Debía admirarlo mucho, porque lo pintó en la cumbre de su talento de ángel, un ángel además con “los ojos más tristes del mundo”, como dijo de él la hija de Chagall.

Así contemplé el retrato de Tomás Borge en una tela de Oswaldo Guayasamín, y así vi al Pintor de Iberoamérica en la casa del Comandante. Un artista del tamaño de los Andes, tan sensible, lleno de Izquierda y llevado por los vientos del pueblo.

El Comandante de la Revolución Tomás Borge Martínez no era “del Frente”, él mismo era el Frente Sandinista, desde el nacimiento de esta organización mordida por la soledad en la más severa clandestinidad, hasta que el amanecer volvió a dejar de ser una tentación.

Guayasamín me dijo el 8 de agosto de 1989: “Un cuadro es la unidad de muchas cosas, experiencias en la vida, el mundo que a uno le toca vivir, actitudes humanas, todo lo que es amor y recuerdo, pero también las ambiciones del futuro”.

El Comandante creía en la Revolución lo mismo que Rubén Darío en la irreverencia de las normas que anquilosaban el idioma para liberarlo. Y, seguramente, hasta hoy, los teóricos de escritorio que cuestionan la Izquierda del FSLN, no lo tendrán en su propio santoral, pero el inmenso de Guayasamín lo unió a su galería personal con Pablo Neruda, Fidel Castro, Mercedes Soza, Atahualpa Yupanqui, Gabriela Mistral…

Había en él una fidelidad de tiempo completo a la lealtad, aunque pueda sonar a pleonasmo. Aun con aquellos que le rodearon y lo festejaron en los días del poder y la gloria, para volverle las espaldas después de febrero de 1990, no se precipitó a condenarlos.

De un intelectual que pasó sus años en el exterior sin padecer en carne propia el asedio al Gobierno Sandinista, le reservaba su estima, no así a su espectacular salto de garrocha desde la izquierda hasta el otro extremo de la derecha y unas cuadras más. Una noche cálida, durante una recepción, aquel personaje ni siquiera le correspondió el saludo, faltando a la más mínima educación. Al prosista le dolía la amistad derrotada por el cálculo.

El desfile de la ingratitud

El Comandante Borge no lograba entender esa complejidad humana, no por falta de sabiduría sino por el tiempo, pues la ingratitud desfiló casi en orden marcial. Y entre ellos, ciertos portaliras Dirección-Nacional- ¡Ordene! en estado puro en los 80. El Día Después seguramente enseñó que una Revolución de verdad siempre necesita Revolucionarios de verdad.

Al Comandante Borge no hay que mitificarlo, porque era un hombre con sus virtudes y los errores de todo efímero sobre esta Tierra. Tocado por la historia, parece que al enfrentar a los Somoza no lo hizo pendiente de qué escribirían los historiadores o plasmaría el espléndido esteta de Huacayñán.

Tal vez coincidía con Fidel Castro: “Considero que un revolucionario…, envuelto en la esfera de una revolución, no puede pensar ni en la gloria ni en la historia”.

Por esas cosas de la vida, cuando estaba en Guatemala donde era legislador del Parlacen, vio a un tipo alto en el ascensor. Este le quedaba viendo y él tampoco le quitó la mirada, aunque extrañado. Después de salir, uno de sus acompañantes le dijo: “Ese era Anastasio Somoza Portocarrero”, el famoso “Chigüín”. ¡Ah, carajo!”, dijo.

No había ningún destello de furia en los ojos del Comandante Borge. Ni cuando rememoraba la imagen. Y había pasado encarcelado y torturado más de dos años durante el régimen de Somoza en su última etapa.

Después de varias revelaciones en capítulos que hizo el Comandante “Cero”, como el hecho de que el Comandante Borge esperaba que un comando de la Tendencia Guerra Popular Prolongada se tomara el Palacio Nacional, el poeta de Matagalpa más bien procuró un reencuentro con Edén Pastora. Lo llamó “hermano”, poniéndole como punto final a aquellas diferencias de los años 70, la peña más enorme del Río Grande.

“Tomás no hablará”

Lo del perdón nunca fue una pose personal: él mismo era un poema contra el odio. Perdonó a su torturador y se liberó para siempre del deseo de las almas carcomidas por el rencor: la venganza.

El hecho que guardó para siempre como el día de su más alta condecoración de revolucionario fue cuando los militantes del FSLN en una casa de seguridad, donde estaba Carlos Fonseca de paso a la montaña, querían otro refugio. El luchador histórico había sido capturado. El líder dio la orden que desmontó la tensión y limpió de adrenalina el día: Tomás no hablará. Quédense.

Algo o mucho llegó a ver Guayasamín en Tomás para retratarle, porque para hacer una obra de arte, de acuerdo al pincel mayor de sus conceptos, él mismo se revelaba en cada trazo. El autor de “La Edad de la Ira” me dijo: “El cuadro es el resumen de la vida. Entonces, si soy un hombre de izquierda se reflejará directamente. En mis cuadros se refleja la actitud de un hombre progresista: creo en el socialismo… es el futuro de la humanidad”.

Quizás una descripción del Comandante la diera el Borge escritor de “La Paciente Impaciente”, hablando de otro: tenía “el corazón tan grande como una manada de toros”.