Las sospechas sobre el carácter no fortuito de los pavorosos incendios de Grecia que han causado la muerte de 85 personas subieron ayer varios grados. La Vanguardia fue testigo de cómo, por primera vez, un artefacto incendiario era hallado a la puerta de un chalet, en Mikonou 8, el único de su lado de esta calle de Mati que no solo no se ha derrumbado bajo las llamas sino que ha quedado completamente intacto. Algo que tenía que reservar una agradabilísima sorpresa a sus propietarios, ayer al mediodía, a su regreso, aunque con una guinda inquietante.

La abuela era la única ocupante de la casa el lunes, cuando se declaró el incendio y “logró llegar a la playa” –a doscientos metros– “y ser evacuada”, según contaba su nieto, Stelios, a este enviado. Ayer la alegría fue mayúscula al encontrarse la vivienda rosada intacta, al regresar con su hija Irene y el retoño de esta, a pesar de que se temían lo peor al ir subiendo la calle (un rosario de destrucción). Pero un detalle le dio un vuelco al corazón. Una botella de Coca-Cola de litro y medio, rellena de una sustancia igualmente oscura pero más densa, yacía en el suelo tras haberse derramado en parte ¿Que hacía ahí? Por azar, ni las llamas de la pineda aledaña ni las de la casa vecina la habían prendido.

La policía cree que el fuego que arrasó Mati comenzó en tres sitios simultáneamente

Irene llamó a la policía y las caras se hicieron muy largas y muy poco amistosas hacia la presencia del periodista, aunque la propietaria ya le había transmitido su sospecha de que “alguien tuvo que lanzar esto”. De inmediato llamaron a los bomberos y la expresión se volvió más tensa cuando éstos parecieron dar crédito a sus sospechas. “Es gasolina, está confirmado”, susurró el nieto.

A instancias de un policía, Irene guardó silencio, mientras que la otra agente no tenía reparos en contestar afirmativamente a la pregunta de si era la primera vez que recuperaban una botella con combustible. Más nervios, más llamadas y, de repente, dos policías de paisano, armados, en un Mercedes negro deportivo.

Los dueños de las casas vecinas estaban en plena labor de desescombro, en un caso con la ayuda de dos pakistaníes. En la torre de al lado, con el techo hundido, no estaban para nada ni nadie.

La policía trabaja con la hipótesis de que el fuego que arrasó Mati podría haber empezado el lunes en tres sitios simultáneamente, según la agencia Reuters. Y en muy corto espacio de tiempo.

El ministro de Protección Civil, Nikos Toskas, fue contundente al decir que “tenemos indicios serios” que llevan a creer que se trata de “acciones criminales” que provocaron los incendios”. Toskas se remitía a imágenes por satélite y las inspecciones realizadas in situ.

Para más inri, un incendio que comenzó algo más temprano al oeste de Atenas (Mati se encuentra al este de la capital) llevó a desplazar muchos medios anti incendios hacia allí. Un fiscal de Atenas examina tanto las posibles causas del horrendo incendio como la forma en que fue combatido.

La carretera entre Maratón y Rafina, que actúa a menudo como cortafuegos, fue desbordada el lunes por la violencia del viento, que soplaba en dirección al mar. Un error trágico fue desviar hacia la costa a los cientos de vehículos que ya se encontraban en la ruta, colapsando en muy poco tiempo sus estrechas carreteras. Cuando el pánico empezó a cundir y algunos conductores abandonaron precipitadamente sus vehículos, agravando el atasco, las vías se convirtieron en una ratonera.

Un detective para hallar la verdad

Mati empezaría a necesitar a gritos un detective como los del escritor Petros Márkaris si no fuera porque en realidad, ya tiene a uno. Solo que no se llama Kostas Jaritos, sino Tsoulakis George. Ayer estaba, impecable, muy cerca de los voluntarios de mono naranja y del epicentro del horror, donde se abrasaron por lo menos 28 personas. “La familia Filipopoulou ha reclamado mis servicios”, admitía, tras atender una llamada. El padre busca a sus dos hijas gemelas, desaparecidas, un caso que tiene en vilo a Grecia. Aunque este creía haber visto a las dos hermanas –que veraneaban en Mati con sus abuelos– en televisión siendo evacuadas, éstas resultaron ser otras niñas.

Una función más prosaica de los agentes de paisano es evitar el saqueo de las propiedades parcialmente quemadas y abandonadas. Se trata de una zona con muchas segundas residencias. “Eso no está pasando –respondía un policía de paisano–. Por ahora”.

Las casas se veraneo constituyeron en sí mismas una trampa: muchas fueron construidas sin licencia, de manera desordenada, y en los caminos hacia la playa la gente que escapaba de las llamas se encontraba con que estaban vallados. El ministro de Infraestructuras, Christos Spirtzis, se indignaba ayer: “¿Cómo es posible que se hayan perdido tantas vidas y no investigar quién es responsable de este caos urbanístico?”

En la playa de la que fue evacuada la abuela de Stelios, está ahora el centro neurálgico de distribución de ayuda del ejército, con más costillas de cerdo que candidatos a comérselas. La ola de solidaridad ha llenado de todo tipo de comida otros puntos de asistencia. El presidente de la Cámara de Comercio de Atenas aprovechó para hacer su propio llamamiento a pie de playa: lo que hace falta es apoyo financiero para que los damnificados puedan reemprender sus propios negocios. Por su parte, el Gobierno
de Alexis Tsipras anunció que concederá 10.000 euros y un empleo en el sector público a las esposas y parientes cercanos de las víctimas.

Unos 300 bomberos y voluntarios permanecían ayer trabajando en la búsqueda de docenas de personas desaparecidas. Una complicación añadida es que, según dijo el jefe de los servicios forenses de Atenas, la tarea de identificar de los cadáveres es muy difícil porque la mayoría de los cuerpos llegados a la morgue –adonde continuamente se presentan familiares de desaparecidos– están severamente quemados.

Playas desiertas por respeto a los muertos

Cuatro jóvenes griegas con el bikini puesto por si acaso y claras intenciones veraniegas tuvieron ayer que batirse en retirada ante el ambiente intimidatorio en una de las principales playas de Mati. Aquí nadie se baña, pese a la canícula y sus calas, en un pacto tácito de respeto a los difuntos. Resignadas, las chicas se rindieron ante las expresiones graves, tensas y cansadas de soldados, funcionarios, cámaras, reporteros y voluntarios. Y de personajes insólitos como Johnnie, un griego que se comunica en castellano con la prensa extranjera y que, enfundado en un mono naranja, dice estar esperando a que una compañía telefónica le facilite las coordinadas del móvil de “un amigo de la infancia” para lanzarse al rescate. “Me crié aquí, estuve con las Fuerzas Especiales, viví en Santander y ahora estoy en protección naval –dice Johnnie–, y no dudes que detrás de esto hay un país que quiere hundirnos”. Ese país innominable, en el que muy pocos ya se acuerdan de Grecia, no hace falta decir que es Turquía.