Cuando Luis Antonio Vega Bonilla escucha el sonido de la banda rítmica, el sentimiento patrio en su pecho empieza a palpitar más rápido. Él toca el bombo en la banda del Instituto Central Doctor Carlos Vega Bolaños de Masaya. Es estudiante de octavo grado.

Ensaya con la misma intensidad que el resto de sus compañeros —unos 80 muchachos y muchachas— que con esmero esperan el inicio de septiembre para salir a las calles a celebrar a la patria.

Mientras marca el ritmo con el pesado instrumento, que lanza de lado a lado de su cuerpo siguiendo la coreografía, tiene en la mente el significado de su participación.

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“Cuando escucho a mi banda siempre considero a mi país y los símbolos nicaragüenses que tenemos”, dice el joven, con la cara sudada y enrojecida por el esfuerzo.

Tiene 14 años y supera los 1.80 metros de altura, condición física que lo hace idóneo para guiar a la banda desde la percusión.

Las herramientas que usa para rendir durante los largos ensayos se dicen simples, pero en la práctica no lo son tanto: La disciplina y el trabajo duro en todo el equipo”, reconoce.

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En la Ciudad de las Flores y Cuna del Folclor, esta banda rítmica es una de las que goza mayor reconocimiento.

Vega Bonilla, sabe que como estudiante tiene una gran responsabilidad para mantener el prestigio que han cosechado juntos como equipo.

“Lo hemos hecho con trabajo duro, esfuerzo, dedicación a lo que tenemos en nuestra banda, y siempre lo que mantenemos es la disciplina para poder hacer las cosas bien”, añade, considerando que el éxito de su labor recae en los hombros de todos por igual.

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Uniforme de gala

Las rutinas de los jóvenes músicos, junto a los de la gimnasia, son aspectos importantes, sin embargo, hay otros elementos que las y los muchachos valoran por igual.

Uno de ellos es el uniforme de gala. Mientras Luis Antonio da lo máximo de sí mismo en la cancha multiusos de su escuela, sabe que hay varios habilidosos artesanos que preparan los coloridos atuendos que lucirán durante los próximos días.

La vestimenta —que usará durante las largas sesiones de exhibición que se aproximan— no solo es un elemento que le da uniformidad a sus compañeros, sino que también, les ayuda a representar a la patria que tanto aman, con el escudo de su instituto bordado cerca del corazón.

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“Portar el uniforme, para poner en alto el nombre de mi país y de mi colegio, representando a todos los compañeros de banda, se siente como un gran orgullo. Tanto para la gimnasia y la percusión, para todos ellos, y para mí también”, menciona el estudiante, tomando un poco de aliento para continuar perfeccionando el repertorio musical.

Jasmín Gutiérrez, de onceavo grado y compañera de banda del muchacho, tiene la responsabilidad de tocar la lira. Con los labios pintados de rojo intenso y el cabello recogido, también lleva todos sus esfuerzos para lucirse durante las presentaciones que la esperan.

“La verdad para mí es una felicidad y un orgullo estar dentro de la banda de mi colegio y trato de dar lo mejor. Me llena de orgullo saber que vamos a representar a nuestra ciudad, Masaya, y la verdad es que a pesar de que ha sido un trabajo duro, los resultados son los esperados”, dice, confiada en que podrá hacer una buena presentación igual que en los años anteriores.

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Gutiérrez sabe que las dos horas —a veces más— que dedican a diario para estar preparados darán frutos y es algo que le causa ilusión. Sentimiento que se ve acentuado además porque tendrá un traje confeccionado a medida, que luego conservará como un eterno recuerdo de sus años de secundaria.

Para la joven, esta vestimenta es la materialización física de todo el esfuerzo que ha entregado durante este tiempo, “es saber que todo nuestro esfuerzo ha valido la pena y que hemos tenido estos preciosos trajes nuevos. Es la verdad, la mayor felicidad que podemos tener”, dice la muchacha, entusiasmada, aunque agotada por la jornada de ese día de ensayo.

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Pasión recompensada

La pasión que muestran las y los muchachos es tomada en cuenta por Juan Carlos Castillo, uno de los sastres más talentosos de Masaya. Con la cinta métrica colgada en el cuello y apurado por completar los encargos, se toma un tiempo para poner en palabras el esmero que entrega para crear cada prenda.

“Comenzamos, digamos, un mes antes de lo que es el mes de julio, ya para entrar a julio-agosto y entregar entre el 12 y el 13 de septiembre, asegura, con la mirada al aire, como haciendo cálculos mentales del tiempo que dedica a perfeccionar cada pieza.

Castillo no trabaja este año en encargos de colegios de la ciudad en la que habita, porque esta vez varios institutos de fuera, incluido uno del Caribe Norte, se adelantaron para solicitar sus servicios.

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Igualmente sabe que el amor con el que viven estas fechas al otro lado del país, es el mismo que demuestran las y los jóvenes de Masaya.

“Normalmente ellos buscan su diseño. Muchos ahora han tratado de evolucionar con los estilos. Hay estilos que no son muy nacionales, pero sí llevan algo nacional en los adornos. Ya sean por ejemplo las cintillas, las lentejuelas o cosas así, como los bordados de guardabarrancos o el escudo nacional”, dice, señalando con la mano abierta las piezas que ha logrado terminar y mostrándose notablemente emocionado de compartir este momento especial con los miembros de la banda a través de sus confecciones.

Esta pasión le permite también dar empleos en temporadas altas a unas cuatro personas que le ayudan con los cortes, las costuras o incluso con el planchado de las prendas.

Así genera ingresos para su hogar y para otras familias a quienes les puede brindar apoyo, aunque para Castillo, su mayor recompensa es la de ver a la banda portando los uniformes que salieron de su taller.

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Eso es bastante satisfactorio. Cuando el diseñador o el dueño dice: quedó como yo lo estaba pidiendo. Entonces eso es bastante bueno. Yo tengo alrededor de 20 años trabajando fuerte por la gracia de Dios y la gracia de mi madre de quien yo aprendí lo que fue la costura”, asegura el hombre que lleva en el oficio desde los 11 años de edad.

Botas para el desfile

Quien ha participado, al menos como espectador en los desfiles, sabe que la indumentaria no está completa sin el calzado.

La entrada a la casa-taller de Ángela Alemán está adornada con botas altas creadas en cuero. Son las que próximamente lucirán las muchachas de la gimnasia. Algunas de colores blancos, otras en cuero natural, otras azules y unas más incluso con bordados, se exhiben, pero no están a la venta.

Todas las piezas en ese lugar ya son propiedad de alguna joven que espera para estrenarlas en septiembre. “Pienso que algo que a nosotros nos diferencia es la experiencia que hemos ganado a través de los años y el trabajo en la elaboración de botas. Nosotros trabajamos toda la línea de mujer completa: zapatos escolares de niñas, sandalias y toda el área, pero nos especializamos en las botas para desfile”, comenta la propietaria sobre el producto que se encuentra realizando y presumiendo tímidamente la experiencia que tiene en el sector.

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La matrona del taller tiene trabajando a todo vapor a un equipo de varones que prestan atención hasta al mínimo detalle. Unos cortan, otros pegan y otros cosen a toda velocidad sobre la máquina de pedal con la que se unen finalmente las piezas que posteriormente serán supervisadas por doña Ángela.

A su cargo hay en total 15 personas, entre familiares y conocidos, que tienen en común su pasión por el calzado y una amplia experiencia creando piezas de cuero.

“No es tan fácil, lleva su tiempo, lleva su costo, por las medidas, por los detalles, porque son personalizadas, entonces sí lleva bastante tiempo esto y por eso no nos comprometemos con muchos pedidos para no quedar mal”, dice la señora apurada, anotando a mano en un gran libro de entradas los datos que solo ella maneja y que hacen que cada pedido se entregue en tiempo y forma.

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El trabajo que realizan coordinados casi como el engranaje de un reloj, cobra significado no cuando cierran un negocio, sino cuando pueden ver el producto cumpliendo la función con la que fue creado.

“Ahí nos sentimos contentos, agradecidos con Dios, con la oportunidad que nos dan los colegios, las personas con las que trabajamos, porque se siente bonito ver que el trabajo de uno lo van exhibiendo. Aunque muchas veces no nos da tiempo ni de ir a las presentaciones ni nada, porque los muchachos terminan cansados por todo el ajetreo del trabajo”, confiesa, antes de incorporarse de nuevo a sus labores.

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En los institutos los muchachos continúan mejorando sus presentaciones mientras los artesanos afinan la técnica. Pero todos trabajan en función de rendir tributo a la patria.

En Nicaragua, septiembre es un momento para reconocer las luchas del pueblo, pero también es un mes que hace aflorar el talento, la creatividad y un sentimiento patrio que no solo se lleva por dentro, sino que se exhibe con orgullo a través de la indumentaria con la que las y los estudiantes se visten de patria para celebrar.  

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