A 50 años del paso a la inmortalidad del Comandante Carlos Fonseca Amador, fundador del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN), su pensamiento, su legado y su vinculación con los sectores populares, particularmente con las familias campesinas que habitan en las montañas de Matagalpa, siguen vivos y se fortalecen en esta segunda etapa de la revolución.
El jefe de la Revolución nació el 23 de junio de 1936 y desde pequeño conoció las dificultades económicas de su familia. Fue hijo de Agustina Fonseca, de oficio cocinera, y de Fausto Amador. El contacto con las desigualdades sociales marcó su niñez y desarrolló en él una inquietud por aprender, conocer y defender a los más desposeídos: los campesinos.
Esos campesinos vieron en el comandante Fonseca la imagen de la esperanza, aquel cambio que tanto deseaban y que hoy se ha materializado bajo el liderazgo de los Copresidentes de la República de Nicaragua, Comandante Daniel Ortega Saavedra y Compañera Rosario Murillo Zambrana.
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El fundador del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) partió a otro plano de vida el 8 de noviembre de 1976, pero en las montañas de Waslala, San Ramón y Rancho Grande aún viven quienes lo conocieron y vivieron, como él y muchos otros combatientes históricos, la crueldad de una guerra.
Las familias campesinas colaboraron a sabiendas de los riesgos de la persecución y la muerte. Realizaban labores de guía y traslado, almacenaban y preparaban alimentos. Hoy, estos testimonios nos ofrecen una semblanza de quién era el comandante Carlos y de la huella que dejó en cada uno de ellos.
La avanzada edad de Expectación Rivas Fajardo, conocido como don Pepe Rivas, de la comunidad El Horno, sector número dos, en San Ramón, Matagalpa, no es un límite para su privilegiada memoria histórica.
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“Aquí me contacté con los muchachos guerrilleros. Uno de los primeros fue Filemón Rivera y Tomás Borge Martínez. Ellos empezaron a traer aquí provisiones como azúcar, arroz y cosas así. Una de las consignas para identificarse era: ¿Tiene café? Sí, ¿Cómo lo quiere? Simple. Esa era la consigna. Entonces ya sabíamos que ese era el hombre que venía a hacer la misión”, contó Expectación.
“El comandante Carlos vino aquí, no me acuerdo si fueron 10 o 15 días, y venía con otros compañeros. Todas las orientaciones que él nos transmitía eran por medio de los compañeros. Con él fueron pláticas pasajeras, pero profundas. Venía gente de Managua con encomiendas, papelitos y yo corría a dejar los papelitos al lugar asignado. Era un riesgo y quizá no estuviera aquí, pero he visto todos los avances en la historia de Nicaragua y el único gobierno que ha hecho esto es el que tenemos”, aseguró.
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Fue una lucha larga que valió la pena
Emocionado y melancólico, agradeció al comandante Carlos su valentía porque “gracias a la lucha de él hay un gran cambio en este país. Con 90 años, yo tengo mucho que ver. Yo viví el régimen de Somoza; no podían estar cuatro niños en una esquina porque llegaba la guardia y los llevaba presos. Cuando los miraban, se tiraban por un guindo porque los miraban como espantos porque todo era represión; entonces, yo creo que estemos bien ahora, ha sido una lucha larga que valió la pena porque, por ese triunfo de la revolución, por esos hombres que dieron su vida, por esos hombres que fueron muy valiosos, estamos aquí”, reflexionó.
“El comandante, desde que estaba estudiando, empezó a contactar a sus compañeros. Casi todos los muchachos que murieron, uno era ingeniero, otro era doctor en medicina; eran hombres inteligentes y fueron hombres que murieron por nosotros. Son de gran valor y hay que honrarlos, recordarlos y respetarlos”, aseguró don Expectación Rivas Fajardo.
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Los niños que valientemente aportaron a la revolución
En su juventud, descubrir al General Augusto C. Sandino y leer a Marx y Engels significó para el comandante Carlos Fonseca Amador un despertar social que cambió su historia y la historia de toda Nicaragua. Esa motivación la inculcó en los niños de su época, quienes valientemente aportaron a esa lucha que concluyó con el triunfo de la revolución el 19 de julio de 1979.
Julio César Aguilar Ochoa, de 64 años de edad, originario de Rancho Grande, departamento de Matagalpa, tenía 13 años cuando conoció al conductor ideológico y estratega supremo de la Revolución.
“Tuve la dicha de conocer al comandante Carlos en la montaña entre Waslala, Rancho Grande y El Cuá. Mi padre, Martiniano Aguilar, fue el que logró organizarnos, integrarnos al Frente Sandinista desde los primeros años de vida”, afirmó.
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Recuerda que, a mediados de 1975, cuando estaba con su mamá y su hermana, miraba pasar las columnas de compañeros hacia el centro de la montaña, al campamento central.
“Prácticamente mi papá en esa fecha de 1975 tuvo que irse clandestino junto con mi hermano mayor Román. Entonces yo decidí irme a la guerrilla, pasar de colaborador e irme a la clandestinidad. Entonces ahí nos encontramos con el comandante en un campamento pequeñito. Estaba en un lugar que le dicen La Lana, era un terreno de colaboradores, no casas, y ahí tuve la dicha de conocerlo”, recordó.
“Mi misión junto a otros campesinos era garantizar la seguridad, el perímetro del campamento mientras se realizaban esas reuniones; después nos movilizamos a cumplir otras misiones en dirección a La Dalia. Tres veces lo logré ver en esa zona y en algunos momentos caminé cerca del comandante”, recordó.
Sobre su carácter, resaltó que “el comandante Carlos era un hombre extraordinario. Imagínense que yo estaba acostumbrado a ver y a hablar con los compañeros de la ciudad; pero aun así se sintió la presencia y lo que pude ver es que era un hombre muy sencillo, muy amable y le gustaba comunicar el motivo de la lucha. Siempre nos detuvo indicando que la lucha era para derrocar al dictador porque había una represión, habían comenzado en todo el sector de Kuskawás, Caño Negro, Bilampí, prácticamente tierra arrasada porque el objetivo era acabar con la familia, acabar con los siembros, acabar con el ganado, acabar con todo lo que ahí había”.
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“Somos la vanguardia del pueblo”
“Recuerdo que lo logré saludar y me dijo: Vos sos el hombre nuevo. Ese contacto fue el llamado para luchar siempre con el Frente Sandinista y no vamos a dejar de luchar hasta que derrotemos a Somoza y ustedes miran que aquí somos pocos, que andamos a lo mejor mal vestidos, en harapos; pero andamos trabajando, luchando todos los días y algún día nuestro pueblo va a tener conciencia y vamos a derrocar a Somoza", dijo.
“Todo lo que él tenía planificado es lo que hoy se está haciendo. A nosotros nos hablaba de electrificación, nos hablaba de educación, que teníamos que aprender a leer, que teníamos el derecho de ir a las universidades. Nos hablaba de salud porque él fue testigo de ver cómo las campesinas, los campesinos tenían que bajar y caminar hasta cinco días cargando en hamaca a su enfermo para que pudiera ser atendido en un puesto médico u hospital en Matagalpa”, recordó.
“Hemos vivido en carne propia esa falta de salud, esa falta de educación, esa falta de caminos, de accesibilidad a las comunidades; pero hoy tenemos todo eso y creo que debería sentirse como se siente el Comandante Daniel súper satisfecho, porque se le está cumpliendo al pueblo”, manifestó.
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Un mensaje a la juventud
“Le digo a la juventud nicaragüense que hay que aprovechar. Nosotros, como chavalos, anduvimos en harapos, hambrientos la mayor parte del tiempo en esa montaña, huyendo, viendo caer a los compañeros y hoy que tienen todas las oportunidades les pido que aprovechen lo que nuestro Buen Gobierno nos garantiza”, destacó.
“Tienen que comprometerse con el comandante Carlos y comprometerse con los 50.000 compañeros y compañeras que cayeron para defender este proyecto que cuesta sangre. Esto no fue hecho en escritorio, no fue hecho en oficina, esto fue hecho en los charrales, en el campo, bajo lluvia, bajo persecución; sin embargo, el Frente perseverantemente supo hacer de los golpes victorias para triunfar y yo como adulto me siento orgulloso de que los jóvenes participen y sean ese relevo generacional en todo el país”, culminó Julio César Aguilar Ochoa.













