¿Pitos de barro con forma de pajaritos? ¿Comalitos para el ayote en miel? Las nuevas generaciones de nicaragüenses quizá nunca hayan escuchado de esas cosas, pero hasta antes de que se impusiera la avalancha de pitos y panas de plástico, era el silbido de esos pitos de barro el que alegraba la celebración de la Gritería y el rico aroma del ayote en miel en esos camalitos, el que satisfacía el paladar de nuestros padres y abuelos, cuando llenos de algarabía inundaban las calles de los pueblos y ciudades para cantarle a la Virgen María.

Aunque muchos crean que estas son cosas del pasado, sorpréndanse, en el municipio de La Paz Centro, León, aún hay manos que amasan el barro y mantienen vivas esas tradiciones. Don Francisco Javier Martínez, de 61 años, con los pajaritos de barro, y doña Eda Andrea Martínez, de 76 años, con los comalitos de barro cocido.

Ambos son tajantes al decir que siguen fabricando estas cosas para La Gritería por tradición y no porque exista una gran demanda por parte de los promesantes. Don Francisco asegura que hace dos décadas elaboraba en promedio 50 mil pitos en la temporada, a diferencia de ahora que si pasa de 1 mil puede considerarse un buen año. A doña Eda no le va mucho mejor, antes llegaba a tener pedidos de miles de comalitos, actualmente si a caso llega a amasar y dar forma a unos cuantos centenares.

“Nosotros comenzábamos del primero de noviembre al cinco de diciembre, porque era una venta que llamaba la atención”, manifiesta don Francisco.

Un arte lleno de entrega

Sin embargo, olvidémonos de las cuestiones eminentemente comerciales, que de eso se encargan muy bien los vendedores de “chucherías” de plástico y en las que don Francisco y doña Eda no son muy duchos. Aquí venimos a hablar de verdadera entrega y si de algo pueden hablar con toda propiedad estos dos ancianos es de eso, de la pasión al hacer las cosas, esa que pasa de padres a hijos y que a lo largo de generaciones ha logrado darle al trabajo en barro el lugar que debe ocupar: un verdadero arte.

En sus humildes talleres “cada cosa lleva su técnica”, y los minúsculos pajaritos tienen la suya. Dos cubos de barro blanco, con un cubo de barro negro, medio cubo de arena fina y la porción adecuada de agua, con el debido amasar, dan la consistencia adecuada para que luego de varios minutos vayan saliendo uno a uno estos bonitos juguetes marianos, los cuales empiezan a emitir sus peculiares silbidos no más don Francisco les hace dos huecos con un sencillo (sencillísimo) trozo de madera.

Después los pone a secar al sol, y una vez secos pasan al horno. Una vez salidos del horno entra en escena la hija de don Francisco, María Mercedes Martínez, de 27 años. Ella los pinta en diferentes colores, siendo los más comunes los rosados, los amarillos, los verdes y los azules.

María es un vivo reflejo de las palabras de su padre.

“Yo aprendí de mi madre. Con orgullo le digo, aquí le dicen ‘La Daysi Pitera’. Búsquela por donde usted quiera en La Paz Centro, que va a dar con ella. Es la única, la única en toda La Paz Centro, no hay otra más que haga pitos. Esto pasó de mi abuela a mi mama, de mi mama a mí, y ahora a mis hijos”, asegura.

“Yo de este barro preparé a mis hijos. Con orgullo te lo digo, yo tuve 7 hijos y toditos se prepararon con el barro. Vamos a seguir luchando para que no se pierda la tradición”, afirma.

Ingenio nicaragüense

Doña Eda amasa el barro con pasión al igual que su coterráneo, sabiendo también que con eso la criaron sus padres y con eso ella crio a los suyos. La técnica de los comalitos es similar a la de los pajaritos: barro, arena, secado y cocido. Sin embargo, algo que llama la atención de esta señora es la habilidad con que trabaja. Después de los 60 abriles todo pesa, pero en ella -aún con su constitución delgada y, por qué no decirlo, golpeada por 76 años de vida- se nota una firmeza poco vista, y al moldear los comalitos deja escapar de vez en cuando una mirada y una sonrisa verdaderamente admirables.

Sus herramientas de trabajo son otra maravilla del ingenio nicaragüense: un trozo de plástico en forma de lima le ayuda a quitar el exceso de barro y a alisar bordes, pero son unas especies de cucharas de jícaro las que moldean los contornos de todas sus creaciones, ya que durante las festividades de la Purísima doña Eda no solo fabrica estos comalitos sino además unos pequeños cantaros en los que se pueden meter las cajetas, los gofios y los coyolitos, o bien la sabrosa chicha de maíz.

“Esas son las que yo toda la vida ocupo, desde que estaba viva mi mama. Mi mama me enseñaba”, explica. “Yo (también) iba con mi papito a sacar barro, a ayudarle a picar”, agregar nostálgica.

Vale apuntar que el característico e ingenioso arte de hacer los pajaritos tampoco se limita al trozo de madera rústico, también hay que sumar una minúscula pluma con la que se pintan –¡valga la casualidad!- las plumas de los chillones juguetitos de barro. La hija de don Francisco expresa que ella para otras creaciones usa brocha o pincel, pero para estos pajaritos no hay nada mejor que una pluma natural.

El tono rojizo de los comalitos igualmente encierra otra particularidad que se nos escapaba: se lo da una pintura hecha, ni más ni menos, que con barro colorado y una porción de agua.

El plástico no tiene que matar la tradición

Los precios –volvamos a cuestiones comerciales- son más que competitivos: prácticamente regalados. Los pitos de barro a 1 córdoba la unidad y los comalitos a 5 córdobas. Tome calculadora y compare, verá que no hay escusa para perder la tradición.

En resumen, ¿qué este es un arte en decadencia, qué por más que se intente retornar a aquellos tiempos, los nuevos tiempos se imponen? Yo tengo mis dudas. Aunque lo que sí puedo asegurar es que esta tradición no está del todo muerta y que este 7 y 8 de diciembre en más de una “purísima” sonarán los pitos en forma de pajaritos y más de una persona tendrá en sus manos un comalito con su respectiva porción de ayote en miel.