Nuestra vida cotidiana, o expresado de otra forma: nuestro mundo lingüístico cotidiano, flota en un constante oleaje donde son permanentes los actos de palabra que, sin que nosotros lo percibamos, fundamos como hablantes un orden socio-político. Así, debemos ser cuidadosos del ámbito de cada palabra, cualquier engañoso sentido puede hacernos caer en un agujero más hondo que en el que cayera Alicia en el país de las maravillas: el neo-totalitarismo orwelliano de las fake news es un ejemplo, pues como decía Elias Canetti en su inabarcable libro, La consciencia de las palabras (1975): “el escritor debe ser custodio del sentido de las palabras y custodio de la metamorfosis”.

Por consiguiente, he visto como una palabra puede desvirtuar el sentido de toda una realidad, pues ellas graban en la piel de las cosas algo del tiempo que pasa. Pongo como ejemplo la palabra exilio. Si nos adentramos en su étimo observaremos que es un fenómeno de los más antiguos, pero que todavía persiste en la modernidad.

Un libro como Danubio de Claudio Magris, enseña que el hombre sigue el curso de un río que nunca acaba, que a su paso va borrando cada cruce de frontera. Las esculturas de Giocometti representan el hombre caminando en la soledad del exilio. Joven, exilio era para mí los duros meses que Cesare Pavece vivió en su confinamiento político en Calabria. La palabra exilio entrelaza toda la vida de José Martí. Exilio significa también todos esos amigos que conocí en Rusia y después en Francia, verdaderos exiliados que venían huyendo de las dictaduras que por ese entonces asolaban Latinoamérica. Cada uno contaba una triste historia que resonaba en las cuerdas tensas de sus guitarras.

Exiliados fueron también tantos españoles que a través de valles y montañas lograron escapar de la dictadura franquista. Vallejo levantó en alto su cáliz humano pleno de palabras para acompañar a los milicianos en la batalla. Aquí cerca de nosotros, en México, pertenecieron también a ese exilio republicano dos grandes artistas: el poeta Luis Cernuda y el cineasta Luis Buñuel.

En esta misma línea de hechos, he visto y leído como los medios de la ultraderecha describen a Carlos Fernando Chamorro como un “exiliado”, un “perseguido político”, alguien a quien se le ha negado “la libertad de expresión. Mi mayor asombro es que la palabra exilio no designa, en el limitado espacio de sus aserciones, el hecho de que el conspirador se desplace a Costa Rica. Toda ésta confabulación se trata nuevamente de una narrativa tramposa que los medios derechistas quieren hacernos creer, CNN a la vanguardia. Baudrillard no se engaña y resume así este simulacro: “la realidad está condenada a la publicidad, al hacer-creer, al hacer-ver, al hacer-valer.

Nuestro mundo moderno es publicidad por esencia”. Parece que el oligarca ha conocido dos veces el “exilio”; en su primer “exilio”, dijo que su nueva condición le permitiría en adelante tener más tiempo para su deporte preferido, el buceo submarino; ahora nos habla de la creación de un frente opositor desde el extranjero, pero creo que siempre nos está hablando de su práctica conocida, “el buceo”; bucear dólares en la superficie sería ahora su primer ejercicio en mares inexistentes, con las ventajas que ese país le otorga para recibir los envíos del imperio, y así poder mantener a flote la administración de sus ONGs. O quizá está en espera de autoproclamarse –así de chiche- “presidente” de Nicaragua en el extranjero, siguiendo el guion de Juan Guaidó, escenografía que ha puesto en vilo la paz en la región por todas las maniobras anti-constitucionales que la configuran como precedente peligroso, irrespetuoso de la soberanía de los pueblos, forma última de enmascarar golpes de estado, creados por el intervencionismo ya declarado del departamento de estado norteamericano.

Chamorro, como dice Walter Benjamin en su Tesis VII, es “el heredero de los que alguna vez mandaron en la historia”, oligarca que jamás aceptará que nuestro país sea gobernado por “los sin-nombre”, él que pertenece “al cortejo triunfal de la historia”. Todas las piezas están en su lugar para ver con lucidez cada jugada: hay una empatía entre el imperio dominante de hoy y la oligarquía, que nadie pone en duda, porque siempre ha sido así a través de nuestra historia.

Un estudioso de la obra de Walter Benjamin, Manuel Reyes Mate (Medianoche en la historia), nos aclara mejor este aspecto de la Tesis VII del pensador alemán: “los protagonistas de la trama narrativa son los mismos que desfilan en el cortejo triunfal de la historia. Y esa historia, construida en empatía con el vencedor de ayer, es de gran ayuda al dominador de hoy puesto que permite mostrar el patrimonio del pueblo como cosa de familia, una familia de la que él es el legítimo heredero”. Contra esta concepción excluyente del sujeto y de un tiempo homogéneo del devenir, Walter Benjamin tiene una respuesta a cualquier pretensión de los que se creen vencedores de la historia: “Los intereses de la humanidad están mejor representados en la memoria de los sin-nombre.

A la memoria de los sin-nombre está consagrada la construcción histórica”. En este marco, debemos estar atentos al sentido de las palabras, verdaderos dispositivos ideológicos capaces de pervertir el verdadero enunciado de todo lo acontecido, es la lección que Roland Barthes nos dejara: “la Historia es escritura”.

El jefe de Confidencial, al conferir otro sentido a la palabra exilio cuyo referente en su caso designa un no-lugar, perturba y distancia aún más el espacio ya intrincado entre las palabras y las cosas, vaciando así sus fundamentos ontológicos puesto que la palabra es dadora de vida, como lo percibía Canetti.” la respiración de mi vida es la palabra”.

Quiero hacer referencia a un filósofo francés, Jacques Ranciere, nacido en 1940. Filósofo que hace de la Historia y del saber una emancipación política para que la humanidad no acepte enunciados prefijados: todo el mundo está capacitado para pensar siendo su derecho a “la igualdad de inteligencia”, por ello “la democracia es el poder de cualquiera”, pues “la igualdad es parte de los sin- parte, simplemente de la gente que no cuenta para ser contados”. La obra de Ranciere es anchurosa, abarca la estética, el cine y la política. Lo cito para darle continuidad a mi artículo; en su libro Los nombres de la Historia (una poética del saber), delata en su relectura crítica de Platón el mal uso y exceso que sufren las palabras: “La enfermedad de la política es en primer lugar la enfermedad de las palabras. Hay palabras en demasía, palabras que no designan nada más que, precisamente, blancos hacia los cuales los asesinos lanzan sus brazos… causas que producen el desmoronamiento del cuerpo político moderno son mucho menos que esto.

Son en primer lugar opiniones, asuntos de palabras mal empleadas o de frases indebidas. El cuerpo político está amenazado por palabras y frases que se arrastran de aquí para allá, sin ton ni son”. Hemos sido testigos como algunos golpistas se ampararon de este lenguaje enfermizo que, al hacer de la realidad una apariencia, convirtiendo a la política en falsedad perpetua, con prontitud alzaron sus brazos hacia ellas para utilizarlas es sus actos de discurso: un falso estudiante que se autodenominó dirigente estudiantil, sin inmutarse dijo “que su propósito en la vida era ser otro Carlos Fonseca Amador”; asimismo Silvio Báez se comparó hace poco a Monseñor Arnulfo Romero. Además de apoderarse de símbolos propios de la lucha de izquierda, estas frases ponen de manifiesto estrategias propias del revisionismo histórico, grupos de individuos que niegan la existencia de las cámaras de gas y de los campos de concentración.

En principio podríamos opinar que, en nuestra historia política, el revisionismo posee también otras formas de expresarse. No nos sorprendería que el MRS ya lo tenga concebido en su visión nihilista de la historia, argumentando que: Sandino nunca luchó contra el ejército invasor gringo, que allá en las Segovias nunca fue derribado un avión, que la muerte de Sandino no cuenta con archivos suficientes para conocer a los verdaderos ejecutores. Revisionismo que también puede ser puesto en escena por el “exiliado” Chamorro. Es evidente que en sus declaraciones a los medios hegemónicos internacionales nunca lo escucharemos denunciar los crímenes cometidos durante la intentona golpista: invisibilizará la muerte de los 23 policías y borrará de los anales de la memoria el incendio de la Radio Ya.

Sobre el revisionismo histórico, Jacques Ranciere afirma (Los nombres de la historia) que, “el revisionismo en historia no es la consecuencia de los prejuicios políticos o del gusto intelectual por la paradoja. Es el término de esta política de la sospecha mediante el cual las ciencias sociales deben exhibir su pertenencia a la ciencia con tanta más fuerza cuanto más discutida resulta. Por ello, el discurso del historiador es un parámetro que articula las palabras de la historia con su verdad”. “Política de la sospecha”, que el filósofo resume en la siguiente fórmula: “no sucedió nada tal como lo que ha sido dicho. No pasó nada de lo que ha sido dicho”.

Para el imperio norteamericano nunca existieron en Latinoamérica dictadores a su servicio. El revisionismo invierte los significados, desliza los sentidos, escribe la historia desde el punto de vista del vencedor: en la coyuntura actual se le llama dictador a todo aquel jefe de estado que se oponga a su expansionismo hegemónico, manipulan las situaciones para aplicarlos a contextos que les convengan. De igual manera, unilateralmente toman decisiones y con violencia quieren imponernos sus paradigmas. Desarticulan la historia para ocultar la verdad: No pasó nada de lo que ha sido dicho, y Venezuela es una dictadura que debe ser borrada del mapa como lo sucedido en Libia.

Sólo el petróleo debe fluir de la tierra, no importando que el resto de los hombres conviva entre las piedras y el polvo. Hoy faltaría la carcajada de Hillary Clinton celebrando la muerte. El imperio es la cabeza de La Medusa cuyo nudo de víboras da miedo al planeta entero. La Unión Europea es la primera en temer su honda mordida, por eso sus cobardes posturas políticas; Rimbaud nada tendría que añorar de esta “Europa de los viejos parapetos”, tras de los cuales solo defiende sus últimos trastos coloniales. Todas las sanciones que sufrimos son mordeduras proferidas desde Washington.

El 18 de abril pasado los enemigos de siempre polarizaron a la sociedad nicaragüense y escindieron el significado de muchas palabras. Un nuevo léxico guerrerista fue creado desde los tranques. Reterritorializar los significantes que la derecha quiso usurpar dejándolos vacíos, es la tarea; porque las palabras –como los pájaros de Joaquín Pasos- sólo tienen significados para ciertas razas.

Paz y reconciliación deben ser escritas en la primera página de nuestro cuaderno patrio como una lección de soberanía a la ignorancia del imperio. Washington no es la capital del mundo, es la cabeza de La Medusa; conjuremos su mirada delimitando bien nuestras fronteras para que no se petrifiquen los proyectos del mañana. La esperanza de un mundo multipolar nos mantiene alerta: ciudadanos de un país abierto al amor y cerrado al odio, debemos ir a su encuentro reconciliados. Es lo que quiso expresarnos Jacques Ranciere cuando nos invita a redefinir en un espacio plural nuestra igualdad ante la lógica desigualitaria del imperio: “la política no está hecha de relaciones de poder, sino de relaciones de mundos”.