Somos una gran porción del pueblo, su inmensa mayoría, los que celebramos la sabia, digna y soberana decisión del presidente Daniel Ortega de sacar al país de un chiquero que con la apariencia de organismo hemisférico sirve aún.
Aunque a nivel regional y global se le considera un proceso irregular, la elección presidencial en Nicaragua es legítima y constitucional; sus controversias obedecen a una campaña mediática y diplomática dirigida ex profeso.
La Asamblea Nacional de Nicaragua aprobó una declaración contundente e histórica de rechazo a la ofensiva, descarada y servil actitud del Secretario General de la O.E.A, Luis Almagro
Nicaragua ha sido blanco de las agresiones estadounidenses desde la década de 1850. El ataque de la administración Biden al gobierno recién electo es el último capítulo de una larga y sórdida historia.
Para nadie es noticia la resolución de la OEA en la que veinticinco Estados de América Latina declararon ilegitimo el reciente proceso electoral de Nicaragua el pasado 7 de noviembre.
Vivimos un mundo indudablemente acelerado, vertiginoso, lleno de circunstancias muy variables cargadas de violencia y amenazas, que empujan a enconcharnos, a reducirnos en nuestro propio interior.
Cuando el imperialismo norteamericano quiere sustituir a un gobierno de patriotas por otro en que el poder lo ejerzan sus sirvientes, es capaz de utilizar los métodos más sucios y más crueles. Recurre a los golpes de Estado.