Nunca he olvidado a Leonel Rugama poeta y militante del Frente Sandinista, que truncó su existencia en Managua a los 20 años, enfrentándose a la Guardia Nacional desde una modesta vivienda del barrio El Edén. Dos hermanos de lucha perecieron junto a él: Róger Núñez, de 18 años, y Mauricio Hernández, de 19.

En unos apuntes de 1977 sobre la historia de su organización, suscrito por “un combatiente de la montaña” (pero considerado “aporte colectivo”), se lee: “El 2 de enero [de 1970] una escuadra sandinista, dirigida por el poeta Leonel Rugama, realiza una acción de recuperación económica contra la sucursal bancaria de El Arbolito, en Managua. / El 15 de enero es localizada la casa en donde se encontraba la escuadra […] Los tres sandinistas combaten con increíble heroísmo. Entrecortados por el rugir del cañoneo y el tableteo de las ametralladoras, se escuchaban con aplomo impresionantes y convincentes cantos de guerra y gritos de combate, que saltan de los labios de los tres guerrilleros próximos a caer en esa descomunal masacre”.

En homenaje a Leonel, la revista Taller (de los estudiantes de la UNAN, en León) le dedicó un número monográfico. Leoncio Sáenz se encargó de ilustrar la portada, inspirado en una famosa fotografía del cadáver de Ajax Delgado, junto a su madre, con los brazos extendidos al cielo. El adolescente yacía en el patio de la cárcel La Aviación. El asesinato de Ajax había sido perpetrado diez años antes. Además de Jaime Wheelock, director de Taller, colaboraron en ese número histórico con breves ensayos: Beltrán Morales, José Reyes Monterrey, Carlos Alemán Ocampo, Félix Navarrete y Michèle Najlis. Otros le consagraron poemas: David McField, Francisco Santos, Napoleón Fuentes y Carlos Rigby.

Leonel nació el 27 de marzo de 1949, en Matapalos, un valle segoviano, y fue trasladado en febrero de 1950 a la ciudad de Estelí. Su padre, Ángel Pastor Rugama, se desempeñaba como oficial de carpintería y su madre, Cándida, también de apellido Rugama, ejercía de maestra empírica. Cursó la primaria en la Escuela de Varones de Estelí, y en el Colegio San Ramón, de León, recibiendo su diploma el 15 de febrero de 1962. Este mismo año —el 15 de mayo— ingresa al Seminario Nacional de Managua, pero termina el bachillerato en el Instituto Nacional de Estelí. Fue el número uno de la promoción “Rubén Darío”, dedicada al director: el sacerdote Francisco Luis Espinoza. Le ofrecieron una beca para estudiar ingeniería en Alemania, pero se la negaron por su activismo político. En 1968 se integró al FSLN.

Rugama Rugama era moreno y pequeño, débil de contextura, parco de parla (o, más bien, sumido en el silencio) y concentrado en lo suyo. Al menos, así lo entreví al conocerlo en mi oficina de Revista Conservadora del Pensamiento Centroamericano, donde llegaba a platicar con Beltrán Morales, corrector de pruebas de dicha revista.

Como todo joven inquieto, Leonel padecía de fiebre versomaníaca. Sus poemas aparecían en el suplemento cultural de Novedades, hecho que consideraba un logro curricular. Al mismo tiempo, poseía una ansiosa sed de saber. Por eso (ignoro si obtuvo permiso de las autoridades) asistía en la UCA a las clases de literatura latinoamericana, impartidas por el catedrático porteño Mario Luis Palacios. Semiclandestino, Leonel portaba revólver y era el menos presentable en su vestimenta de todos los alumnos (quienes no pasábamos de diez) y a él, inocente, dirigió su vista Julio Cabrales cuando éste emitió un inesperado gas rectal. Entre otros, Carlos Alemán Ocampo, Mayra Luz Pérez Díaz y la entonces monja Eulalia Montaner fueron testigos de ese incidente; pero el catedrático no le dio importancia.

Yo solía convidar a Leonel en la cafetería de la UCA a una hamburguesa con su taza de hirviente café negro. Ya su ensayo “El estudiante y la revolución” (escrito en septiembre de 1968) había merecido el premio convocado por el Ceuca sobre dicho tema, en el cual participamos José Salomón Delgado y yo. “La revolución no triunfa si no combina la fuerza bruta y el trabajo intelectual”, afirmó en ese texto, donde citaba al Che Guevara, a Ernesto Cardenal y a Fernando Gordillo. “El deber del revolucionario es hacer la revolución, sin saborear la idea del triunfo” –señalaba, convencido de su muerte prematura. Así lo expresó en su poema “Biografía” (de 1969), equivocándose apenas en un detalle: “Todo mundo careció de oídos y el combate / donde empezó a nacer / no se logró escuchar”. Porque vibraría en todo Nicaragua, conmoviéndola.

En otra ocasión fuimos a la Carne Asada, frente al Gran Hotel. Allí me recordó que su destino no era otro que dar testimonio con su sangre de lo que creía y de lo que cantaba. De manera que no me sorprendería su martirio el jueves 15 de enero de 1970, ya que Rugama había querido seguir a Cristo (cursó desde los 12 años parte de la secundaria en el Seminario Nacional), ofrendando su vida al prójimo. Pero él optó por incorporarse a la galería de los míticos héroes caídos por la causa revolucionaria de Nicaragua.