I

El General Augusto César Sandino instaló muchas verdades que le hacían falta a la Historia de Nicaragua. Verdades que están sobre las épocas, y que los sandinistas deben asumir no como dogmas medievales, puesto que son palabras reales, inteligentes, pronunciadas por un hombre que contaba con un alto coeficiente intelectual. Y visión de nación.

Uno de los valores de primer orden que estableció fue la inclusión, la suma, la sinergia, en consonancia con la luz profética de Rubén Darío:

“Únanse brillen, secúndense tantos vigores dispersos/ formen todos un solo haz de energía ecuménica”.

Ahí está la columna vertebral de Nicaragua, y los que se aferran a esta divisa son los que quieren superar los atavismos, y resolver las fallas históricas de un país condenado, por sus dirigentes invertebrados, al atraso y el subdesarrollo, la falta de miras y la dependencia perpetua.

Cuando en 1960-62 los revolucionarios Carlos Fonseca, Santos López, Tomás Borge, Silvio Mayorga…, fundan el Frente Sandinista, no organizaron ninguna secta. No conformaron una logia de iluminados. Que algunos lo hayan entendido así, sobre todo cuando alcanzaron el gobierno, no significa que hayan sido o sean sandinistas.

Ellos y ellas, los extremistas que se marearon en las alturas del poder, fueron los primeros en abandonar el barco que se hundía, supuestamente, en 1990.

Fiel al sectarismo que practicaron en sus feudos en los años 80, son los que luego enderezaron sus índices contra el Comandante Daniel Ortega y quienes se mantuvieron con el FSLN.

Así, para “distinguirse” de las mayorías, del pueblo que respaldó al FSLN con su Secretario General, llamaron a esa multitud sandinista, “orteguista”. Y ellos, el 0.8%, se autoproclamaron los “puros”, los “intachables”, “los sandinistas de verdad”

El falso siempre pretende ser lo que muy lejos está de serlo, como aquel que luce un crucifijo sobre su pecho sin que en su corazón palpite Cristo. Lo auténtico no necesita de propaganda ni poses.

II

Ningún fin injusto, ninguna bandera maligna, atrae a gente decente. Pero las causas justas, los estandartes limpios, los magnos objetivos no solo convocan a los seres de espíritu elevado de una sociedad: ahí también van los que quieren escalar para su propio bienestar, los que encubren sus deleznables propósitos con una seudoideología, los que no portan ninguna convicción, sino el puñal trapero.

Los futuros desertores y traidores no surgen del aire. Y sabiendo sus razones que no trascienden la codicia, la envidia y el resentimiento, se justifican pomposamente como “disidentes”. Y eso que ni siquiera llegan a la mitad de la suela de un disidente real, porque no cuentan siquiera con una doctrina, unos ideales, ni mucho menos la conducta que los identifique como tales.

Si el General Sandino sufrió la acometida de estos individuos que no alcanzan en ninguna categoría social, sino en el más bajo y burdo oportunismo, cómo no iba el Frente Sandinista ser ocupado por elementos dudosos.

Sandino admitió: “Varios de mis subalternos, quienes operaban en regiones distantes, no cumplieron mi consigna. Hay más: algunos de los que se entregaron al saqueo y al pillaje y se decían sandinistas, obraban por cuenta propia; ni siquiera los conocíamos”.

Estas palabras del Guerrillero de las Américas, apuntadas por don Salvador Calderón Ramírez, son intemporales. Y deben poner siempre en alerta al FSLN, porque, confirmó Rubén: “En el hombre existe mala levadura”.

Pero el que estas personas existan no quiere decir que el FSLN sea una comunidad hermética. No hay sociedades perfectas, ni grupos humanos impecables, ni razas ni naciones superiores, por lo tanto, un partido, reflejo de un país, no es infalible. No hay formaciones políticas inmaculadas.

En la otra punta de estas amenazas a la sana convivencia, están los que se consideran los non plus ultra de la Revolución.

Dicen estar con el FSLN, “pero no con Daniel ni Rosario Murillo. Lo cierto es que con sus procederes, se autoexcluyeron. Son los que rechazan el crecimiento cualitativo del Frente Sandinista. Son los que se oponen a la reconciliación con otras fuerzas políticas o sociales.

Son los que siempre se ubican como los “perfectos”, los “místicos”, listos para acusar a un nuevo aliado que en otros tiempos estuvo en la acera de enfrente.

Es obvio que por esa vía no se enrumba hacia un gran país. Pensar en chiquito y, peor, de forma sectaria por intereses personales, conduce a la extinción de un movimiento nacional, y se termina perjudicando a toda la nación.

Estos falsos sandinistas desconocen al fundador del FSLN, quien incluso trabajó por abrir espacios dentro de la Revolución a personeros del Gobierno de los Somoza, efectivos de la Guardia Nacional y correligionarios del partido oligárquico.

“Es muy importante comprender que en las filas del Partido Conservador hay representativos del pueblo que si son convencidos mediante una paciente explicación pueden acompañarnos en la lucha. Lo mismo ocurre dentro del gobierno, la guardia y dentro de otras instituciones nacionales” (“La lucha por la transformación de Nicaragua, 1960, Carlos Fonseca, Obra Fundamental).

Hay muchos cuadros de valía de otras corrientes y extracciones que el sandinismo, conducido por el comandante Ortega y la escritora Rosario Murillo, les ha abierto las puertas, y logrado potenciarlos. Cuadros que no necesariamente fueron alguna vez revolucionarios, sino todo lo contrario. Y son valiosos tanto para el sandinismo como para el país.

El sectario no soporta la inclusión. El sectario, por su propia naturaleza, es un fervoroso practicante de la acepción de personas. Y, peor, va muy cargado de lo que Carlos denunció en la montaña: “el resabio individualista”.

Ese resabio lo encontró muy arraigado hasta en ciertos miembros de la propia Dirección Nacional del FSLN, en la época cuando el comandante Daniel Ortega permanecía prisionero en las ergástulas del somocismo (1967-1974): “en distintas ocasiones se mezclaron problemas individuales con problemas políticos” (Nicaragua, Hora Cero, 1969).

El sectario, con tal de salir de los que detesta y odia, es capaz desde repetir el discurso de la derecha más envenenada hasta justificar una intervención como en los tiempos de la Doctrina Monroe.

“El sectarismo es el principal enemigo de la unidad”, sostuvo Carlos.

El espíritu de secta es dañino, no solo para un toldo político, sino para la misma sociedad. Y eso quedó demostrado plenamente en 2018.

Si alguna tiranía ha existido por estas tierras, es la que impusieron, entre abril y julio, antiguos dizque “sandinistas”, en contubernio con la ultraderecha fascista y obispos de la Edad Media.

En esos meses de terror, unos consintieron la barbarie con un ¿te-fijás?, que los ponía en sintonía con los que azuzaron o participaron directamente en el ultraje, la tortura y hasta el asesinato selectivo de militantes del FSLN y policías. Aparte de semejantes atrocidades, fueron los autores materiales de la calamidad nacional, al tumbar el 5% de crecimiento económico proyectado por la CEPAL.

Por eso, muchos pueden llamarse “sandinistas” y otros “cristianos”, y unos más “demócratas”, pero del dicho al hecho…

III

El General, Pensador y Guerrillero, dijo:

“La bandera que yo hacía ondear en el picacho de El Chipote necesitaba la concurrencia de todas las energías nacionales” (“Últimos días de Sandino”, Salvador Calderón).

Cuando el Frente Sandinista invita a hombres y mujeres de otras procedencias ideológicas y económicas, lo hace porque es inherente al Pensamiento de Sandino. Él promovía la integración de más y los demás a su movimiento, aunque no hayan participado en la lucha guerrillera contra las tropas de los marines norteamericanos.

Y tampoco el Héroe de Las Segovias gustaba de emplear el eufemismo, o el lenguaje sibilino de algunos religiosos para quedar bien con Dios, y por cualquier cosa, mejor con el diablo.

Hoy, muchos de los que se llenaron la boca hablando contra los Estados Unidos y que ahora desesperadamente imploran su intervención, echando mano de la infamia, demuestran que NUNCA FUERON SANDINISTAS.

Estas palabras del General Sandino que están por encima de los calendarios y las agendas felonas de cualquier partido o grupo, definen lo que conceptualizaba de Nicaragua, la que se levanta y anda: “Varios han creído que para el desarrollo de nuestra infancia necesitamos de las andaderas intervencionistas, pero yo sostengo la tesis contraria: las caídas y los movimientos libres fortalecen los músculos del niño. Nuestras heridas cicatrizarán con óleos de amor y no con los venenos del odio extranjero” (“Últimos días...”).

Los sectarios de ayer y hoy no logran entender al Frente Sandinista en su política de alianzas y consensos. Y detestan la Reconciliación: no quieren que el partido crezca y Nicaragua florezca. Son los infaltables escleróticos que tratan de detener la fuerza creadora e integradora del sandinismo.

No en vano Carlos Fonseca advirtió “evitar el perfeccionismo paralizante” (“Síntesis de algunos problemas actuales”, 3 de noviembre de 1975).

En realidad, estas gentes no son sandinistas. La misma palabra Frente significa, de acuerdo al diccionario de la Real Academia Española, “Coalición de partidos políticos, organizaciones, etc.”.

Y si no comprenden al liderazgo del FSLN, menos que estén de acuerdo con el imperecedero ideal de Augusto César Sandino:

“Algo conseguimos ya en la senda de la RECONCILIACIÓN partidarista y, no obstante las regresiones sectarias, asistimos al alumbramiento del alma nacional y se relega al olvido la lucha de cuervos y milanos de los viejos tiempos” (Calderón, Op. cit.).