El temor de Jehová es aborrecer el mal. La soberbia y la arrogancia, el mal camino, y la boca perversa, aborrezco”. Salomón (Prov. 8:13)

Las relaciones de América Latina con los Estados Unidos, si hay gente digna, si hay autoestimas nacionales saludables, si en verdad las naciones admiran a sus héroes y próceres, y reconocen como principio fundamental el Acta de Independencia de cada República y el Derecho Internacional, deben ser de cooperación, no de sometimiento; de paz, no de guerra.

La lucha del pueblo estadounidense contra el Imperio Británico fue eso: lucha; una emancipación de las cadenas inglesas. Los colonos lo hicieron por un mundo mejor, por un comercio justo entre las naciones, por la libertad. Contaban con todo el derecho del mundo a decidir su destino. Su ideal era tan moral y legítimo como en América Latina: dar la batalla por el Nacimiento de una Nación.

Entonces, George Washington, Thomas Jefferson, John Adams, Benjamín Franklin, Samuel Adams, Thomas Paine…, no se les consideró tiranos de las colonias, ni bandoleros. Fueron elevados al venerable pedestal de la gloria, al ser declarados Padres Fundadores de los Estados Unidos.

La enorme ventaja de ellos es que en el siglo XVIII no existía la OEA ni el asesinato de la reputación. El Reino Unido no contaba con CNN ni una cadena de periódicos protervos, ni  en el resto de Europa operaba la enorme fábrica de infamias impresas y en alta resolución de lo que en el siglo XXI devino en una nociva plaga bíblica que como la Oruga, el Saltón, el Revoltón y la Langosta van delante de sus potentados, devorando países, soberanías,  liderazgos nacionales, avances sociales, instituciones democráticas…

Cuando el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, celebra “la renuncia del presidente de Bolivia, Evo Morales”, que manda “una fuerte señal” a los gobiernos de Venezuela y Nicaragua, “allana el camino para que el pueblo boliviano haga oír su voz” y “estamos un paso más cerca de un hemisferio occidental completamente democrático, próspero y libre”, es una deplorable contradicción en términos históricos con la misma Revolución que produjo la Independencia de los Estados Unidos.

Los ISIS de América

Las turbas violentas de Bolivia que no aceptaron el voto de las mayorías no son el pueblo que “deja oír su voz” ni van por el camino civilizado de la Democracia.

Los terroristas desalmados que secuestraron con intenciones criminales y vejaron a familiares de ministros, magistrados  y diputados para presionar la renuncia del Gobierno Constitucional y de los Poderes del Estado, no son el pueblo que “deja oír su voz”.

Ni Mesa ni Camacho, ni los ejecutores de ultrajes, torturas y persecución a ciudadanos que defienden la Democracia, ni el sicariato, son el pueblo que “deja oír su voz”.

La derecha destructiva y pirómana que pagó para quitarle la vida a Evo y devastaron edificios públicos y otros bienes estatales y saquearon casas de funcionarios públicos, lo que menos quieren es “un hemisferio occidental completamente democrático, próspero y libre”.

Los militares y policías que se rebelaron contra el poder civil, atropellaron la Constitución  y faltaron al deber por el cual se juramentaron, no fueron electos por nadie. Se enrolaron en el cuerpo marcial con funciones pagadas y bien definidas por las leyes del país, y que se sepa, los cuarteles no están por encima del bien ni del mal; no son recintos comiciales; las cajas de municiones no son urnas, ni las balas, votos, ni el Estado Mayor el Tribunal Electoral.

A menos que el fascismo haya cambiado las reglas de la Democracia, tampoco los rangos militares ni los fusiles otorgan ninguna facultad legislativa, ni judicial, ni electoral, ni ejecutiva para disolver un mandato emanado de la voluntad ciudadana.

Jefferson, Franklin o Paine, en ningún momento de la fundación de los EEUU, consideraron que el amotinamiento y la insubordinación en las filas militares y policiales son parte de una conducta virtuosa, peor, que sean defendidos como procedimientos democráticos y constitucionales. Al contrario, hoy, los uniformados acaban de fusilar a la Democracia.

Exaltar como “demócratas” a la derecha fascista sanguinaria que pretende asaltar a nuestros países, izando la esvástica de Hitler en el asta de la intolerancia, el racismo y el desconocimiento a la Constitución, es glorificar el retorno a la barbarie de Stroessner, Somoza, Trujillo, Pinochet, Duvalier y sus abominablesTonton Macoute.  

Ojo: el surgimiento de envalentonadas hordas fascistas en América Latina es lo que para Europa, África y Medio Oriente constituye el aterrador Estado Islámico.

Falso amor

La falsa y repentina “solidaridad” ante la crisis que vive el país andino por parte de los negociantes de la prensa venal, de gobiernos de derecha, de organismos internacionales, de falsos cristianos como el cantante Ricardo Montaner, no es con la Bolivia Plurinacional. Es el respaldo a la destrucción del Estado de Derecho que tanto invocan para otras naciones. Es negar la voluntad popular. Es aplaudir la feroz represión contra los verdaderos demócratas que resisten a los últimos gorilas de América.

Si todos estos individuos que dirigen gobiernos y organismos realmente fueran solidarios y preocupados por Bolivia, lo primero que hubieran hecho es trabajar con un solo objetivo humanista: que esta nación contara con una salida al mar.

El éxito o el revés electoral son transitorios. El encierro de una nación, que es la violación perpetua de los Derechos Humanos de Bolivia, no. Tras el saqueo de la plata de Potosí, hace 140 años a los bolivianos le encogieron su mapa: perdieron casi la extensión territorial de Nicaragua, y 400 kilómetros en la Costa del Pacífico.

Un sano interés por el destino de Bolivia –no el cálculo politiquero, ni la patraña mediática–  pasarían por facilitarle una entrada al mar. Pero aquí se consuma un crimen más: no contentos con cercenarle la brisa marítima, sus puertos y playas, y negarle sus probables ciudades porteñas, se les niega otra vez el acceso a la Democracia.

No se puede desconocer un proceso electoral por alguna irregularidad, si acaso la hubo. Más sufrió el sistema electoral de los Estados Unidos en Florida, cuando la victoria le fue arrebatada al consistente demócrata de tiempo completo Al Gore, en un Estado gobernado por el hermano del candidato presidencial George W. Bush. Y no hubo OEA ni Unión Europea que se rasgaran las vestiduras, como ahora, ante el dudoso “triunfo” del republicano.

A ninguna monarquía o gobierno extranjero le compete decidir en los asuntos nacionales de un país, respaldar a grupos sedientos de poder y sangre; a turbas violentas, fascistas y antidemocráticas (valga el dilatado pleonasmo), menos justificar un Golpe de Estado, premiar y exaltar la Prevaricación de las autoridades policiales, militares y de la minoría del Congreso que fabricó una “presidenta”.

Jorge III: “Los golpes decidirán…”

Ni Jefferson o Washington, Franklin o Adams, en caso de ser bolivianos o venezolanos, argentinos o mexicanos, estarían felicitando al rey Jorge III por la amenaza esgrimida en noviembre de 1774 contra los colonos que luchaban por la libertad de los Estados Unidos. Menos que legitimaran la agresión imperial británica que el monarca cumplió al pie de las armas, los cañones y la letra de su vil frase que desde entonces ya recordaba el futuro de América Latina y El Caribe:

“Los golpes decidirán si han de ser súbditos del país o independientes”.

En abril de 1775 empezaron los enfrentamientos armados. Para el rey inglés, Massachusetts era la Cuba actual. Y Boston, por lo tanto, La Habana.

“Como el gobierno británico estaba convencido desde hacía tiempo de que Boston era el centro de los disturbios, creyó que aislando y castigando a esa ciudad portuaria se socavaría de forma fundamental toda la resistencia colonial. Las Leyes Coercitivas de 1774 (tatarabuelas jurídicas de la Ley Helms-Burton, Nica Act, etc.) descansaban sobre ese supuesto y las acciones militares británicas de 1775 fueron  simplemente una continuación lógica del mismo supuesto”, escribió Gordon Wood en “La Revolución Norteamericana”.

Los colonos las calificaron de “Leyes Intolerables” porque las dictó el Imperio “para violar sus derechos naturales” y, además, anexaban una nueva violación: el derecho a gobernarse (Enciclopedia del Derecho, Leyderecho.org.).

Mientras Inglaterra arremetía salvajemente contra las 13 colonias, Paine y Jefferson en cambio “preveían una sociedad republicana que se mantenía unida únicamente por el afecto natural de las personas, del mismo modo imaginaban un mundo unido por los intereses naturales de los pueblos en el comercio. Tanto en la esfera nacional como en la internacional, eran la monarquía y sus instituciones intrusivas y hábitos monopolistas las que impedían la armonía natural de los sentimientos e intereses de los pueblos”, expone Wood.

(Por intrusivo, la Real Academia Española entiende: “Apropiarse, sin razón ni derecho, de un cargo, una autoridad, una jurisdicción”).

El espíritu del pensamiento de Paine y Jefferson fue la base del Congreso Continental de Estados Unidos para regular las relaciones entre los pueblos del mundo y legislar el comercio internacional.

John Adams, otro Padre Fundador de los Estados Unidos, se encargó de redactar el Modelo para las Naciones, y que al ser observados honradamente “pondrían fin  para siempre a las guerras marítimas y harían que todas las marinas de guerra resultaran inútiles”.

“De ello se desprende que en los aranceles y restricciones comerciales a los extranjeros  debían ser tratados igual que los de la propia nación. Incluso, en tiempos de guerra, había que mantener el comercio. Las naciones neutrales debían tener el derecho a comerciar con las naciones beligerantes y llevarles las mercancías; era el derecho expresado en la frase ‘buques libres hacen mercancías libres’” (Woods).

¿Cuánto se ha distanciado Washington de Washington, de Paine, de Jefferson, de Adams…?

Héroes, próceres, Padres Fundadores, Actas de Independencia, himnos…, no solo son símbolos, ni efemérides de rutina, ni historia “antigua”: son valores.

Las razas no definen el prestigio de una Revolución por la Libertad. Un héroe blanco, anglosajón y protestante no es ni superior ni inferior a un patriota latinoamericano o caribeño, sea criollo, indio, mestizo, negro, mulato, zambo... Las diferencias son de tiempo: si la Revolución por la Independencia en los Estados Unidos es un hecho, en Latinoamérica es un proceso, algo que no han dejado acabar como se vio el 10 de noviembre: este es un libro que aún le faltan muchas páginas. Y Bolivia es un capítulo inconcluso en la Historia.

Bien dijo el ex vocalista de Pink Floyd, Roger Waters: Evo, “Llevaste la democracia hasta cada rincón de tu tierra y por eso mismo, ahora intentan despojar a tu pueblo, por la avaricia”.

Esa Bolivia de Álvaro García Linera, el decoro encarnado, nada tiene que ver con el programa de la doctora Polo. No es un caso cerrado.