Rubén Darío tuvo el privilegio de ver en vida el reconocimiento a su trabajo, sin embargo a 104 años después de su partida, trabajo y esfuerzo, son celebrados por los nicaragüenses con jolgorios y emotividad.

Para el director del INC, el arquitecto Luis Morales, se trata, junto al general Sandino, de una de las figuras más célebres nacidas en este suelo.

Si bien sorprendió con su genialidad a edad temprana, a su partida deja una estela de luz que brilla en la actualidad con la misma o mayor fuerza.

El funcionario relata que para medir la magnitud de su grandeza se requieren estudios exhaustivos, que van desde lo literario hasta lo psicológico.

Sin embargo, basta echar brevemente la vista al pasado y esculcar de manera superficial cualquier acontecimiento que haya marcado sus últimos años para darse cuenta en seguida de que se trataba de un fenómeno mundial.

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Funerales

Un ambiente de pesadumbre y dolor predominaba en León, que se convirtió para esa época el foco de atención.

El mundo entero se conmovió con su muerte. A sus honras fúnebres asistieron miles de personas, diplomáticos y funcionarios, que abarcaron a su máxima capacidad las calles de a la doliente ciudad.

Eran los nicaragüenses, pero también intelectuales, políticos de estas y aquellas tierras lejanas, que identificaban al bardo como la máxima aspiración humana en ese siglo. Y aún lo hacen.

Cantos y poemas fueron dedicados a su memoria, entre ellos los de los españoles Juan Ramón Jiménez, Antonio y Manuel Machado, el peruano José Santos Chocano, el venezolano Rufino Blanco Fombona, el mexicano Enrique González Martínez y su entrañable Amado Nervo, también de México, entre otros.

Fueron 7 de días de cortejo, convirtiéndolo en el funeral más grande que se ha visto la historia del país.

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Carro fúnebre vacío

Contó con un carro fúnebre que no fue utilizado. El vehículo halado por caballos simplemente acompañó a los muchos que quisieron cargar a Rubén sobre su hombro.

En su recorrido era recibido por otros miles que lanzaban flores y derramaban su llanto por la pérdida.

A diario el traje de Rubén era cambiado. El último, que lució en la catedral de León, fue una túnica griega, mientras también estaba coronado con hojas reales de laurel.

En la universidad de León se realizó una capilla ardiente, mientras otros honores se iban realizando en puntos diferentes de la ciudad.

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Foto en agonía y otras reliquias

De su agonía se conservan fotografías que luego inspirarían obras de arte.

En ellas se observa un crucifijo que representó, tanto su apego a los principios fundamentales de su religión, como la amistad con el también modernista mexicano Amado Nervo.

El amuleto se conserva en su casa de infancia, hoy casa museo, aunque no sería en ella donde sucedería el deceso, sino, en una cercana a este sitio, pues el inmueble había pasado a nuevos dueños.

 

 

Y el reloj se detuvo...

También un obsequio de Nervo, un reloj Ingersoll, fue detenido a las 10:15pm, según los datos recogidos por Edmundo Montenegro Parrales en su obra Biografía Iconográfica de Rubén Darío.

En ese momento Darío tenía apenas 49 años y 20 días contados.

En la casa museo se pueden ver otras reliquias suyas, como el diván que le fue obsequiado por el presidente de Guatemala.

El mueble fue conservado por años y luego donado a la casa museo por la compañera Rosario Murillo, actual vicepresidenta de la nación.

El mismo documento recoge un anecdótico pasaje, en el que se cuenta cómo la ciudad de Masaya envió varios vagones de flores para el cortejo.

También entre los objetos que se vinculan al poeta, llama la atención una máscara mortuoria, que refresca a la memoria la apariencia del panida.

De esta última, refiere Luis Morales en su conversación con El 19 Digital, que se sabe hay dos versiones, una en el museo y otra en la Asamblea Nacional. “Era como costumbre a estas personalidades hacerles una impresión, después sacaban un molde”, añade como curiosidad.

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La última morada

Al parecer, cuenta el director del INC, la escogencia de su última morada, había sido ya pactada con Monseñor Simeón Pereira y Castellón.

Su sepultura fue ubicada en un lugar privilegiado en la catedral de León, precisamente a los pies de la columna de San Pablo, y adornada, con una escultura de gran simbolismo.

Morales interpreta, que el felino que llora, refleja de la ciudad y la patria (representada con el escudo nacional de la época) y bajo su garra, una lira, que representa precisamente la musicalidad de su obra, mientras la corona de laurel exalta su grandeza.

La pieza fue esculpida por el artista granadino Jorge Navas Cordonero, una vez que tuvo la aprobación del mismo Rubén.

“Porque le manda a preguntar Monseñor Pereira con el escultor que qué quieren que le pongan en su tumba. Y Rubén Darío le dijo al escultor: pero prefiero que me diga usted como escultor qué idea tiene. Entonces le dice que le va a poner un León doliente. Pero él tiene esa picardía Rubén Darío y le hace como un chiste”.

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Últimas obras de Rubén Darío

Azul fue tal vez su obra más conocida, pues antes de ser publicada, era por ansiosamente esperada por muchos.

Pero a criterio de Morales, sus dos últimas obras más grandes fueron ¡Pax…! y Los Motivos del Lobo, por su contenido vigente aún al día de hoy.

¡Pax…!, fue presentado en Nueva York, en la Universidad de Columbia, un año antes de su fallecimiento, recuerdo.

Antes de ser pronunciado, le antecedió con una introducción, que delató ya en aquel entonces, las contradicciones de ese país, único en el mundo que dedica a Dios un día para dar acción de gracias (Thanksgiving Day).

“Yo creo, sin embargo, en el Dios que anima a las naciones trabajadoras, y no en el que invocan los conquistadores de pueblos y destructores de vidas, Atila, Dios & Co. Limited”, pronunció Darío en ese momento.

Morales comentó que el poema denunció cómo “la tierra está desgarrada, que está en zozobra y que hay siempre esa inquina de los seres humanos, de unos contra otros, por dinero, por celos… por tantas cosas”.

Los Motivos del Lobo, anterior 3 años a su partida, fue escrito tras su exilio de una París en guerra.

“De una forma muy elegante, muy didáctica, muy cinematográfica diría yo, él habla de la enemistad entre los seres humanos que ni el lobo pudo soportar las barbaridades que hacían los mismos seres humanos”, reseña.

Retorno providencial

Darío retornó a Nicaragua un año antes de abandonar este plano de existencia, casi cómo atraído por la providencia.

También, y sin saberlo, fue recibido con de manera alegre por una multitud que lo cargó en hombros y evitó que sus pies tocaran el piso, según el relato de Morales.

“Él tuvo ese tino, ese tacto. Esa premonición de venir a morir a su país”, señaló.

De acuerdo con el arquitecto, el mayor triunfo del poeta fue el de renovar al castellano, considerado por muchos para entonces como lengua muerta.

Era el siglo XIX, en el que, de 20 autores, los 18 más destacados eran franceses.

Rubén Darío fue un autodidacta, que logró instruirse apasionadamente en las letras, alcanzando también dominar 5 lenguas.

De paso, alcanzó a renovar su lenguaje nativo, razón por la que llena de orgullo a sus coterráneos y es motivo de estudio en cualquier región donde se habla castellano.

 

Fotos: Tomadas del libro Biografía Iconográfica de Rubén Darío de Edmundo Montenegro Parrales

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