El béisbol es un deporte de emociones. Desde las jugadas defensivas, pasando por los lanzamientos de poder y de localización, o las tácticas desde las bancas, hasta llegar a los batazos, pero, no hay nada más emotivo que un poderoso y largo cuadrangular.

Al hablar de la Liga de Béisbol Profesional Nacional de Nicaragua, es imposible no recordar a un pelotero de pocas palabras, distante, que hablaba muy poco español, pero una verdadera fiera con el madero, el estadounidense Clyde Williams.

El “gringo” como le decían sus compañeros de equipo, apareció vistiendo la camiseta #34 de los Indios del Bóer en la cuarta edición de la Liga Profesional pinolera.

Cuenta la historia, que al inicio de la temporada, los directivos boeristas lo querían despedir, pues al toletero zurdo le costó adaptarse al béisbol nicaragüense, pero cuando le tomó la medida, agarró viaje.

Su poder se veía en cada batazo que conectaba. Sus cuadrangulares fueron pocos (13) pero bastaron para “enamorar” a los boeristas que lo vieron como su gran figura, e incluso, los que adversaban a los “mimados de la capital” llegaban al estadio solo para ver al toletero norteamericano, que terminó la temporada regular como líder jonronero y empujador con 40 y compartió el título de Jugador Más Valioso de la temporada con el bateador de León, Justo Rivas.

El Bóer llegó a la final contra los Leones de León, y sorpresivamente barrieron en 4 juegos para proclamarse campeones. En el primer partido, ante un impresionante lleno de más de 20 mil personas, Williams conectó un decisivo cuadrangular y hasta golpeó al cubano Edysbel Benítez, ocasionándole una herida en la ceja izquierda que ameritó 6 puntadas.

Al año siguiente, Clyde volvió al Bóer, pero en esa temporada sus números fueron discretos. Sin embargo, la huella que dejó en esta nueva etapa del béisbol profesional nicaragüense es imborrable y permanece en el tiempo y la memoria de los aficionados del deporte rey de Nicaragua.

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