Como en todo arte religioso y mitológico es necesario una ceremonia o liturgia para concientizar o adoctrinar a los creyentes. A partir de los antes citado, la mitología alterna de la muerte ha generado su propia liturgia (misa, sermón, cantos, etc.), en algunos templos y calles, para llamar a sus seguidores y acólitos (sacristanes) a generar caos. Es imperativo mencionar que se necesita algo que llame la atención y ha sido el fuego el signo predilecto para establecer el terror como señal inequívoca de aquí estuvimos y para allá vamos, ¡tengan cuidado! Fuego no es sólo el material combustible que tiene la capacidad de emitir calor y luz visible, sino también es cada palabra capaz de incendiar la mente, el alma y reducir a cenizas o coaccionar la voluntad de los individuos. Este tipo de herramientas no propias del humanismo son las que algunos clérigos o sacerdotes utilizan para envenenar el alma y propiciar la muerte.

La liturgia del fuego tiene como deber fundamental validar al terrorismo psicológico manipulando la fe de los creyentes para orientarlos hacia una opinión política, social y vivencial ajena a sus intereses: señalando culpables sin pruebas y eximiendo al que genera el miedo de toda culpa. También causa confusión y promueve el uso de la violencia como medio de resolución de conflictos. Se podría decir que, la liturgia del fuego tiene como tarea mediática tergiversar el orden del humanismo y el de la fe misma: el que hace el bien es el malo y todo lo malo (terrorismo) que se haga, en función de intereses privados, es bueno. Es así, que vemos a los sacerdotes practicantes de esta doctrina del fuego llamando “pacifistas y mansas palomas”  a los que generan el terror a través de asesinatos, torturas, secuestros, tranques y crímenes de lesa humanidad. Y como arma predilecta la quema de lugares comunales, escuelas, centros de salud, estaciones de policía, personas, etc. El fuego tiene que consumirlo todo, hasta la verdad.

Los cantos, las imágenes, videos, comunicados, informes y discursos, propuestos por los defensores de los derechos de los terroristas y los terroristas mismos, constituyen el canto, verdad y rezo de los clérigos del fuego. La síntesis de todo lo mencionado lo resumen magistralmente en su libro sagrado: Con sangre y fuego se imponen las ideas. Por tanto, no existe forma alguna para el pensamiento distinto al de ellos (sacerdotes del fuego), el que no está con ellos se constituye en enemigo. Para eso, los clérigos del fuego, en su liturgia, han secuestrado la palabra pueblo y quien no aprueba sus actos no es pueblo, por consiguiente, debe ser quemado.

Pareciera contrario a la lógica, pero no lo es en Nicaragua, que el Comandante Daniel Ortega y la Compañera Rosario Murillo llaman, continuamente, a la paz y el amor, a la reconciliación, a la reflexión ante la provocación. Mensajes que desde siempre han estado presentes en el discurso del Frente Sandinista de Liberación Nacional. Mientras, algunos clérigos (sacerdotes, capellanes, etc.) llaman a la confrontación y al odio, a la ruptura de la convivencia, a la violencia. Estos sacerdotes, aseguran una y otra vez que sus protegidos (terroristas) son “pacifistas, desarmados”, aunque las evidencias demuestren lo contrario.

Este artículo no trata de desestimar la creencia religiosa de nadie, puesto que la tolerancia y aceptación deben ser pilares fundamentales de la convivencia y el humanismo revolucionario. De lo que se trata en estos párrafos es evidenciar que no todo sacerdocio llama a lo bueno, aunque debiese ser su trabajo.

Independientemente de denominación religiosa o mitológica del sacerdote o clérigo su deber es orientar hacia el bien común, hacia el amor y el respeto, principalmente a la vida. El sacerdote no debe incendiar con palabras llenas de odio al creyente, ni mucho menos manipularlo para hacer actos delictivos o apología (justificación) del delito, al menos que el dios en el que este sacerdote (padre, cura o monseñor) ha creído, sea el dios del fuego o de la muerte, en ese caso su liturgia del fuego estaría acertada.

La ceremonia del fuego

Sentados alrededor del fuego,

todos los allí presentes se regocijan en su nombre.

El de las vestimentas blancas, negras o purpureas al centro,

repartiendo residuos de almas, recién incineradas en hornos artesanales.

Con anterioridad se dijo todo, no se tiene que decir nada más,

ya el odio fue repartido como fósforo en manos de pirómanos endemoniados.

Se respira plomo, pólvora, grasa, combustible líquido, cuerpo calcinado

a manera de incienso para ensalzar a su dios. 

 

Los cantos e historias toman la urbe de sus mitos,

y uno tras otro de los presentes mira con duda o admiración,

no queda de otra, se está con el fuego o contra él.

Así que se despierta entre pesadillas, por no decir que se alucina,

hay que ver todo cuanto se dice, como histeria colectiva,

llegan más informes, más comunicados, más calcinados, incienso a base de almas.

 

Ahora hay que ensayar la justificación, previamente justificada.

Los apasionados acólitos de los sacerdotes del fuego

rompen en llantos de euforia, entre la incertidumbre

y la certeza de sus sonrisas devastadoras.

El hombre de la sotana se pone de pie y clama a viva voz:

¡Levantemos la quemazón!

Y los sacristanes, acólitos del terror con el júbilo de sus armas responden:

¡La tenemos levantada, Monseñor!

 

Jeremy Cerna

Berlín, Alemania

27 de Julio 2018