Cuando algún magnate petrolero de los Estados Unidos quería ser el dueño exclusivo de los campos de México en los años 10-20 del siglo pasado, y surgía algún líder que cometía el delito de querer ser mexicano en su propio país, Mr. William Randolph Hearst lanzaba su enorme cadena de periódicos contra el desafortunado patriota, mientras Wilson, Harding o Coolidge hacían lo suyo.

Hearst por sus propios intereses personales y el deseo de expansión, era capaz de enviar “corresponsales de guerra” a países en paz porque, como ahora algunos medios, se creía el Director de la Verdad. Su lema “Yo hago las noticias” es ley expresa aún en cierta prensa que se lanza contra Venezuela para que ahí se vuelva a rendir culto al “supremo dios del lucro”, como citó el finado escritor Gregorio Selser, una descripción de los tiempos del presidente Harding.

Siempre resultaba efectivo colocar a los que se oponían a los avasallamientos de las transnacionales en la primera plana del “Examiner”, “New York Journal” y resto de periódicos con todos los epítetos extraídos de sus oscuros manuales que iban de dictadores para arriba, pasando por inconstitucionales, enemigos de Estados Unidos… Además, alentaba conflictos o inventaba guerras desde su cómodo y seguro despacho en San Francisco, ubicado entre las calles Tercera y Market.

Era la época en que comprobaron que la única garantía de unas estupendas relaciones con los países latinoamericanos era encontrar al “demócrata” amaestrado más idóneos para la felicidad de las petrocracias y las bananocracias. ¡Ese era el Superhéroe! Por lo general, terminaban siendo sus candidatos presidenciales. Y, ¡oh sorpresa!, ganaban esas “elecciones”. Y nadie pedía recuentos. Todos contentos.

Las nuevas “funciones” de la prensa

Si algún “anarquista”, otro de los nombrecitos utilizados entonces, se oponía a uno de esos memorándum mecanografiados aprisa y en inglés desde la Metrópolis para “proteger” a alguna petrolera, ahí estaba Mr. Hearst para denunciar al “bandolero”. Una gacetilla de él o el “memo” valían más que las Constituciones redactadas con aires patrios, sancionadas con solemnidad, incluso por los cleros, y saludadas por los cañonazos de rigor.

Entre las nuevas funciones con que “El Ciudadano Kane” dotó a la prensa, es la de contar con un mayor peso electoral que las mismas instituciones de la periferia. Él se encargaba de ungir a un presidente ante la opinión pública o de hundirlo para siempre, según se comportara en el camino.

Lo malo de todo esto es que alguna gente confiaba plenamente en el poder de la palabra impresa y se creía todo el cuento de la libertad y la objetividad. Y esa ciega devoción a la maquinaria mediática como un producto desinfectado, impoluto, al servicio de altos ideales, también se fue heredando de padres a hijos, liquidando a lo/as mejores hija/os de la patria en el inconsciente colectivo como personajes siniestros, asaltantes y sin escrúpulos. “Joven extremista muerto” tituló cierto periódico en Nicaragua en referencia nada menos que al poeta Leonel Rugama, censurando las razones de aquella temprana rebeldía con causa.

Todavía en los años 30-40, destacaba don Gregorio Selser, había en Latinoamérica una prensa educada, a salvo de los intereses más perversos disfrazados de lucha contra el comunismo para salvar la “democracia”. Fue gracias a esa prensa inteligente, cuyas salas de redacción eran el hábitat natural de escritores y pensadores, que la lucha del General Augusto C. Sandino fue conocida más allá de sus campos de batalla.

Pero, por desgracia, ha prevalecido el ejemplo de Mr. Hearst y su totalitarismo mediático. Hoy, en algunas cadenas internacionales de TV y periódicos se produce un fenómeno que antes solo ocurría con nuestros bienes primarios, llevados a los países industrializados por menos de su valor para luego transformarlos en otro producto y más caro.

Fábrica de “noticias”

En este siglo se llevan a estas fábricas de “noticias” nuestras verdades para someterlas a un procesamiento donde se deshidrata la realidad, se empaca en frío, se le cambian sus colores naturales por artificiales, y cada día desde la pantalla o la portada se encargan de actualizar sus perniciosos conservantes. Esta prensa no quiere lectores, sino solo consumidores.

Estos medios distribuyen al mundo una Venezuela distinta a la real. Podemos ver que ni siquiera Capriles luce tan emocionado con la auditoría de los resultados de los comicios como ciertos exportadores de opinión. Son incisivos: es la parte final del marketing para intentar destruir a una nación donde sus líderes Nicolás Maduro, Diosdado Cabello, Jorge Arreaza, quieren seguir con la Revolución dentro de la Revolución, y mantener relaciones de equidad y de respeto con las potencias, como dijo el Presidente Daniel Ortega en Caracas.

¿Por qué esa saña? Porque la Revolución Bolivariana consiste en que todos se beneficien de la Democracia como seguramente la habrían defendido en su naciente país Jefferson, Washington, Hamilton y Franklin. Próceres, no terroristas, ni bandoleros contra la Reina Madre Británica.