Así nació Ricardo Palma, con una elevación y vocación especial, por lo tanto un ser especial, de esos seres a los que la gente llama “locos”.  Como él mismo dijo en una oportunidad: “Cuando yo nací, la cigüeña iba rumbo a Inglaterra, pero se le soltó el nudo y caí en Nicaragua como castigo”, pero su traducción verdadera es: “Tal vez nací en Nicaragua para que aprendiera a ser músico, porque aquí es difícil”.

Ricardo nació aprendido, él dice que desde la oscuridad, en la penumbra del vientre de su madre escuchaba en stéreo el sonido de la guitarra que ella ejecutada o los acordes que su hermana mayor acompasaba al deslizar sus manos por el piano.

Por eso, “El loco Palma”, desde los seis años, ya ejecutaba las canciones de la purísima a puro oído.  Genio o locura?  Ni todos los genios están locos, ni todos los locos son genios, escribe Mònica López Ferrado, periodista científica, investigadora del observatorio de la comunicación científica, Universidad Pompeu Fabra, Barcelona.

Esa genialidad llevó a Ricardo Palma por una carrera musical sin pretensiones, siempre fiel a sus principios estéticos y aspiraciones, aún en contra de los convencionalismos sociales trasladados a la lucha de su padre por salvarlo de los demonios de la música.

Esos demonios lo catapultaron a un oficio sin límites, envuelto a veces en las marañas y trampas de las épocas y sus bogas, pero finalmente, llenos de vitalidad, certidumbre y amor por lo que practicaba.

Líder nato, lechuzo de diversas agrupaciones musicales como “La dulce zona púrpura”, “El laboratorio del Dr. Lucas y la Dra. Corazón”, “Amigos”, “Banda Río Sangre”, “El juicio final”, “Tenamaste”, “Tajona”, “Axioma” y de nuevo “Los Rockets” e invitado de Los “Bwoana” y “Poder del Alma”

Aventurado y desventurado, travieso de travesías incomprendidas, rockero de su tiempo y de todos los tiempos. Jóven empírico y antiacadémico que desde 1964 fue el primer gran rocketero de Los Rockets, junto a Adán Tórrez, Armando Paladino y Octavio Borge a quienes les enseñó a tocar con su primer guía fácil de guitarra comprada en el Mercado San Miguel.  Espíritu chocarrero de la vieja Managua y brillo especial de la emblemática y enigmática Tortuga Morada de Roberto Rapaccioli y Gilberto Lacayo, iniciadores de las discotecas sicodélicas con sus luces negras y stroboscópicas deslumbrantes.

Ciudadano notable, permanente loco y ex viajero alucinante, amante empedernido, beatlero seguidor de los melenudos de Liverpool, de Eric Clapton, Chicago y de toda la tropa de Woodstock.

Músico y creador insigne, riguroso, disciplinado, endemoniado de la puntualidad y el profesionalismo.  Cualidades que lo llevaron a perderse y estar cerca de su ídolo Santana, en el histórico concierto del estadio nacional en 1973, porque el grupo que lo invitó no ensayó lo suficiente para tan relevante evento.

Jinglero del  pasado, presente y futuro, creador musical del Sistema Sandinista de Televisión, revolucionario extravagante de todos los tiempos, sin imitar a Demócrito que se cegó la vista porque decía que “tenía que cerrar los ojos para ver el átomo en abstracto".

Loco querido de nuestro tiempo, cerebro incomparable, tal y como decía el escritor y traficante de ideas catalán Vicenç Altaió: “El interés por el cerebro desde el punto de vista creativo se debe a que cada época lleva su prótesis corporal.  El siglo XX-XXI está en el cerebro, igual que el romanticismo estuvo en el corazón" y aunque Ricardo Palma esté afectado por el Síndrome del túnel carpiano, el túnel de su creatividad nos acompaña en esta mágica noche en el Teatro Nacional Rubén Darío, junto a sus más cercanos amigos músicos y por supuesto, sus herederos de la genialidad y la locura, sus hijos y nietos: Pavel, Tatiana, Fernanda y Tatiana Alexandra y su eterna Lulú, Martha Vaughan, atentos a resguardar el patrimonio de su padre, abuelo y compañero, la lechuza rockera, quien expresa en su manifiesto: “…Y el viaje continúa…ahí voy…debilitados mis huesos sigo batallando hasta el final”.