León, tu sol espeso y duro, pesado y paulatino, es metal que he forjado sobre mi corazón, mi acero de Sigfrido retador del destino. Cantor y luchador, sé cantar y luchar; y el triunfo no me importa, que para el canto nunca me faltará tu amor. ¡Y para la batalla toda la vida es corta!

Es sólo un fragmento de la “Oda a León de Nicaragua”, de Salomón de la Selva. La vida del poeta parecería incluir muchas vidas. Nació en Nicaragua, fue soldado en las fuerzas británicas en la Primera Guerra Mundial -eso lo inspiró para el libro “El soldado desconocido”, con ilustraciones de Diego Rivera- e hizo campaña a favor de la gesta libertaria de Augusto Sandino en la década del 30.

León

Un mercado callejero de artesanías

Como sucede con la vida de Salomón de la Selva, León contiene multitudes. A 93 kilómetros de Managua, la capital del país, esta ciudad fue -y sigue siendo en gran medida- la sede intelectual del país. Aquí se fundó la primera universidad de Nicaragua, en 1813. En estas calles de adoquines cayó muerto Anastasio Somoza García, el padre de la dinastía más sangrienta de la historia de Nicaragua. Y aquí hubo una matanza de estudiantes a fines de la década del 50.

Frente a la plaza central de León, en el Museo de la Revolución, los sandinistas siguen contando cómo fue aquella gesta de la Revolución Popular Sandinista en 1979, que puso fin a la dictadura de los Somoza. Como el viejo poeta, la ciudad tiene mucho que decir.

Crece desde el pie

Sebastián Rousseau es un guía francés que vive en León. Llegó a estas tierras, se enamoró del lugar y ahora forma parte de la Cooperativa de Turismo Comunitario, que organiza un paseo a pie por la ciudad. El anfitrión habla con entusiasmo de la historia. Está parado frente a un mural que cuenta buena parte de la historia de la ciudad y del país.

“¿Saben quién es esta persona de la que sólo vemos la sombra? Augusto Sandino”, dice. El mural da cuenta de la opresión de los Somoza, la revolución sandinista, la contrarrevolución y la actualidad. El recorrido también pasa por la Catedral, donde está enterrado Rubén Darío, el gran poeta nicaragüense, que murió en esta ciudad, en la que vivió durante varios períodos de su vida. Luego va a la Plaza de los Poetas, con una gran estatua del autor de “Azul”, y al Teatro Municipal.

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Uno de los tantos murales de la ciudad

A lo largo de la caminata también se ven otros murales, pequeños fragmentos de la vida de Nicaragua. “Sandino vive”, dice uno. Otro recuerda a los héroes y mártires de la revolución. Y muchos edificios tienen, en lo alto y como un gran vigía, la silueta del revolucionario.

“¿Saben por qué no tiene cara? Porque Sandino somos todos”, dice Rousseau. Los interesados en conocer más sobre el tema deben visitar el Museo de la Revolución. En su interior no hay grandes atracciones -algunas fotos y un mural-, pero sí están algunos de los revolucionarios dispuestos a contar su historia y hacer un recorrido por la ciudad.

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El museo archivo Rubén Darío, en la casa en la que vivió el poeta

Yo persigo una forma

“Yo persigo una forma que no encuentra mi estilo, botón de pensamiento que busca ser la rosa. Se anuncia con un beso que en mis labios se posa el abrazo imposible de la Venus de Milo”, dice un poema de Rubén Darío, que se lee en su casa-museo de León, en la que vivió durante 14 años. La ciudad no sólo es clave en la vida política de Nicaragua, sino también en la cultural. Conocer la casa es también entender esa vida de exilio entre Sudamérica y Europa de uno de los poetas más importantes de la lengua española en el siglo XX. Allí se pueden ver manuscritos, objetos -lapiceras, biblias, libros- y una cronología de su vida, además de visitar la habitación de esta preciosa casa colonial en la que falleció.

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La estatua de Rubén Darío en el Parque de los Poetas

Los que quieran disfrutar de la naturaleza y la aventura pueden dejar la ciudad por unas horas y viajar al volcán Cerro Negro (728 metros de altura), a 25 kilómetros al este de la ciudad. Allí la principal actividad es el sandboarding. La excursión consiste en tirarse con un “culopatín” sobre la arena por la falda del volcán. La adrenalina del descenso a 60 kilómetros por hora es algo que no se olvida fácilmente. Para disfrutar de la travesía, es clave llevar protector solar y usar lentes de sol.

Si la idea es tener una actividad más apacible, Las Peñitas ofrece amplias playas y buenas olas, además de platos típicos, como pescado frito y nacatamal (masa con maíz molido y manteca, que se rellena con carne de cerdo o gallina adobado).

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Playa y surf en Las Peñitas

Cuando cae el sol, la ciudad colonial se pinta de colores brillantes. Un plan sencillo y delicioso es subir al tejado de la Catedral para ver el atardecer en la ciudad de Rubén Darío, de la gesta sandinista y de Salomón de la Selva, el que en su oda a la ciudad la definió: “León, copa de borde quebrado, que me hieres el labio si te acerco a la boca de mi alma. Tu licor agrio, acorde está con mi cariño doliente, altivo y terco”.

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