Su gloria no se apaga ni deja de sonar y deslumbrar, de conmover y mover al mundo, de desatar pasiones, odios en algunos, pero también amor y fe en muchos hombres y mujeres de buena voluntad. Quizá, también, pueda medirse su capital importancia en la Historia Mundial por la cantidad de libros que ha inspirado, documentales, foros internacionales, películas, portadas y horarios estelares de las cadenas de televisión de toda la Tierra. Sagrado su suelo escogido. Ciudad Eterna de verdad lo es. Jerusalén, su nombre bendito.

Se conoce que fue David, el Rey, quien tomó el antiguo bastión de la tribu cananea conocida como los jebuseos. Jebús se nombraba el lugar donde el monarca hebreo llegó con lo más preciado del pueblo de Israel: el tabernáculo. Desde entonces, Jerusalén se convirtió en la ciudad más enaltecida por Dios, al punto de ser el principal sitio estratégico del orbe para los propósitos del Creador tanto en los siglos antiguos como en el presente y los que vendrán.

Vale decir que David no construyó Jerusalén en una parte de la vieja urbe jebusea, sino que la ciudad es una sola, a pesar de las invasiones y demás tropelías de los imperios que la sometieron junto con su gente.

El profeta Samuel es muy escueto sobre la conquista grande del emblemático héroe judío hace unos tres mil años: “Entonces marchó el rey con sus hombres a Jerusalén contra los jebuseos que moraban en aquella tierra; los cuales hablaron a David, diciendo: Tú no entrarás acá, pues aun los ciegos y los cojos te echarán (queriendo decir: David no puede entrar acá). Pero David tomó la fortaleza de Sion, la cual es la ciudad de David. (2 Samuel 5:6-7)

Otro relato bíblico es un poco más amplio “Entonces se fue David con todo Israel a Jerusalén, la cual es Jebús; y los jebuseos habitaban en aquella tierra. Y los moradores de Jebús dijeron a David: No entrarás acá. Mas David tomó la fortaleza de Sion, que es la ciudad de David.

Y David había dicho: El que primero derrote a los jebuseos será cabeza y jefe. Entonces Joab hijo de Sarvia subió el primero, y fue hecho jefe. Y David habitó en la fortaleza, y por esto la llamaron la Ciudad de David. (1 Crónicas: 11: 4-7).

Para los cristianos de todo el planeta, Jerusalén no es una localidad más. Si quitásemos una parte de esta tierra del mapa bíblico para enriquecer la cartografía de los hombres, ya no leeríamos las Santas Escrituras completas, sino una Biblia descafeinada, un libro cualquiera, acomodado a nuestros gustos religiosos, paladares políticos o a nuestros hábitos alimentarios ideológicos.

Si repartiéramos como despojos la ciudad, es como si alguna iglesia suprimiera la virginidad de María, que su embarazo fue igual al de toda mujer y que la Inmaculada Concepción mediante el Espíritu Santo fue un cuento de los apóstoles. Sería, además, algo así como cortar de las páginas eternas el Padre Nuestro o el Sermón de la Montaña, o escoger solo una parte de los milagros de Jesús, aquellos que no “ofendan” al intelecto ni a la razón. Así, solo quedarían unos textos ordinarios, hermosos si se quiere, pero ya no sería el Nuevo Testamento.

El profeta Ezequiel nos confirma que los habitantes de la Ciudad del Gran Rey moran “en la parte central de la tierra” (38: 12). Y antes, trazó sus coordenadas inmutables: “Esta es Jerusalén, la puse en medio de las naciones y de las tierras alrededor de ella” (5:5).

Algunas de las profecías se vieron en formato de noticias en el siglo XX. Y vendrán los tiempos en que aquellas aún no cumplidas se leerán en los titulares de los diarios y las emisiones televisivas, pues está anunciado por Zacarías que “todas las naciones” marcharán “para combatir contra Jerusalén y la ciudad será tomada” (14:2), mas será solo por un periodo, pues dice la Escritura: “Después saldrá Jehová y peleará con aquellas naciones, como peleó en el día de la batalla. Y se afirmarán sus pies en aquel día sobre el monte de los Olivos, que está en frente de Jerusalén al oriente; y el monte de los Olivos se partirá por en medio, hacia el oriente y hacia el occidente, haciendo un valle muy grande; y la mitad del monte se apartará hacia el norte, y la otra mitad hacia el sur” (Zacarías 14:3-4)

Según los estudiosos, Jerusalén a lo largo de su martirizada historia fue conquistada 11 veces y padecido la destrucción total en cinco ocasiones. No en vano el salmista nos invita a todos y todas a “Orar por Jerusalén, sean prosperados los que te aman. Sea la paz dentro de tus muros, y el descanso dentro de tus palacios” (Salmo 122:6-7).

Los grandes testimonios del Altísimo no deben ser alterados por las inmensas mentiras de los hombres y su catálogo de supersticiones y filosofías. Jerusalén no solo es la opinión viva de Dios en este mundo: es su Verdad íntegra.