Todo niño comienza a través del juego a construir su mundo lingüístico, no como algo utilitario, sino como una praxis lúdica que sobrepasa cualquier sistematización de la realidad. Cualquier material combinado con otro muy diferente puede definir el sentido de una construcción que apenas nosotros avizoramos: diríase que cada niño construye su Odradek kafkiano fundando con su experiencia lo desconocido del lenguaje.

Por otro lado, el concepto de lenguaje y juego constituye desde la subjetividad la primera experiencia del sujeto dando inicio a sus relaciones con la verdad. Cortázar nos demostró que “los niños juegan en serio”.

Este mundo de nosotros es una rayuela donde la comunidad entera lanza su anillo de esperanza, su pedacito de teja para tapar las goteras del alero, su tesela vidriada de sueños, que de fragmento en fragmento forme y tome el cielo por asalto. Es consecuente señalar -hablando de infancia y lenguaje-, las palabras de Edgar Tijerino, al autodenominarse “vago enderezado” (el único vago de verdad que ha existido, además, que nunca quiso ser “enderezado” por nada ni por nadie, fue Jean Nicolas Arthur Rimbaud (Charleville, 20 de octubre de 1854- Marsella, 10 de noviembre de 1891).
Creo que Tijerino nunca encontró un juego a su ansiedad desmedida. Pudo más el “enderezamiento” silencioso del poder disciplinario –diría Foucault- , “un poder discreto, repartido; es un poder que funciona en red y cuya visibilidad sólo radica en la docilidad y la sumisión de aquellos sobre quienes se ejerce en silencio”.

Este poder moldea al sujeto y, por lo tanto, su fin específico es tenerlo sujetado. Dice Cortázar que este dominio sobre el sujeto es un sutil trabajo en filigrana, y tristemente el “enderezado”: “no lo sabe, lo terrible es que no lo sabe”. El juego libera al niño del sometimiento, si los ritmos de la vida le son dados como campanadas que inician la apertura de un juego.

Walter Benjamin lo afirma, niño que jugaba en cada rincón del Berlín de 1900:“Porque el juego, y ninguna otra cosa, es la partera de todo hábito. Comer, dormir, vestirse, lavarse, tienen que inculcarse al pequeño en forma de juego, con versitos que marcan el ritmo. El hábito entra en la vida como juego; en él, aun en sus formas más rígidas, perdura una pizca de juego hasta el final”.

El trompo dibuja la potencia circular del universo, según Hermes Trismegisto. Por eso –decía Octavio Paz-, “el trompo señala el centro del mundo”. Y todo chavalo nicaragüense que juega en la calle lo intuye. Todo niño vaga descubriendo lo que de oculto existe entre cielo y tierra. Con su barrilete el niño busca raptar y traer a tierra –aunque sea con las colas en llamas- el fuego sagrado de los dioses. A Tijerino le faltó lo mismo que a Hitler: talento, talento para el juego del arte, talento para el arte de la vida. Hitler fue rechazado contundentemente por “ineptitud para la pintura” como postulante para ingresar a la Academia de Bellas Artes de Viena; esta decisión lo “enderezó” tanto que fue motivo de “inspiración” para redactar su conocido panfleto genocida Mein Kampf. Parece que después de este fracaso su rechazo hacia los judíos se acentuó.

Doble play es el axioma de este juego del odio: mato a dos de un tiro, tomo el poder y extermino a los culpables de la pobreza alemana. El lenguaje no es un ornamento gratuito del yo, pues constituye el ágora donde los signos permutan y el sujeto se encuentre con el Otro. La crónica deportiva de Tijerino es pura escritritura (la palabra es de Derrida). Escriturar para no dejar trazo de nada, para que nadie se atreva a bucear las burbujas flotantes de su ego. Su escritritura no pasó de repetir algunos trucajes de García Márquez, que se le hacía menos complicado que leer a Faulkner o a Virginia Woolf. El grito de Sucre Frech describiendo cómo va cayendo en espléndidos juegos de luz y sombra la pelota tras la barda, me parece más original que todas sus crónicas.

Sucre sí que conocía el juego, el resorte que hacía se parase de pie el Homo ludens en las gradas; Sucre pudo haber narrado, con todos los detalles, la estética de la caída del Ícaro de Brueghel. La voz es la presencia, mientras la escritura remite a una ausencia, nos parece opinara alguna vez Derrida. Tijerino se cree “cultísimo” porque entre sus lecturas prefiere a Los miserables de Hugo. Para que nosotros digamos que se compadece como nadie por los sin pan. Los miserables de Hugo hace ya muchísimo tiempo que dejaron de ser una lectura abierta, yo diría que ya forma parte de las fantasmagorías con que la cultura de masas burguesas llenara por mucho tiempo el buche a la gente con aventuras románticas. Los condenados de la tierra de Frantz Fanon, están más cerca de nosotros. Walter Benjamin, está más cerca de nosotros. Giorgio Agamben, está más cerca de nosotros. Michael Lowy, está más cerca de nosotros. Tijerino creyéndose “buen burgués” intocable (ni los Chamorro son intocables) frente a esta ilusión de totalidad que cree protegerlo de la “vulgaridad cotidiana”, no puede concebir que los hombres ya no nacen a su identidad como origen incuestionable, es lo que Sartre no dejó escapar en su famosa frase:”no basta con nacer burgués, hay que vivir la vida como un burgués”.

La modernidad líquida fundió todos los sólidos valores patriarcales, solo las baletistas siguen ejercitándose en sus sólidas barras de ensayo. Tijerino parece que nunca aprendió que con el Holocausto (Shoá) no se debe hacer guasa, por eso su gusto perverso por la película de corte hollywoodiano y de tinte negacionista, La vie est belle. Sino que le pregunte a un miembro de la comunidad judía o a un sobreviviente de Auschwitz. Con un genocidio no se debe hacer guasa:”Ah, ¿que si podemos resistir 3 millones de muertos? Creo que sí, ¡podemos resistir 3 millones de muertos!". Faltaron tres millones más y Tijerino hubiera totalizado la suma de víctimas judías por el exterminio nazi. Ni en sus manifiestos más eufóricos Marinetti hubiese dado una cifra exacta de víctimas, su esteticismo era político:” Fiat ars, pereat mundos (hágase el arte, perezca el mundo), un bravucón, que por desgracia nosotros también tenemos uno por aquí, que les gusta la guerra sin exponer su pellejo. Su autodestrucción la dejó impresa en sus odiosos manifiestos, pero casi nadie puede recordar de él un poema. De esos fascistas de la Historia, Louis-Ferdinand Céline (Courbevoie, 27 de mayo de 1894 – París, 1 de julio de 1961), es el más Genial. Salvó de poco su cabeza en los últimos instantes, como lo cuenta en Mea Culpa. Es decir, Edgar Tijerino puede perder todos sus derechos ciudadanos, él que no posee ni una pizca de la genialidad de Céline. En muchos países le hubiesen condenado a muerte, o por lo menos, a una larga condena. Ni Ezra Pound encontró una excusa. Pero es mejor no llevarlo al km 5 para que se quede en su casita oyendo Radio Corporación (quién sabe, tal vez una noche escuche la voz inconfundible del autor de Cantos Pisanos). Los carpinteros nicaragüenses saben construir bellos juguetes. Mi más bello juguete fue un regalo de Tío Julio: una bella enrolladora para que elevara mi barrilete más allá de las afueras de Juigalpa. Me alegra saber que las primeras palabras de Sigmund Freud en La interpretación de los sueños (1900), se refieren al niño entregado al movimiento del aire cuya repetición estaría en función del principio de placer.

El barrilete y su enrolladora representarían el juego que Freud nombró Fort-Da, mientras observaba jugar a su nieto Ernest con un carrete y su hilo en espera de su madre que había salido: la partida (Fort) y el regreso (Da); la desaparición y la reaparición, serían una de las funciones del juego.

Hay tantos juguetes bellos en Nicaragua. Fabricados en madera nos dan un vestigio de la actividad doméstica que les daba forma para encantar a cada niño. Recuerdo talleres de carpintería donde se arpillaban tanto sillas y mesas como juguetes por encargo: un columpio con dos largas cuerdas, un caballito de palo bien maqueado como armado para el pasatiempo favorito de Tristram Shandy; caballitos de palo más bonitos aún que ese feo caballote acolchonado en que hicieron posar a Kafka cipote para una foto muy triste.

Recuerdo talleres de carpintería que en los noviembre ventosos multiplicaban sus ganancias fabricando enrolladoras para los chavalos del barrio. Por algo Masaya es el pueblo de las artesanías y los juguetes: trompos de guayacán o de aceituno alunado, maromeros que le dan la vuelta al mundo en un segundo, camioncitos que los niños en su imaginario hacen cruzar ríos en plena llena, matracas que despiertan el silencio de las estrellas. Brueghel pintó a la humanidad jugando para que no terminara esclavizada a los relojes, como en el cuento de Cortázar, Preámbulo a las instrucciones para dar cuerda al reloj: “Te regalan la necesidad de darle cuerda todos los días, la obligación de darle cuerda para que siga siendo un reloj; te regalan la obsesión de atender a la hora exacta en las vitrinas de las joyerías, en el anuncio por la radio, en el servicio telefónico. Te regalan el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se te caiga al suelo y se rompa”. Estos carpinteros o artistas, que siempre estuvieron al servicio de la iglesia durante la extendida edad media, como lo estuvieron también en nuestro medio en tiempos más recientes, carpinteros clavando en los altos muros los santos patronos en cada fecha festiva del año; son artistas, como lo analiza el autor de Infancia en Berlín hacia 1900, que en un momento se vieron comprometidos a trabajar por su cuenta, por consiguiente terminaron “adaptándose a la demanda de objetos artesanales y a producir, en vez de obras de gran tamaño, pequeños objetos de arte para el hogar”. Obreros de la madera que bajaron de los andamios sagrados para fabricar nuestros juguetes sobre sus profanos bancos de trabajo.

Los juguetes siempre fueron dispositivos ideológicos para señalar el poder de las clases en la sociedad. Las familias más ricas tenían muchos más juguetes, más caros y lógicamente no eran comprados en la pulpería de la esquina ni en el mercado municipal. Recuerdo que el 6 de enero, Día de los Reyes Magos, era la fecha en que se entregaban juguetes a los niños pobres de las lomas, y a los hijos también de las ayudadoras del hogar, juguetes usados o de muy bajo costo. Una vergüenza.

El Buen Gobierno Sandinista se empeña en que cada niño nicaragüense, de la ciudad o del campo, tenga su juguete sin la hipocresía de cualquier Charité de damas venidas de otro siglo. Porque el Buen Gobierno comprende la importancia del juego en el desarrollo vital de una infancia basada en la apropiación estética del entorno: aprender el lenguaje es quitarle horror al mundo. La etimología de infancia envía a la ausencia de lenguaje, pero in-fans también significa sin voz ni palabra.

El infante es aquel que aún no habla, pero también aquel que ya está haciendo del lenguaje una expresión del mundo mediada por la potencia trascendental de las palabras. In-fans, como la poeta polaca Wisława Szymborska describiera en su poema, Primera fotografía de Hitler, al bebé que iba a destruir países enteros: “Chupete, pañal, babero, sonaja,/el niño, gracias a Dios, está sano, toquemos madera,/se parece a los padres, al gatito en el cesto,/a los niños de todos los demás álbumes de familia”. Tijerino aprendió un lenguaje caracterizado por lexemas de connotación negativa: in-fans eterno nunca jugó en serio, por eso tuvo que ser “enderezado”, y aún así continúa profiriendo palabras de amargura y odio.