La normalidad y la estabilidad poco a poco, día a día la vamos reencontrando. Se comienza a percibir en la población el deseo y la voluntad de ir al encuentro de sus esperanzas comenzando a dejar atrás estos últimos meses de desasosiego donde ha quedado expuesto el inmenso deseo de paz de la inmensa mayoría de esta nación.

Estoy convencido de que los nicaragüenses en su madurez política, caracterizada por la habilidad de controlar y equilibrar pensamiento, voluntad y sentimientos, desean acelerar el encuentro con la estabilidad que teníamos antes del 18 de abril y hacer de la racionalidad el mecanismo civilizado que resuelta nuestras controversias.

No se puede caer en la trampa de quienes politiqueramente plantean imposibles para que desde una exigencia temeraria sacrifiquemos el beneficio acumulado de todo un pueblo que desde la democracia que venimos perfeccionando, desde el 19 de julio de 1979, caigamos en un proceso involutivo y destructivo del país al que hay que poner freno urgentemente porque no es justo para nadie, porque no es cristiano insistir en caprichos de niños infantiles que al nadar contra corriente se autoaislan para atrincherarse en una mentira de la que aún pueden escapar.

La habilidad de haber cumplido metas, de sacar adelante proyectos o situaciones, a pesar de las dificultades, dificultades de siempre como producto de nuestro empobrecimiento, ahora ahondadas por la situación que ya conocemos, nos representa la capacidad de tomar decisiones y sostenerlas para no ser como esos inmaduros que se pasan la vida explorando posibilidades para terminar no haciendo nada por el temor a equivocarse.

En las últimas fechas el nicaragüense ha tenido la capacidad de encarar circunstancias muy estresantes que a cualquier otro pueblo hubieran abatido, pero el nicaragüense que sabe de dónde viene, que conoce su historia, en coyunturas como estas, se hace grande cuando se sabe en lo correcto y además muy dueño de lo que ha tenido y cierto de lo que le quieren arrebatar.

El Nica, muy dueño de su nacionalismo, ha sabido confiar en la esperanza de un deseo colectivo de confiabilidad para superar la crisis como una respuesta a la inmadurez de aquellos que se nos vendieron como “salvadores”, pero resultaron ser los maestros del caos y que hoy van de retro, viendo cómo el telón de sus mentiras cae sobre el escenario de la ridiculez porque se les ocurrió que aquí se rendía la nación para dar paso a un absurdo muy bien tejido desde afuera, pero finalmente estrellado contra el muro de la nacionalidad de quienes celebrarán una nueva liberación; la de los tranques, la de los secuestros, la de los asesinatos, la del mal trato a la dignidad humana y cualquier otra aberración contra la paz y la decencia que se nos quiso arrebatar.

No hemos recobrado totalmente la paz, pero vamos hacia su encuentro y la reconquistaremos plenamente más temprano que tarde porque ella encierra un mundo de significados que atañen directamente al alma y al bienestar de la sociedad porque la PAZ es una virtud que pone sosiego en los ánimos.

Si viviésemos en PAZ, si nos amaramos y respetáramos unos a otros, evitando que los desórdenes del mal o la turbación de las pasiones alteren la armonía de nuestras vidas, lograríamos avanzar más en el propósito de reconstruir las heridas que nos hemos causado y así levantar la nación y demostrar otra vez al mundo de qué estamos hechos.

Muchas veces en política, en la familia y hasta vecinalmente, los cruces de ideas nos enfrentan y nuestra conciencia se deprime cuando no actuamos bien con nuestros semejantes y aún con nosotros mismos. Pasa cuando no respetamos la honra y la dignidad de nuestros semejantes al tratar de imponer caprichos que no se corresponden con la realidad y que parte de un interés muy personal sobre el interés de la inmensa mayoría y es peor cuando el mecanismo de imposición es el odio.

En los últimos meses hemos sido testigos de enormes contrasentidos que tienen que ver con nuestros valores de fe y cómo supuestos guías espirituales en vez de acercarnos nos han distanciado. El nicaragüense de bien sin embargo con mucha serenidad en el alma, aunque perplejo por el rol de tres obispos de la Conferencia Episcopal nunca dejó en su conciencia de abrazar y sentir la presencia divina de Dios, en todos sus actos y por ello hoy, liberado de tranques y barricadas, toma impulso decidido a ir hacia un nuevo comienzo porque después de todo la vida continua y el mundo no se detiene.

Ahora hemos de ser constructores de puentes para que través de ellos los nicaragüenses podamos salvar las diferencias que nos separan; tú puedes realizar un acto bondadoso, una palabra alentadora, un pequeño esfuerzo para reconciliar a dos hermanos, para llevar la paz a un Hogar y eso lo lograremos dialogando, convenciendo y no imponiendo para acercarnos al perfeccionamiento de nuestra democracia y retomando una vez más aquello de que de toda crisis siempre surge una oportunidad.

Nosotros hemos logrado siempre salir adelante. Nuestra existencia nos dice que somos sobrevivientes. Ningún país ha sufrido tanto como el nuestro por efecto de los fenómenos naturales y de nuestras propias contradicciones. Tuvimos un Presidente norteamericano que nos impuso la esclavitud y nos quemó Granada; fuimos invadidos militarmente por el imperio norteamericano que preñó una dinastía y una guardia pretoriana que nos tomó 45 años en derrocar; hemos vivido terremotos como los de 1931 y 1972 que dejó a la médula del país, su capital, en escombros; desde nuestra independencia hemos vivido en guerras siendo las más pavorosas de ellas la de los 70s y la de los 80s y siempre salimos adelante, siempre entendimos que solo nosotros podíamos ser la solución y hoy vivimos en un contexto que no es tan dramático como otros episodios de nuestra historia, pero al que debemos enfrentar con serenidad patriótica y nacionalista.

Existe actualmente una consulta amplia sobre una ley de reconciliación que el ejecutivo ha propuesto para profundizar en mecanismos que, a pesar de nuestras distancias políticas e ideológicas, permitan derribar muros y construir puentes de hermandad por mucho que nos hallamos dicho y que nos hallamos hecho entendiendo que eso pasa por la justicia y la verdad.

En lo personal me sumo al esfuerzo de todo aquel que se vislumbre como pacificador porque de eso es que tenemos que llenarnos. Aquellos que contradigan todo espíritu de paz para alcanzar la reconciliación son lastres o carnes muertas que corrompen los ambientes con su pestilencia. En la medida que pasa el tiempo es fácil entender que los que proclaman el odio como propuesta política para hacer más daño al país, nos damos cuenta que son menos, que son puchos inadaptados, atrapados en el coladero de su propia intransigencia donde queda solo lo que la gente tira a la basura.

QUE DIOS BENDIGA A NICARAGUA.