“Los hombres que no son mediocres nunca se obstinan en el error, ni traicionan a la verdad”.

José Ingenieros

I

Al presidente de Colombia, Gustavo Petro, no le han incinerado vivo a un solo policía en las hogueras inquisitoriales del odio.

Y no es metáfora.

Ni en los momentos más álgidos de la atormentada historia de Colombia, hay memoria de un cura párroco que ordenara semejante atrocidad, como sucedió en Masaya.

El asesinato del joven Gabriel de Jesús Vado (22) es apenas uno de los hechos sanguinarios cometidos por la extrema derecha de Nicaragua, en 2018.

Sí, crímenes de lesa humanidad mefistofélicamente lavados, elevados y alabados como “protestas pacíficas”.

Al Palacio de Nariño no ha llegado la Conferencia Episcopal a exigirle, groseramente, a su inquilino, el desmantelamiento del Estado.

Gracias a Dios, el papa no le ha puesto a Colombia una jerarquía desequilibrada que le dicte a don Petro, como en Nicaragua, el “eucarístico” ultimátum que las mitras medievales le dieron al presidente Daniel Ortega.

Con su tal “hoja de ruta” —así bautizada— intentaron cumplir con eficacia mundana, el “sagrado deber” de devolverle el poder, “profanadopor los sandinistas, a su “divina depositaria”: la prosapia y sus hijos de casa...

Contrario a Nicaragua, donde algunos obispos y presbíteros pervirtieron impunemente basílicas, catedrales y parroquias en cuarteles, arsenales y centro de torturas del golpismo —sin que El Vaticano les aplicará el Código de Derecho Canónico—, en Colombia no hay operaciones demoníacas de ese calado.

El papa y su Conferencia Episcopal no han permitido que ni la más olvidada ermita del país sudamericano, sea degradada en Embajada del Infierno.

El pontífice de Roma está bien informado, como lo supo de primera mano desde Nicaragua en 2018, de que no hay un endiosado eclesiástico que se dedique, “carmelitamente”, a organizar una “alianza azul, amarilla y roja”, la bendiga para que maldiga a don Petro, y la mande a confrontar violentamente al Gobierno Constitucional…

… O que sepa de otro obispo que por sus estolas, y su venia —no se mandan solos—, haya escogido “teocráticamente” a un individuo que jamás se rozó con los necesitados, nulo de empatía, sin valores democráticos y sin arraigo por la patria, para ungirlo como el “presidenciable” de la “alianza”, solamente por ser de la estirpe Ospina, Samper, Pastrana, Restrepo o Santos.

El presidente y el papa no han escuchado que durante un “retiro espiritual”, para aumentar la “fe” de los acólitos del desafuero, uno de los prominentes jerarcas de la Iglesia Católica, al “entrar” en un avanzado “estado de gracia” en descomposición, exclamara:

“¡Todos le tenemos ganas de pegarle un tiro a Petro!”.

Ni don Gustavo ni don Bergoglio conocen que algún prelado colombiano esté prefabricando “autoconvocados”, como el que en Nicaragua invocó a “todos los opositores al gobierno, aunque haya sospecha de ser oportunistas, abortistas, homosexuales, narcotraficantes… Para lograr el objetivo final…”: el Holocausto.

Al Secretario de la Conferencia Episcopal, monseñor Luis Manuel Alí Herrera, no se le ocurre emplazar a don Petro acuartelar a la Policía, para dejar a la sociedad colombiana a merced de la rabia armada del golpismo.

El presidente no ha oído, en los medios de comunicación, a un “misericordioso” locutor deportivo y un “sabio” de la tercera edad, instigando a la audiencia, como en Nicaragua, a abalanzarse sobre el Palacio de Nariño. Uno urgió la muerte de tres millones (la mitad de la población total), para tumbar al Gobierno legítimo, y el otro, más “equilibrado”, la “bagatela” de 800 almas.

Claro, sin que sean los hijos y nietos de estos “devotosde San Francisco de Asís los que vayan al frente de sus “hermosos y emotivos llamados” a la paz.

Don Petro no tiene información de qué elementos terroristas que para él, desde lejos, en Nicaragua, le parecían ángeles bajados del Sermón del Monte, hayan incendiado Radio Nacional de Colombia, con su personal técnico, administrativo y periodístico en su interior.

Ni le han reportado que enardecidos ultraderechistas hayan pegado fuego a la sede central y casas del Partido Colombia Humana, con militantes en sus oficinas; edificios y bienes públicos, alcaldías, módulos de construcción, tractores y maquinaria pesada, centros universitarios, y saqueado y arrasado estadios, universidades y bodegas del Ministerio de Salud.

II

Don Petro no sabe lo que significa que esos líderes del sadismo (“inocentones, estudiantes” para la canalla mediática) le secuestren a un indefenso correligionario del Pacto Histórico, lo escarnezcan, torturen y descuarticen hasta arrancarle el último segundo de aliento sobre la tierra.

La Asociación Nacional de Empresarios de Colombia, ANDI, no lo ha conminado a renunciar, ni espoleados paros indefinidos, ni salido con declaraciones alarmistas, comunicados y movidas desestabilizadoras.

Por lo que se observa, don Petro no está enterado de lo que son capaces de urdir políticos fracasados que, “reinventándose” a la Mary Shelley en oscuras oenegés, se constituyan de facto —sin representar más que sus intereses— en “faro” de Colombia y “relevo” de partidos, para articular, desde una espuria “sociedad civil”, el derrocamiento de un Gobierno.

El mandatario aún no ha comprobado cómo los mercaderes de derechos humanos falsifican informes “nutritivos” para la prensa venal y que, posteriormente, serán disparados a nivel internacional para asesinar las reputaciones que estorben “el cambio de régimen”.

Bendito sea él, que no ha sufrido las trágicas consecuencias del ruin contubernio OEA-golpistas, para darle “legitimidad” a la caída de un Gobierno.

Bendita sea Colombia que carece de “dirigentes” sociópatas que inciten a la destrucción y a los crímenes de odio.

Bendita sea la patria de Jorge Eliécer Gaitán, que no ha cargado la financiada cruz de las brutales “primaveras de amor a la democracia”, causantes del evitable luto humano y de la calamidad.

III

Más Colombia informa que “la Carretera Panamericana recorre varios departamentos: Antioquia, Caldas, Risaralda, Valle del Cauca, Cauca y Nariño, y es la ruta principal para abastecer con combustible al sur del país, así como también es la vía por la que transita la producción agrícola de Pasto, Ecuador y Perú hacia otras regiones de Colombia”.

¿A don Petro le encantaría que Nicaragua concediera la nacionalidad a los que ampliaran, con la Panamericana, su diabólico catálogo de colosales desgracias?

¿Sería justo el premio por incomunicar Colombia, reprimir la libertad de movilización de la ciudadanía, sabotear el transporte nacional e internacional de pasajeros y de cargas, además del libre mercado?

¿Contribuiría al fortalecimiento de la Democracia, enaltecer a los que expusieron a cientos de personas al peligro, apoderándose de los hospitales y obstruyendo el paso de las ambulancias?

¿Y qué de la retención de transportistas extranjeros, obligados a permanecer con sus furgones a la intemperie durante tres largos meses, sin importarles sus dolencias y necesidades?

¿Es de humanos celebrar como “héroes” a los que provocaron todo eso y más, con el vil propósito de intensificar la atmósfera de terror y hundir la economía nacional por debajo del 4% negativo del PIB, para “recuperar” el poder?

Y a pesar de que nada de eso ha acontecido, don Petro habla, denuncia y clama que es víctima de un “Golpe de Estado”.

Sin embargo, cuando la sangrienta intentona era contra el Gobierno Constitucional del presidente Daniel Ortega, en vez de rechazarlo categóricamente a como corresponde, don Petro no solo elogió a los “buenos samaritanos”, sino que hizo algo peor: se solidarizó con el Golpe.

¡Por Dios, qué es eso!

Su canciller, aparte de ser el rector de la política exterior de Colombia, ostenta el cargo oficial de “interpretar” la “solidaridad y el sentimiento” del presidente Gustavo Petro:

Le otorgó la nacionalidad al que desovó a la radicalista agrupación que se graduó —con abominables méritos— de Alcantarilla Cum laude de la derecha ultraconservadora en 2018: fue la encargada de la carnicería perpetrada, mayormente, en los tranques glorificados por un obispo como “una invención extraordinaria”.

Y ni con su nueva máscara de “colombiano” postizo, se dignó a pedir perdón por la ola de barbarie, de la cual no hay registro en los anales de Nicaragua desde los tiempos de Pedrarias Dávila. (El conquistador alardeaba de la superioridad de la cultura europea sobre “los pueblos salvajes descubiertos”, lanzando a los nativos “desobedientes” a las fauces de sus perros hambrientos, para verlos morir despedazados).

Que don Petro disfrute ahora, cuando la industria transnacional del falso testimonio todavía no lo sienta —pero tampoco lo digiere como algunos medios locales— en el banquillo de los calumniosos “veredictos” estelares.

Para mientras, ya hay mensajes de respaldo a los clamores de don Petro por el presunto Golpe.

Y eso que ni siquiera se ha quemado la llantita de una carreola de bebé cerca de Nariño.

Por cierto, no era incienso al Santísimo el aroma que emanaba del Golpe bendecido en Nicaragua por una mala parte del Clero de Roma: era desinformación, cizaña, mentiras, difamación, infamia, sin sumar violaciones, ultrajes y muertes.

Desde cualquier punto de vista del ojo sin ninguna viga de fariseísmo, no solo los Golpes de Estado en carne propia son condenables. La auténtica firmeza democrática se demuestra en la grandeza de repudiar el Golpe de Estado ajeno.

Si son verídicas las denuncias del presidente Petro, el desastre en curso debe ser impedido. Y los “angelicales” operadores llevados ante la justicia, a responder por sus actividades “celestiales”.

Que luego sean galardonados por la impresentable OEA como “reos políticos”, y los mercantilistas de la prensa y los DDHH salgan con el “original” sambenito de las “detenciones arbitrarias”, son gajes del oficio de la verdad.

Al final, la Ley es la Ley, en Estados Unidos, Nicaragua, Bolivia, Brasil…

Colombia ya cuenta con un caudaloso Río Magdalena de sangre como para acrecentarlo con más tragedias tributarias.

No obstante, quienes nacieron equipados no precisamente con una moral de acero, sino de doble rasero, prefieren arrodillarse ante la posverdad revelada de los medios unipolares —siempre y cuando no sea su destinatario—, suscribir las maquinaciones del rencor letrado y dejarse pastorear por los báculos descarriados, antes que denunciar un Golpe de Estado remoto.

Para los atrofiados de espíritu, los aquelarres de estos demonios destructivos solo son “procesiones beatíficas” …

“Teofanía cívica”, manufacturada por el ultraderechismo de las metrópolis, para “estimular” la fe tuerta en el monologante dogma de su “Cultura Democrática”, que en vez de mejorar el mundo, uniforma, trastorna y deforma a las naciones.

“Cultura” que, además, únicamente tolera a la izquierda hojarasca, hiperónimo (diría la RAE) del resto de subalternos merluzos.

Esos que arman la mano de Caín contra Abel.

Una “izquierda” que no la hizo la vida…