En línea recta hacia el oriente, a sesenta kilómetros de Matagalpa y mil seiscientos metros de altitud, bajo la lluvia y la neblina, está el cerro Pancasán. Por ahí: no demasiado lejos del agua, ni demasiado cerca del cielo, se levantan los campamentos guerrilleros.

El grupo armado es débil en fuerzas vivas y en volumen de fuego. Son todos soñadores, estudiosos de teoría revolucionaria, jóvenes, místicos, radicales, alegres y limpios. Del arte militar, la verdad, no saben mucho.

Gladys Báez estaba en una casa de seguridad, en Managua, cuando se le ordenó marchar a la montaña. Desde hoy se llamará Adelita y será la primera mujer en la guerrilla de Nicaragua.

Gladys-Adelita se va pa’ la montaña. La acompañan Eulalio, Chico Chiquito y Daniel. En una cuesta grande, quizá por pericada, primero al suave y luego a todo tren, el jeep se va de espaldas. Metele freno, compa. El freno no funciona. Echale la doble. ¡Qué doble, si no tiene! Enrollate a la derecha, hermano… ¡Eso nunca! No ves que soy de izquierda, que yo soy Sandinista por gracia de Diooooos. ¡Fungún! ¡Parangangán! Al fondo del abismo, los detiene un árbol. Todo el mundo está herido; Gladys-Adelita, sin un razguño. De entre aquellas chatarras emerge, con su sonrisa intacta y sus trenzas de campesina chontaleña. “Si Adelita se fuera con otro, la seguiría por tierra…” ¿Y, por tierra, cómo, si este chunche no anda?

Gladys-Adelita, se esconde la carga entre el ombligo y el cinturón. Queda preñada de cartas y documentos clandestinos. Y a la montaña van, a paso de mujer panzona y de marido cojo, junto a Juan Pueblo. Cuando los detiene la Guardia, ella se mete los dedos en la garganta y vomita embarazadísima. Los guardias, burlados, siguen su camino. “Si por mar en un buque de guerra…” ¿Y para qué seguirla en buque, si el mar está por el diablo…?

Pero Daniel Ortega la sigue, por el difícil camino de la montaña. Allá donde Carlos Fonseca y Tomás Borge se disfrazan de espadillo y de mozote. Allá donde habrá de convertirse, en la legendaria sandinista que es. Allá donde Silvio Mayorga se atará a sus trenzas guerrilleras, hasta la victoria o hasta la muerte. Porque a Gladys Báez hay que seguirla. Seguirla por tierra y por mar.