Artículo de opinión titulado Nicaragua, "el sandinismo en las urnas", de Fabrizio Casari, publicado en el portal de noticia www.altrenotizie.org

No es lo mismo informar sobre las elecciones en Nicaragua que en cualquier otro lugar. En el contexto regional centroamericano, es el único país que acude a las urnas bajo las sanciones de Estados Unidos. Que de remate van acompañadas de las que están amenazadas - la ley Renacer y otras - y de los ataques de censura en las redes sociales. Por otro lado, la Nicaragua sandinista es el único país de la región que Washington considera un enemigo, o más bien - como dice una cómica y perversa disposición presidencial firmada por Trump - "una amenaza de inusual gravedad para la seguridad nacional de Estados Unidos".

Las elecciones en Nicaragua son, por lo tanto, una historia diferente a las de Centroamérica en su conjunto. Ningún otro país de la zona sufre una polarización política tan aguda, precisamente porque ningún otro país centroamericano se proclama independiente de Washington y legisla exclusivamente a favor de sus intereses nacionales y no a favor de los de Estados Unidos. En esta tierra de lagos, volcanes, océanos y alegría, el sandinismo ha trazado una línea clara, imposible de cruzar, entre un "antes" y un "después".

Sobre ese "antes" y "después" se han escrito dos historias irreconciliables, dos ideas de lo que debe ser un país, un pueblo y un destino que han representado la esencia del conflicto entre la derecha y la izquierda. Sí, aquí no estamos en Europa: los dos términos siguen vigentes, resisten el desgaste de la semántica distorsionada por la politiquería, cuentan historias distantes y dibujan escenarios opuestos, representan dos alternativas claras e irreconciliables, ambas ya aplicadas en carne propia.

El país de hoy, gobernado por el sandinismo en los últimos 14 años, no se parece ni de lejos al gobernado por 16 años de liberalismo post-somozista. Puedes jugar con las definiciones, puedes hacer que las palabras bailen de puntillas, puedes cambiar los hechos por las opiniones, pero no puedes apartar los ojos de la mirada. Y el punto de vista dice que aquí y ahora se habla de suelos y ya no de tierra batida, de techos y ya no de cuerpos en deuda y miedo con los elementos. Se trata de hospitales y luz, se trata de alimentos, se trata de casas y escuelas, se trata de carreteras y de jubilaciones. Se trata de la reducción de los privilegios de clase en paralelo a la ampliación de los derechos sociales colectivos. Aquí salen a relucir las selecciones antinaturales basadas en la riqueza, las distorsiones raciales y las vocaciones de obediencia al Malinche. Aquí hay pruebas generales de igualdad, certificados de derechos ciertos.

Por esto quizà, los cañones mediáticos que convierten la libertad de prensa en la libertad del propietario del medio han sido implacables. Tinta mojada en veneno para poner toda disidencia bajo el mando del odio, para convertir toda discusión en guerra. Fue un intento de eliminar el debate político como primer paso para derribar el sistema político.

La reiterada agresión a Nicaragua desde 2018 hasta hoy tuvo y tiene todos los síntomas de una operación de cambio de régimen. Una maniobra de pinza entre el mundo exterior y el interior, un intento de golpe de estado que no tenía nada de suave. Fue precisamente esta ofensiva política, diplomática, mediática y militar la que obligó al sandinismo a responder con firmeza, sin vacilaciones ni cautelas. La respuesta tenía que ser sin apelación, para las florituras de la dialéctica no había tiempo. No hubo vacilación ni incertidumbre a la hora de evaluar los coeficientes de riesgo, la conveniencia o la oportunidad política: la respuesta fue siempre oportuna y dura. Leer lo que era claramente una corrida de toros como una partida de ajedrez parecía inútil. Responder amablemente a la infamia parecía fuera de lugar.

El partido del 7 de noviembre es especial, ya que el adversario está en el campo pero el enemigo está en las gradas y en la retaguardia. Hay seis partidos que compiten con el FSLN por la victoria electoral, pero el enfrentamiento es con Estados Unidos, que a su vez arrastra a sus dependencias - la Unión Europea y la OEA - a la agresión.

Los programas electorales apenas salen de las filas de la oposición. Comprensible, ¿qué se supone que deben decir? ¿Que quieren privatizar lo que ahora es público? ¿Que quieren devolver Nicaragua a los Estados Unidos? Es difícil preguntar a los nicaragüenses si están dispuestos a volver a los tiempos de hambre del neoliberalismo, y no menos difícil pedirles que elijan entre la independencia y la anexión.

El sandinismo parece sólido, el consenso del que goza es muy fuerte. Si es así, ¿el resultado es una mera formalidad? No, porque en primer lugar la expresión de la soberanía popular nunca es una formalidad, y en segundo lugar porque este nombramiento fue boicoteado y perjudicado por los propios enemigos del sandinismo. Por ello, la celebración del voto adquiere el doble valor de rito democrático y de desafío político, de reafirmación convencida de la soberanía y de reiteración de un camino decidido por los nicaragüenses en Nicaragua y no por otros y en otros lugares.

Las encuestas de los últimos meses no ofrecen ninguna posibilidad de interpretación. A menos que se produzca un impensable retroceso, el resultado es otra victoria abrumadora del Frente Sandinista. Sin embargo, si realmente se quiere buscar un aspecto menos descifrable, entonces es mejor ocuparse del desvío. La insidia, de hecho, para el FSLN radica sólo en la abstención. Es decir, en ese mecanismo de apatía y suficiencia que se determina en escenarios donde todo parece darse por sentado.

La participación en la votación será máxima, aunque un 40-45% sería más que suficiente para responder a las críticas de quienes no llegan ni al 35% de participación. Por otra parte, las elecciones en Nicaragua son un asunto serio sobre el que Washington haría bien en evitar críticas y amenazas. Basta recordar la farsa de las últimas elecciones en EEUU para entender que impartir academia desde la tribuna de los ignorantes no es serio. La interminable ofensiva de Estados Unidos contra Nicaragua, producto de un rencor de un siglo, nos dice por sí misma dónde está la razón. Dirán todas las infamias para deslegitimar el voto, pero la verdad es que las elecciones son libres y transparentes.

El miserable espectáculo de las amenazas, la censura y las agresiones no impedirá una nueva ovación. Las urnas en Nicaragua seràn mágicas: las papeletas entrarán en el fino espacio de la urna y saldrán como palomas. Volarán impertinente y alegremente de abajo a arriba, descubriendo nubes, como dicta toda esperanza.

Nicaragua, il sandinismo nell’urna

Managua. Raccontare le elezioni in Nicaragua non è la stessa cosa che raccontarle altrove. In generale e soprattutto nel contesto regionale centroamericano, visto che è l’unico Paese ad andare al voto sotto sanzioni statunitensi. Quelle che ci sono si accompagnano a quelle che si minacciano - legge Renacer ed altro - e ad attacchi di natura censoria ai social media. D’altra parte il Nicaragua sandinista è l’unico paese della regione considerato da Washington un nemico, anzi – come recita una comica quanto perversa disposizione presidenziale di Trump – “una minaccia di insolita gravità per la sicurezza nazionale degli Stati Uniti”.

Le elezioni in Nicaragua, dunque, sono una storia diversa da quelle dell’intero centroamerica. Nessun altro Paese dell’area soffre una polarizzazione politica così accentuata, proprio perché nessun altro Paese centroamericano rivendica indipendenza da Washington e legifera in esclusivo favore dei suoi interessi nazionali e non in favor di vento a quelli statunitensi. In questa terra di laghi, vulcani, oceani ed allegria, il sandinismo ha tracciato una linea netta, impossibile da superare, tra un “prima” e un “dopo”.

Su quel “prima” e su quel “dopo” si sono scritte due storie inconciliabili, due idee di cosa debbano essere un Paese, un popolo e un destino che hanno rappresentato l’essenza del conflitto tra destra e sinistra. Ebbene sì, non siamo in Europa: qui i due termini hanno ancora vigenza, resistono all’usura della semantica distorta dal politichese, raccontano storie distanti e disegnano scenari opposti, raffigurano due alternative nette e inconciliabili, entrambe già applicate in carne propria.

Il Paese di oggi, governato dal sandinismo in questi ultimi 14 anni, non somiglia nemmeno da lontano a quello governato da sedici anni di liberismo post-somozista. Si può giocare con le definizioni, si può far ballare le parole sulle punte, si possono scambiare fatti con opinioni ma non si può togliere la vista. E la vista dice che qui ed ora si tratta di pavimenti e non più di terra battuta, di tetti e non più di corpi in debito di sorte con le intemperie. Si tratta di ospedali e di luce, di cibo, di case e di scuole, si tratta di strade. Si tratta di ridimensionamento dei privilegi di classe parallelamente all’ampliamento dei diritti sociali collettivi. Qui escono di scena selezioni innaturali basate sul censo, storture razziali e vocazioni all’obbedienza verso il dottor Malinche. Si registrano prove generali di uguaglianza, certificati di diritti certi.

Ma  i cannoni mediatici che trasformano la libertà di stampa nella libertà di chi possiede i media si sono fatti sentire senza sosta. Inchiostro intinto nel veleno per riportare sotto il comando dell’odio ogni dissenso, per trasformare in guerra ogni discussione. Si è trattato di un tentativo di azzeramento del dibattito politico come primo passo per l’abbattimento del sistema politico.

L’aggressione ripetuta al Nicaragua dal 2018 ad oggi ha avuto ed ha tutti i sintomi di una operazione di regime change. Una manovra a tenaglia tra l’estero e l’interno studiata a tavolino, un tentativo di golpe che di soave non ha avuto nulla. Proprio questa offensiva politica, diplomatica, mediatica e militare ha costretto il sandinismo ad una risposta ferma, priva di tentennamenti e di prudenza. La risposta ha dovuto, non solo voluto, essere senza appello, per i fronzoli della dialettica non si è trovato il tempo. La valutazione sui coefficienti di rischio, sulla opportunità o la convenienza politica non ha prodotto tentennamenti, incertezze: la risposta è stata sempre puntuale e dura. Leggere come una partita a scacchi quella che era, con tutta evidenza, una corrida, è sembrato inutile. Rispondere con garbo al’infamia è apparso fuori luogo.

Quella del 7 novembre è una partita particolare, giacché l’avversario é in campo ma il nemico si trova sugli spalti e nelle retrovie. Ci sono sei partiti che disputano al FSLN la vittoria elettorale, ma lo scontro è con gli Stati Uniti, che a loro volta trascinano nell’aggressione le loro dependance, ovvero Unione Europea e OSA.

I programmi elettorali fanno capolino a fatica dalle fila delle opposizioni. Comprensibile, cosa dovrebbero dire? Che vogliono privatizzare quello che oggi è pubblico? Che vogliono riconsegnare il Nicaragua agli Stati Uniti? Complicato chiedere ai nicaraguensi se siano disposti a tornare ai tempi di fame del neoliberismo e non meno difficile chiedergli di scegliere tra indipendenza e annessione.

Il sandinismo appare solido, il consenso di cui gode è fortissimo. Se così stanno le cose, il risultato è solo una formalità? No, perché in primo luogo l’espressione della sovranità popolare non è mai una formalità ed in secondo luogo perché questo appuntamento è stato boicottato e disconosciuto pregiudizialmente proprio dai nemici del sandinismo. Dunque la celebrazione del voto assume su di sé il doppio valore del rito democratico e della sfida politica, della riaffermazione convinta della sovranità e della reiterazione di un cammino deciso dai nicaraguensi in Nicaragua e non da altri ed altrove.

I sondaggi di questi mesi non offrono possibilità di interpretazione. A meno di impensabili rovesci, il risultato che si profila è l’ennesima, schiacciante vittoria del Frente Sandinista. Se proprio però si vuole cercare un aspetto meno decifrabile allora meglio occuparsi dell’affluenza al voto. L’insidia, infatti, per il FSLN sta solo nell’astensione. Ovvero in quel meccanismo di apatia e sufficienza che viene determinandosi in scenari dove tutto appare scontato.

La partecipazione al voto sarà di assoluto livello anche se, certo, un 40/45 % di voti sarebbe già più che sufficiente a rispondere alle critiche che perverranno da chi non arriva nemmeno al 35% dell’affluenza. D’altronde, quelle in Nicaragua sono una cosa seria sulla quale Washington farebbe bene a evitare critiche e minacce. Basta ricordare la farsa delle ultime elezioni negli USA per capire che impartire accademia dal podio ignorante non é serio. L’offensiva interminabile degli Stati Uniti contro il Nicaragua, prodotto di un rancore immarcescibile lungo ormai un secolo, dice di per sé da che parte sta la ragione. Diranno ogni infamia per delegittimare il voto ma la verità è che le elezioni sono libere e trasparenti.

Lo spettacolo miserabile di minacce, censura e aggressione non impediranno l’ennesima allegria. Le urne in Nicaragua sono magiche: le schede entreranno nello spazio fine dell’urna e riusciranno fuori sotto forma di colombe. Voleranno impertinenti e allegre dal basso verso l’alto, a scoperchiare nuvole, come ogni speranza impone.