Dirán algunos que hablar de “solución final” acerca de los últimos acontecimientos en Nicaragua, es una exageración. Pero yo considero que el término “solución final” es adecuado, pues el plan golpista incluía una verdadera exterminación en masa del sandinismo,  por el odio violento y  la negación absoluta del Otro mostrada a lo largo de tres meses de asedio. ¿A qué respondía entonces el hecho de convertir en cenizas a los compañeros caídos en manos de los vándalos? Significaba: borrarlos de esta vida y aniquilarlos de la Historia. Así,  luego de la demonización y la tortura el paso siguiente no era otro que el genocidio.

Toda historia se repite con alguna diferencia, decía Vico. La compañera Rosario habló hace poco del Mal, de  Dostoyevski y su novela Crimen y Castigo. La derecha golpista nos acercó a ese Mal, a lo más horrendo que el ser humano pueda sufrir: violaciones, secuestros, incendios de instituciones y de sitios históricos. Las noches de Masaya parecían aquellas de los largos cuchillos cuando jóvenes nazis asesinaban en las calles a todo aquel devenido diferente. Lo recordado por la compañera Rosario, por lo justo de su cita, nos trajo a  la memoria el concepto  de banalidad del mal, forjado por la filósofa alemana Hanna Arendt,” lección terrible –decía ella- ante la cual las palabras y el pensamiento se sienten impotentes”. La filósofa  afirma, “que cualquier persona mentalmente sana puede llevar a cabo los más horrendos crímenes cuando pertenece a una ideología imperialista.

Por ejemplo, sólo por el deseo de ascender dentro de la organización y hacer carrera dentro de ella. Personas así actúan dentro de las reglas del sistema al que pertenecen sin reflexionar sobre sus actos. No se preocupan por las consecuencias de lo que hacen, sólo por el cumplimiento de las órdenes”. No nos sorprendamos, entonces, que esa viajadera de los “opositores pacíficos” entre Managua y Washington,  haya rendido sus frutos: órdenes recibidas, órdenes cumplidas.

La cosecha de muertes ha sido abundante. Hasta configuraron la estrategia que la extrema derecha gringa lleva a cabo en las redes sociales, que sin conocer el terreno social que suponen criticar, difunden sin obstáculos las falsas noticias más  osadas.Washington  es el rediseño del  alto panóptico de Bentham,  que en la teoría de Michel Foucault   busca con su poder controlar y vigilar el comportamiento de la geopolítica mundial proyectando su “sentimiento de omnisciencia total desde lo invisible”. Somos vigilados, pero a nosotros no se nos imponen órdenes a cumplir: las montañas de las Segovias enterraron para siempre esas pretensiones. En tal caso, los “opositores pacíficos” y su viajadera a  Washington,  son los Eichmamm de otrora que se repiten (y es lo que siempre temió Hanna Arendt) en forma de empleados del Mal deseando imponernos “la dominación total” del imperio, que lucha por borrar la humanidad del individuo -advierte Arendt- y las condiciones para vivir una vida humana en abierta pluralidad. Por eso el explosivo ataque el 18 de abril, planificado en las sombras  por estos mismos empleados del Mal; una incontrolable impaciencia los dominó y quisieron  destruir en un corto tiempo el estado sandinista sin importarles las vidas humanas.

Todos los poderes más reaccionarios se juntaron al llamado del Mal radical: algunos obispos, la empresa privada, los medios de comunicación de la familia Chamorro, un canal de televisión donde se acuartelan la extrema derecha y analistas “políticos” pocos leídos y de escaso mundo. Pero en su acción irracional esta  minoría golpista olvidó lo más importante: el pueblo. El pueblo de los campos, el pueblo de las ciudades, como le gustaba decir a Michelet. Porque fue  todo el pueblo de Nicaragua, consciente del peligro que corría su existencia, que se rebeló contra los tranques, que defendió sus derechos y le demostró a la derecha golpista que su “solución final” había fracasado. Ahora es el tiempo de la justicia, y todo crimen tiene su castigo, como dijo la compañera Rosario. En alguna página de su obra,  Dostoyevski  puso en boca de un personaje endemoniado: “puesto que Dios no existe todo está permitido”, y este era sin duda el pensamiento real de los golpistas, creían que matar les era permitido por el hecho de ser  dueños de la tierra y de las grandes empresas. El poder de Dios se manifiesta en las familias de las víctimas, y son ellas ahora que piden justicia por todos los crímenes cometidos.