Por un lado hay una Cumbre de las Américas, una reunión protocolaria y rutinaria interpretada por EE.UU. como si se tratara de una fiesta a la que sólo se puede acceder amigos y por invitación: fracasada incluso antes de empezar. Por otro lado, una cumbre del Alba-TCP, una reunión política cuyo resultado positivo confirmó aún más la existencia y la creciente cooperación e integración del bloque democrático latinoamericano. Dos acontecimientos paradigmáticos en sí mismos, ya que expresan dos sistemas de valores, ideales y programas completamente diferentes.

Surgen de suposiciones irreconciliables sobre la posible relación entre los distintos países que habitan el continente. Entre las pretensiones del Norte y las reivindicaciones del Sur. Entre el anexionismo y la independencia. Irreconciliable es la soberanía como referencia en la relación con el gigante económico y militar que, en cambio, presume de seguir con la Doctrina Monroe. Que es generada y a su vez genera una mezcla de racismo y matonismo; un ropaje bajo el que se esconde el saqueo de los muchos para la riqueza de los únicos. Es un anacronismo carente de sentido, razón y posibilidad de aceptación. Aquí no hay un colonialismo español en agonía, y no hay supuestos contrastes entre Oriente y Occidente.

En el contraste entre las dos cumbres hay un signo burlón de aleatoriedad, un arañazo que se ha convertido en un tajo inexorable consumido a partir de la década de 2000, cuando la última reivindicación estadounidense, el ALCA, se estrelló literalmente. El ALCA heredó el NAFTA, (TLCAN) cuyo dictado económico era exportar recursos estratégicos de América Latina a EE.UU. y Canadá a cambio de exportar los excedentes de EE.UU. y Canadá a México. El ALCA fue la evolución del NAFTA; expresó la intención de controlar las economías latinoamericanas desde Washington, dirigiendo sus flujos, sus elecciones, decidiendo si, cómo y cuándo incluirlas en el mercado internacional. La dolarización era el pivote sobre el que giraba el proyecto: con ella, las economías se equiparían para llevar a los mercados de divisas una nueva demanda de la moneda estadounidense a costa de una paridad monetaria interna que haría pasar hambre a cientos de millones de latinoamericanos sin disparar un tiro.
Se preveía la liberalización de las exportaciones a América Latina, mientras que el proteccionismo estaba en vigor para las dirigidas a Estados Unidos; se pedía el fin de las ayudas públicas a las empresas latinoamericanas, mientras que se desataban las subvenciones gubernamentales a las empresas estadounidenses. Una asimetría criminal cuyo objetivo era poner definitivamente de rodillas un posible crecimiento económico latinoamericano para impedir cualquier eficacia en la lucha contra la reducción de la pobreza en el continente, necesaria entre otras cosas para tener brazos baratos para importar.

Al lado del proyecto estadounidense estaba la OMC, que quería reducir o abolir las barreras aduaneras y exigía flexibilidad en las leyes nacionales para facilitar la llegada de capital extranjero con el fin de maximizar su rentabilidad y ampliar sus áreas de control. Era la versión moderna de los golpes de Estado y las dictaduras militares, que ahora se consideraban internacionalmente impresentables e innecesarios, aunque nunca debía descartarse la posibilidad de su uso. El ALCA servía para controlar las economías, las migraciones, los gobiernos y los recursos naturales mejor que los gorilas.

La Patria Grande toma forma

El fin del ALCA, decretado en primer lugar por Lula y Kirchner, con el apoyo de toda la izquierda continental, obligó a Estados Unidos a retirar la idea de reapropiarse de las economías latinoamericanas con tratados económicos. La derrota del proyecto neocolonial estadounidense se convirtió en el primer ejemplo de unidad latinoamericana, su primera demostración de fuerza, el momento decisivo en el que se declaró que el "Consenso de Washington" había caducado para la historia. Acabó con la obligación del subcontinente de tomar decisiones sólo si se lo permite Estados Unidos, sólo si es ventajoso para sus multinacionales y no para las víctimas latinas de su voracidad.

Pues bien, precisamente del rechazo a la estructura de dependencia del Norte nació la identidad estructural latinoamericana, su columna vertebral. Primero con el ALBA, en 2004, la Alianza Bolivariana de las Américas, nacida de la voluntad de Hugo Chávez y Fidel Castro. Luego, Petrocaribe: salió a la luz en 2005 e involucró a 18 países en la idea de un intercambio energético facilitado. Y, en 2010, la CELAC, con 33 países que conforman la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños. En todos estos organismos, no se previó ningún lugar para los Estados Unidos y Canadá: la Patria Grande es tal si es independiente.

El ALBA, en particular, inició una nueva fase en la historia de la cooperación interna latinoamericana. El esquema es tan sencillo como eficaz: intercambio y cooperación basados en intereses mutuos. Sin recetas económicas que imponer, sin condiciones políticas perjudiciales, sin necesidad de cuestionar nada más que la utilidad, el beneficio mutuo del comercio. La reducción de los costes de transporte de mercancías, una lengua común, los objetivos mutuos, la relación de iguales fundaron y sostuvieron el bien común de la Alianza.

El ALBA, como PETROCARIBE, como la propia CELAC, encarna el sueño de Bolívar y de Sandino de una Patria Grande, son instituciones internacionales que llevan en su seno una idea de solidaridad y de diálogo, de ayuda mutua y de cooperación que tiene como meta el bien común. Que, en América Latina, más que en ningún otro lugar, es la guerra contra la pobreza. Porque la reducción de la pobreza y la concepción ecosostenible del desarrollo industrial son los requisitos previos para cualquier crecimiento económico duradero y no el fruto de una burbuja especulativa. Un crecimiento que conlleva la reducción progresiva de la dependencia monetaria, industrial, distributiva y tecnológica de los Estados Unidos. Por ello, el crecimiento económico latinoamericano conlleva automáticamente la reducción de la nefasta influencia de Estados Unidos en el continente, del que ha extraído recursos y armas que le han permitido en la historia pasar de potencia a superpotencia.

Por otro lado, no cabe una política de diálogo, aunque teóricamente deseable, con quienes creen, como dice la Doctrina Monroe, que "América pertenece a los americanos", entendiendo por los primeros todo el continente, desde Alaska hasta Tierra del Fuego, y por los segundos los habitantes de los Estados Unidos. También es impensable intentar un acercamiento con la guardia baja con quienes consideran que las relaciones internacionales son un ring donde gana el más fuerte y violento. Como recordó el Presidente de Nicaragua, Comandante Daniel Ortega, durante la última cumbre del ALBA-TCP, "de Estados Unidos al continente sólo han venido guerras, invasiones, golpes de Estado, bloqueos económicos, sanciones, chantajes, amenazas", citando entre otras las recibidas en Washington en los últimos días, debidamente rechazadas en el remitente.


Como señaló el Comandante Sandinista, América Latina ya tiene sus propios órganos de representación. La CELAC representa el embrión de un camino viable hacia la unidad latinoamericana, es decir, hacia el gobierno de la Patria Grande. Progresivamente podrá relacionarse con todos los países del mundo, especialmente con China, Rusia, India, Irán y las potencias económicas emergentes, que pueden garantizar un ciclo ventajoso de oferta/demanda que hará más competitiva la economía a escala subcontinental. Exactamente por su ambición y capacidad de representar los intereses de los gobiernos y pueblos latinoamericanos a nivel interno e internacional, precisamente por su metodología inclusiva y atenta a las razones de todos y cada uno, la CELAC ha enterrado la Doctrina Monroe. Es hoy la aplicación de la autonomía e independencia política latinoamericana, y su existencia hace que la Cumbre de las Américas sea esencialmente inútil.

En efecto esta, en el mejor de los casos, dada también la organización de la próxima reunión en Los Ángeles, resulta ser simplemente una manifestación histérica del poder residual de control de Washington sobre el continente. No es casualidad que esa cumbre haya cobrado más protagonismo mediático y político para los que no irán que para los que asistirán. Un estruendo político y diplomático que vuelve a poner de manifiesto la constante pérdida de liderazgo político de Estados Unidos, como demuestra la fallida Cumbre de la Democracia de diciembre de 2021, a la que no asistió más de medio mundo.

¿Se está globalizando la Doctrina Monroe?

La Doctrina Monroe, que ha sido la esencia de la política continental de Estados Unidos, en lugar de ser sometida a una profunda autocrítica y a una revisión total, como sugeriría la entrada en el tercer milenio, paradójicamente encuentra ahora un mayor alcance político en los pasillos de la Casa Blanca. En una explosión de megalomanía, que corre paralela a la profundidad de la crisis de liderazgo económico y militar que ya es manifiesta, Estados Unidos cree que puede trasladar la disposición de América Latina a todo el planeta. Una especie de extensión demencial de la doctrina de seguridad nacional de Estados Unidos a todo el planeta. Es decir, creen que su mando unipolar, heredado de la caída del campo socialista, está destinado simultáneamente a la profundización y a la irreversibilidad. Es, en definitiva, la única cura prescribible contra el declive del poder económico, monetario, comercial y militar de Estados Unidos sobre el mundo.

La concepción propietaria del planeta, la idea de poder acaparar sus recursos, para llenar la brecha entre la riqueza que producen (24%) y la que consumen (59%), creen que es la única manera de sostener el modelo roto que insisten en proponer como único. Basta con consultar las estadísticas de la FAO para descubrir que un estadounidense medio produce 730 kilos de residuos al año, come 100 kilos de carne, consume 600 litros de agua al día y quema tanta energía como cuatro italianos, 160 tanzanos y 1.100 ruandeses. Las 700 bases militares y las seis flotas de guerra estadounidenses en todo el mundo sirven para mantener este obsceno desequilibrio.

Más que a una actualización del imperialismo, asistimos a su atornillado sobre sí mismo, que en su afán omnívoro ya no puede concebir espacios, recursos e ideas que no le sean funcionales. En los salones del bon ton, donde la izquierda au caviar se ha convertido en derecha, se dice que el uso del término imperialista es anticuado, que responde a una dialéctica que ha desaparecido, o que ya no es pertinente. Pero, lo que ocurre es lo contrario.

No hay ninguna palabra moderna que tenga su pleno sentido, y tampoco no hay ninguna política que pueda llamarse moderna. El modernismo verbal es parte de lo viejo que corroe lo nuevo. La doctrina imperialista se llama imperialismo, es una extensión de la lectura colonial que vuelve a proponer una reinterpretación medieval de la estructura política del mando global.

El objetivo no es el gobierno, sino la dominación del mundo. El imperialismo actual es tan feroz, si no más, que el que surgió a finales de 1700 y principios de 1800. Porque se basa en la amenaza global y en la fuerza nuclear, en los instrumentos de control del mercado de las ideas y en la extensión a todo el planeta de la doctrina militar que sostiene el imperio. Es el feudalismo atómico.

La rebelión latinoamericana, expresión de la independencia del Norte y de la hermandad con el Sur, asume ahora como gobiernos y representa la derrota de todo el anexionismo más allá de toda circunstancia. La lucha irreconciliable de los que no tienen nada que perder porque no tienen nada, contra los que tienen todo que perder porque lo poseen todo, es el nuevo capítulo del libro de la humanidad. Que se niega a entregar al capitalismo imperial la última página de su historia.