Las revoluciones no son erupciones volcánicas. No explotan de un momento a otro ni se establecen automáticamente. Se llega y se hace una revolución a través de un proceso de lucha cuando esta conduce a la transformación total de un sistema que cambia desde la raíz lo establecido y da forma a lo nuevo.

De esa manera es que la Revolución Liberal del 11 de julio de 1893, a la cabeza del General José Santos Zelaya, comienza a gestarse en aquella Nicaragua de la que eran dueños feudales oligarquías geófagas que dictaban desde una casta que abarcaba impresionantes latifundios generadores de riquezas que servían para mantener el poder económico de la clase dominante, caracterizada, fundamentada e inspirada en el despotismo que ya predominaba en el viejo continente y que a base de azote, patada, insulto y denigración humana marcaban el lomo de la clase obrera y campesina que eran los primeros explotados y lacerados por aquellas estructuras que eran la expresión más cruda de la bestialidad.

Hace 126 años el nicaragüense de la época vivía en el más completo oscurantismo, con ansias de salir del estado de postración social en que vivía bajo los gobiernos conservadores, los mismos que se jactan de los famosos 30 años de paz en que el país prácticamente no existió porque nunca pasó nada, donde no hubo un solo alfiler que mostrar como muestra de desarrollo.

Ante tanta oscuridad surgió el faro lumínico de la Revolución Liberal enarbolada por José Santos Zelaya, rodeado de la nueva sabia intelectual del momento para sacar al pueblo de la ignorancia llevando escuelas hasta en los más remotos lugares en lucha contra el analfabetismo y el atraso cultural que era tan severo que muchos no sabían que el territorio donde habían nacido era Nicaragua.

La revolución liberal que explota en León el 11 de julio y hace su entrada triunfal a la capital el 25 de julio de 1893 trayecto donde las batallas fueron cruentas y sostenidas, fue una respuesta contundente al atraso y se convirtió en un acontecimiento al que la inmensa mayoría se sumó porque representaba la redención y la esperanza.

Aunque el Partido Liberal existía desde mucho antes de la revolución de 1893, fundado por Máximo Jerez en 1852, fue con el General José Santos Zelaya que esta ideología se perfila doctrinariamente desde una visión de progreso y desarrollo, tan acelerado, que Nicaragua efectivamente comienza a ser revolucionada y a tocar los feudos que se habían atrincherado en el enriquecimiento y que obviamente comenzaron a fraguar los varios movimientos contrarrevolucionarios que el caudillo liberal tuvo que enfrentar teniendo a los Estados Unidos como su principal amenaza externa.

El gobierno de Zelaya pretendió modernizar y revolucionar el Estado de Nicaragua mediante los conceptos liberales plasmados en la Constitución “la Libérrima”, que propiciaba con decisión la unión centroamericana y facultaba al ejecutivo a buscarla con los tratados que creyera necesarios. Aquella revolución sería republicana, democrática y representativa. El Estado garantizaría las libertades ciudadanas: no ser arrestado sin orden judicial, no prisión por deudas, libertad religiosa sin protección para ninguna religión y el establecimiento del estado laico. Además, era esencial la educación gratuita y obligatoria para la primaria, abolición de la pena de muerte, matrimonio religioso hasta después del civil, divorcio permitido, secularización de los cementerios, libertad de prensa, respeto a la privacidad de la correspondencia, libertad económica, libertad de enseñanza, respeto a la propiedad y a la propiedad intelectual; sistema legislativo unicameral, obligatoriedad de votar, voto directo y secreto. Todo fue recogido por la “Libérrima”, no todo se cumplió, porque Zelaya no solo gobernó, sino que además tuvo que destinar tiempo para enfrentar agresiones internas y externas que solo años después de muchas batallas lograron sacarlo del poder, pero solo para convertirse en el primer eslabón de un nacionalismo que hicieron propio Zeledón y Sandino hasta nuestros días.

Este 11 de julio los liberales celebramos el 126 aniversario de la revolución de 1893 y lo hacemos sabiendo de que no todos los liberales que dicen serlo, lo son. El liberalismo de esta nuestra época contemporánea es en realidad una línea de pensamiento que está más aproximada al conservadurismo porque se palpa en las siglas que dicen representarlo una resistencia vergonzosa al progreso porque si el liberalismo es evolucionista estos que ahora se dicen de “hueso colorado” son en realidad retrógrados que se prestan a hacerle el favor a los que hoy quieren destruir la Nicaragua de liberales como José Santos Zelaya, de Benjamín Zeledón, de Augusto C. Sandino, de Rigoberto López Pérez y de otros grandes pro hombres que fueron parte de esa cadena de pensamiento que hoy nos tiene en la coyuntura de una revolución que como la de 1979 está coronando en éste mismo mes de julio 40 años actualizando los principios de la revolución liberal de 1893 y construyendo otros de la mano de sus mejores hijos.

Es simplemente lamentable que esos que por llamarse de alguna forma se dicen liberales no tengan una formación doctrinaria e ideológica que les haga ver que sus actitudes niegan lo que en realidad es el liberalismo. El liberalismo es un pensamiento para gente con visión de gigantes y no encaja en el enanismo mental de quienes jamás comprenderán que es una expresión concreta de la sed humana por el bienestar propio y ajeno.

El liberalismo es una recta lanzada al infinito, pero algunos cabecilla que dicen representarlo en algunas siglas lo que han hecho es alejarlo del interés de los nicaragüenses porque se atrincheraron en ambiciones y protagonismos que hoy en algunas convenciones o reuniones de club que se harán, terminarán minándolo más porque se les olvidó ser liberales; porque son las parte de las nuevas oligarquías y de los malos nicaragüenses que se coluden con el extranjero; porque actuando como conservadores se volvieron lacayos nacionales; porque hoy son absolutistas que creen que la verdad y la ley es solo de los manda más; porque se quedaron habitando el mundo de la corrupción sin ser capaces de pedir perdón por el daño que hicieron cuando se pusieron al servicio del mismo imperio que sacó a Zelaya del poder y que asesinó a Zeledón y a Sandino.

126 años después de la Revolución Liberal del General José Santos Zelaya aún quedamos liberales doctrinarios que creemos en la transformación de la sociedad y por esa misma razón los cuadros que pertenecemos al Movimiento Liberal Constitucionalista Independiente, que es una esponja que recibe en su seno a los verdaderos talentos del liberalismo, apoyamos la propuesta de paz y desarrollo de la revolución de 1979, la tierna que arriba a 40 años este 19 de julio y que todos los días avanza hacia una propuesta de reconciliación nacional que nos conduzca a todos a marcar rutas tan profundas de esperanza que ya son imposibles de borrar porque se calaron aprendiendo de los errores, pidiendo disculpas por los desaciertos y evitando toda ruta que nos pueda volver a llevar a ellos.

El liberalismo nicaragüense no tiene nada que ver con siglas contaminadas con el odio porque el liberalismo no destruye, no mata, no tortura, no saquea, no saquea el erario nacional. El liberalismo es puente, es suma y multiplicación de esos valores dispersos de los que ya nos hablaba otro gran liberal, nuestro poeta inmortal, Rubén Darío.

 

QUE DIOS BENDIGA A NICARAGUA.