¿Quiénes desgraciaron a Nicaragua?

Los Díaz, los Chamorro, los Somoza, los Alemán y los Bolaños –disculpen el patético pleonasmo del atraso –, son la realeza y/o capataces de visiones miserables con su corte de empresarios primitivos que garroteaban el país; élite de angostas y escasas carreteras como su presupuesto de lástima a la Educación; jerarquía de calles atravesadas donde aún cabalga su concepto hípico del Estado Nación; rémora hegemónica de economía aldeana y de lagos degradados en albañales; puentes, rotondas y fuentes que insultaban la arquitectura…

Lamentables prosapias. Parece que el diablo no solo se esmeró en concentrar a sus vástagos en este pequeño país, sino en generar su propio V.I.P. dentro de la oligarquía: los Caínes de grueso calibre.

Sus “obras de regreso” hablan por sí solas. En casi 200 años, nunca lograron levantar la patria a la altura que se merecía. Acomodaron sus privilegios y altos cargos al malhadado atavismo político, religioso y cultural de ser “patio trasero”.

Nicaragua no es de su talla. Les queda demasiado grande. Por eso “al país hay que cerrarlo”. Tal es su brutal irresponsabilidad, acicalada de “defensa de la democracia contra Moscú”, un viejo estribillo del somocismo que, bajo el amparo de siete presidentes de los Estados Unidos, de Roosevelt a Ford, le funcionó muy bien para imponer la dictadura más sanguinaria del continente americano.

Pensábamos que con el tiempo, una nueva generación podría limpiar algo de las atrocidades consumadas por las perversas estirpes que han asolado el país. Y se dedicarían a reparar el daño provocado al pueblo, a la economía, a la cultura, a la historia y a la decencia. Pero no es así. Es peor aún: en este siglo XXI es cuando más envenenados que nunca quieren restaurar, intacto, el organigrama de la vileza.

La historia testimonia que del Chamorrato y Cía. proviene el vendepatria químicamente puro. Es congénito, aunque a veces puede haber alguna “oveja descarriada” en el pérfido hato.

Su abominable legado incluye al primer presidente que inauguró la rapiña de Estado. Incluye su vasto enriquecimiento que dejó bien blindada económicamente a la progenie que se las pica de honorable, santa e inmaculada. Incluye un proverbial desprecio al talento y la inteligencia de los hijos del pueblo como Rubén Darío. Incluye un fervor parroquial al yugo colonial. Incluye cuartelazos y lomazos, y últimamente, por si fuera poco, un fracasado pero sangriento Golpe de Estado, con Mano Blanca incluida del Movimiento del Rencor Somocista.

Todo lo que por alguna razón tocan o se les encarga a estos descendientes del ocaso, lo desbaratan, así sea desde una empresa de cualquier cosa, pasando por el importantísimo tren nacional y un periódico, hasta lo más grande y glorioso de un país: la vida, la soberanía y la libertad.

                                       El blasón

Con el afán de glorificar los anales funestos, inventan “fundaciones”, oenegés y editoriales desde donde pontifican lo que jamás se han molestado en practicar. Porque la casta se considera divina y, por ende, encima de las leyes, pues estas se hicieron, según ellos, para los apellidos de planilla, no para los de “sangre azul”.

Se creen inmunes, porque su ancestral expediente delictivo ha quedado en la impunidad. Si se les aplicara la ley, ellos que cínicamente invocan el Estado de Derecho, gritarían que una “dictadura los persigue y los reprime”. Si la sociedad invocara la justicia por la barbarie acumulada durante tres siglos, o su “resumen ejecutivo” de tres meses en 2018, clamarían que “les cercenan las libertades” y “les violan los derechos humanos”.

Aunque algunos de la sucesión pueden declararse con derecho, inocentes, en otros se perpetúan ostensiblemente los Diego Manuel y Emiliano Chamorro, quienes se repartieron el oficio ignominioso de apurar, cada uno por su cuenta, los tratados Chamorro-Weitzel y Chamorro-Bryan.

Diego Manuel Chamorro escribió con urgencia, en 1912,  una solicitud a Washington que exhibe con intensidad el Blasón Chamorro, reafirmado con pasión, 106 años después, por la estirpe: “Mi gobierno desea que el gobierno de Estados Unidos garantice con sus propias fuerzas, la seguridad y la prosperidad de los ciudadanos norteamericanos en Nicaragua y haga extensiva la protección a todos los habitantes de la república”.

Por si alguien dudara que fue el arrebato de un solo Chamorro, sin el quorum heráldico, el general Emiliano Chamorro ya se había entrenado con las espuelas hidalgas –no confundir con escuelas– de su destino histórico: ensillar su Escudo de Armas sobre el Escudo Nacional. En ese mismo año apoyó al presidente Adolfo Díaz para pedir la intervención militar de Estados Unidos.

La muerte del general Benjamín Zeledón tiene este desdichado origen: el deleznable culto a la traición de su propio país por unos denarios más.

El precio de Nicaragua fue, finalmente, tasado en familia: el caudillo conservador  estampó su rúbrica con la del Secretario de Estado, William Jennings Bryan, el 5 de agosto de 1914. Y, como si nada hubiese pasado, Emiliano Chamorro también respaldó, 20 años después, la traición y el horrendo crimen cometido por Anastasio Somoza García contra la humanidad del General Augusto César Sandino.

Dos magnicidios que van a la cuenta de la prosapia –en medio de un baño de sangre del pueblo– y uno fallido: el que alentaron con vehemencia contra el presidente Daniel Ortega Saavedra en 2018.

Quizás para mantener la letra menuda de la tradición de que sean otros los que perpetren sus macabros planes, no se oyó una voz que calmara a los encargados de sus alcantarillas en las redes sociales, medios de desinformación y los tranques. (Vaya “coincidencia”, ese era el empleo municipal del viejo Tacho Somoza en León, antes de ascender socialmente al casarse con una dama de la aristocracia metropolitana).

No contento con semejante historial maldito,  Emiliano Chamorro demostró, en 1950, lo que es capaz de realizar la oligarquía con tal de no perder los beneficios del poder, aunque tenga que arrasar con su propia nación: se alió con el autor material del asesinato de Sandino para sellar el denominado “Pacto de los Generales”.

                         ¡Aleluya al Imperio Mexicano!

En 1822, un cura párroco de la Granada señorial bendijo al flamante emperador de México, Agustín de Iturbide. Y, posteriormente, defendió durante sus misas, las “virtudes teologales” de ser colonia por los siglos de los siglos, amén. Así ungió la anexión de Nicaragua, integrante de las Provincias Unidas de Centroamérica, al poder extranjero. Con tal de que fuera un imperio, el resto no importaba.

Da “la casualidad” que el tal “sacerdote” era ni más ni menos que José Antonio Chamorro. Y también da “la casualidad” que inauguró el pseudo periodismo con el primer pasquín atiborrado de aleluyas a la injerencia extranjera, al punto que su línea editorial permanece inalterable 197 años después: un mismo pasquín, un mismo linaje.

Carlos Tünnermann, en sus últimos años de sensatez, denunció que el panfleto de marras “defendía la anexión al Imperio mexicano, que fue la posición de la élite conservadora y reaccionaria de Centroamérica” (La contribución del periodismo a la liberación nacional, Pg. 34, marzo de 1981).

Como dicen, por la víspera se saca el día. Los “patricios” y sus hijos de casa han estado al servicio de la mentira, la calamidad, la muerte y el colonialismo. Las últimas evidencias están muy fresca en el ambiente al intentar, en su deriva antidemocrática,  demoler con violencia la Constitución y las instituciones de la República.

Impusieron su efímera dictadura fascista desde los tranques con armas de guerra y de alta precisión. El saldo trágico: destrucción de la vida, de la infraestructura, de la economía; el cercenamiento de las libertades y la artera difusión de patrañas para justificar sus crímenes de odio. En solo tres meses la potestad diabólica, expresa e impresa, que les ha poseído desde el siglo XIX, casi devuelve al país a los peores años bajo su fatídico señorío.

Si este desastre, prolongado a lo largo de los siglos, es parte de sus atributos, cuando de construir algo se trata, lo que sobresale es lo grotesco, lo desagradable, lo disforme. Es como si de alguna manera, su linaje, su pensamiento y su historia se asomaran a través de sus horrendas “obras” que ilustran su falta de amor a Nicaragua.

El primer y único paso a desnivel que lograron hacer, el de la Carretera Norte, fue ejecutado sin dignidad alguna. Aparte de los totopostes del Paleolítico temprano (Chamorro y Alemán, 1990-2001),  fue “la obra cumbre” del Paleolítico tardío (2002-2007) que llegó a su fin con Enrique Bolaños.

Eran los tiempos en que la horda de Neandertales obedecía a los que consideraban los únicos “Homo sapiens” de Nicaragua: los titulares de la Embajada de los Estados Unidos Oliver Garza, Paul Trivelli y Robert Callahan.

El tal remedo de puente constituye, además, un monumento gris de la Edad de Piedra a la clase de gobernantes que ha padecido Nicaragua, y un triste recordatorio: que si la Democracia los desaloja, se lanzan a recuperar el poder a como sea, desde las cavernas de los tranques.

No es de balde que lo más apagado de los funcionarios de aquella oscuridad, literal y del alma, haya preparado el frustrado golpe de Estado del año pasado.

Ahora, al comparar los puentes a desnivel de Las Piedrecitas y el Siete Sur con Portezuelo 2004, es palpable que se ha dado un paso espléndido a otro nivel, y muy superior. Esta diferencia no solo es estética, funcional y arquitectónica: es un tributo de querencia y respeto a Nicaragua.

Y si aún algunos no ha logrado leer en concreto armado su significado simbólico –ampliado por el mejor parque de béisbol de América Latina, el Estadio Nacional Dennis Martínez–, estas infraestructuras nos alejan de la Edad Paleolítica de la casta para entrar con la frente en alto en el Siglo XXI nicaragüense.

Si vamos al Paleolítico temprano, veremos crudamente la filosofía de la casta divina: ya que las paralelas históricas descarrilaron el desarrollo de Nicaragua, ¿qué sentido tenía extender las paralelas de hierro que movían casi una tercera parte de la nación?

Por eso el gobierno Chamorro decidió desconectar el país y destruir –¿y qué más saben hacer?– el Ferrocarril del Pacífico de Nicaragua. No les dio la jupaen aprovechar lo poco que había y ampliarlo no al Caribe –eso sería mucho pedir a la incapacidad organizada– sino al Empalme de San Benito… por lo menos.

Inaugural atraco al erario

¿En qué se ha beneficiado Nicaragua con esta gavilla de “nobles” sin nobleza de espíritu y sus arrimados que, a falta de pedigrí, orgullosos exhiben el fierro de los que han desgraciado el país?

El gobierno Chamorro instaló una Gran Piñata a costa de los bienes de la nación. Uno de sus instrumentos idóneos para desmantelar el Estado en favor de su clase, fue la Corporación Nacional de Empresas Estatales, Cornap.

Los jerarcas del chamorrismo se llenaron la boca de que actuaban con “transparencia”: que la AID y el BID tutelarían las licitaciones públicas y evaluarían las ofertas “para evitar la discrecionalidad y el favoritismo”, pero dieron rienda a su material genético.

Veamos. Entre 1875 y 1879, Pedro Joaquín Chamorro es el Jefe de Estado de Nicaragua. El historiador Aldo Díaz Lacayo refiere que mediante la emisión de bonos del tesoro, PJCh incrementó la deuda pública nacional para financiar obras de infraestructuras, que a diferencia de sus descendientes, sí las llevó a cabo, “pero que le permitieron enriquecerse: él fue el primer Presidente en la historia del país que utilizó la influencia de su cargo para enriquecerse, comprando legalmente (…) los bonos del tesoro a precio de mercado, bastante inferiores a los nominales” (Gobernantes de Nicaragua, 2002, Pg. 76).

117 años después del atraco chamorrista al erario, los Cuadernos de la Comisión Económica para América Latina y El Caribe, Cepal, revelaron el verdadero objetivo de la Cornap, como muestra de lo que la alcurnia hace y deshace cuando dirige el país… a la calamidad.

“…las propiedades (nacionales) vendidas por el gobierno (de Chamorro) a empresarios privados tenían un valor real entre 155 y 833 millones de dólares; es decir, hasta 32 veces más del valor reportado por la Cornap. Se critica, además, el hecho de que el informe oficial omitiera los nombres de los compradores de los bienes subastados” (Historia de Nicaragua, Frances Kinloch, 2012, Pg.343).

Esta es apenas parte de la naturaleza infame de los “ilustres” empecinados en arruinar nuestra patria que, a partir de 2007, empezó a erguirse con la estatura magnífica de una República de verdad, una economía robusta, libre de los viejos pecados ideológicos de los 80, la poética recuperación escénica de Managua, transformada en una tarjeta postal viva con un casco histórico deslumbrante. Ah, y un Xolotlán por fin sin una población al revés a como la había dejado la derecha paleolítica: dándole la espalda al lago.

Por eso y más, la mediocridad en pleno odia a los descendientes patrios del General Sandino, que lograron, además, la inédita proeza de unir, con una carretera de primer mundo, el Caribe con el Pacífico.

Estrenar la soberanía con todos estos contenidos de porvenir no significa una declaración de guerra a nadie. Tampoco pasar de una democracia muerta a una Democracia Viva –hay incluso un Memorando de Entendimiento con la OEA para perfeccionarla– pone en peligro la seguridad nacional de ningún país, mucho menos a Estados Unidos.

Sin embargo, en el colmo de la miseria humana y de su trastornada devoción imperial, en vez de reconocer estos acontecimientos, y la bendición de dotar de formidables y bien equipados hospitales para pueblos ignorados por ellos como San Miguelito y Mulukukú, demandan mayores sanciones económicas.

Estas son partes de las voluminosas páginas fatales de la realeza y los abolengos menores que se resumían hasta 2007, en 289 kilómetros cuadrados de dilatada incuria: sin vergüenzas, se sentían muy a gusto desgobernando al único país del mundo que tenía el infortunio de una capital sin ciudad desde el terremoto de 1972.