de Venezuela, 2007). Para el Comandante Chávez, la democratización del sistema internacional dependía de la existencia de relaciones basadas en la igualdad soberana, el respeto mutuo y la cooperación entre los pueblos.
En el contexto contemporáneo, la política exterior de Nicaragua se inscribe dentro de esta tradición latinoamericana al defender de manera consistente la autodeterminación, la no injerencia, la igualdad soberana de los Estados y la solución pacífica de las controversias. En sus discursos oficiales, el copresidente Daniel Ortega señaló que la transición hacia un orden multipolar representa una oportunidad para superar las relaciones de dominación propias del sistema unipolar y fortalecer un escenario internacional sustentado en el respeto mutuo y la cooperación (Ortega Saavedra, 2026). En la misma línea, la copresidenta Rosario Murillo sostuvo que la paz solo puede construirse sobre la dignidad de los pueblos, la justicia, la independencia y el derecho de cada nación a decidir libremente su propio destino (Murillo, 2026).
En este sentido, la política exterior actual de Nicaragua se presenta como una expresión de la tradición política latinoamericana que ha concebido la soberanía, la autodeterminación, la integración regional y la cooperación internacional como condiciones indispensables para la construcción de la paz.
La paz no puede reducirse a la ausencia temporal de enfrentamientos armados ni a la estabilidad impuesta mediante la fuerza militar o la coerción económica. Una paz sustentada en ocupaciones, bloqueos, sanciones o relaciones de dependencia constituye una forma de dominación antes que una expresión de justicia internacional. Por el contrario, una paz duradera exige el reconocimiento efectivo de la igualdad soberana de los Estados, el respeto al derecho de autodeterminación de los pueblos, el fortalecimiento del multilateralismo y la solución pacífica de las controversias. Desde esta perspectiva, la transición hacia un sistema internacional multipolar no garantiza por sí sola la desaparición de los conflictos, pero sí amplía las posibilidades de construir un orden internacional más democrático, basado en la cooperación genuina, el respeto recíproco y la soberanía de las naciones.
Conclusiones
El análisis desarrollado permite sostener que la relación entre soberanía y paz constituye un elemento central para comprender las transformaciones del sistema internacional contemporáneo. La guerra, las intervenciones militares, las sanciones económicas y las diversas formas de coerción examinadas en este estudio no responden a fenómenos aislados, sino a las contradicciones inherentes al desarrollo histórico del capitalismo y a la evolución del imperialismo como mecanismo de preservación de relaciones de dominación y disputa por la hegemonía mundial. Desde esta perspectiva, la paz trasciende la ausencia de conflictos armados para situarse en el ámbito de las condiciones políticas que hacen posible el ejercicio efectivo de la soberanía de los pueblos y de la igualdad entre los Estados.
La investigación también evidencia que la transición hacia un escenario internacional multipolar no representa, por sí misma, la superación de las tensiones estructurales que caracterizan al orden mundial. La redistribución gradual del poder económico y político modifica los mecanismos mediante los cuales se ejerce la hegemonía y amplía el margen de actuación de nuevos actores internacionales; sin embargo, la consolidación de un sistema internacional más estable dependerá del fortalecimiento del multilateralismo, del respeto al derecho internacional, de la igualdad soberana de los Estados y de la solución pacífica de las controversias como principios que orienten las relaciones internacionales.
Uno de los principales aportes de este estudio consiste en mostrar la continuidad de una tradición de pensamiento latinoamericano que concibe la soberanía como una condición inseparable de la autodeterminación de los pueblos, la integración regional y la construcción de la paz. A pesar de responder a contextos históricos diferentes, las contribuciones de Simón Bolívar, José Martí, Augusto C. Sandino, Fidel Castro y Hugo Chávez convergen en una concepción compartida según la cual la independencia política solo adquiere pleno significado cuando se acompaña de la capacidad de los pueblos para decidir su propio destino y de mecanismos de cooperación orientados a enfrentar las distintas formas de dominación externa. En este marco, la política exterior contemporánea de Nicaragua se interpreta como una expresión de esa tradición latinoamericana al reafirmar la autodeterminación, la no injerencia, la igualdad soberana de los Estados, el multilateralismo y la solución pacífica de las controversias como principios rectores de su actuación internacional.
En respuesta a la pregunta que orientó esta investigación, puede concluirse que la paz constituye una construcción política e histórica cuya viabilidad depende del ejercicio efectivo de la soberanía, del respeto al derecho de autodeterminación de los pueblos y de la existencia de relaciones internacionales sustentadas en la cooperación, la igualdad jurídica entre los Estados y el respeto al derecho internacional. En un contexto marcado por la fragmentación geopolítica y la competencia entre las grandes potencias, la defensa de la soberanía adquiere una renovada relevancia como fundamento para promover un orden internacional más democrático, multipolar y orientado hacia la paz.
En este sentido, el principal aporte de esta investigación consiste en demostrar que la soberanía es una condición política indispensable para la construcción de una paz duradera en un sistema internacional caracterizado por profundas asimetrías de poder. Esta perspectiva contribuye a enriquecer el debate contemporáneo sobre las transformaciones del orden mundial desde una visión crítica sustentada en la tradición marxista, antiimperialista y del pensamiento político latinoamericano.
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