La respuesta a un periodista concedida por el Cardenal Brenes sobre el hecho del por qué no estuvo presente cuando se cometieron asesinatos y torturas en Diriamba, respondiendo que no “había tenido tiempo”, me parece la peor respuesta que un cristiano pueda emitir sobre la violación de los Derechos Humanos. Frase despreciativa hacia el llamado del Otro, hacia la sociedad misma que esperaba una condena por la violación de una mujer policía y del asesinato frente a ella de su marido. Pero sí cachetearon a una mujer, como lo hizo Monseñor Báez: el típico domador de cuerpos que el universo carcelario moderno necesita del cual habla M. Foucault en su reconocida obra, Vigilar y castigar.

Lo peor es que fue una respuesta emitida por un Cardenal, por un sacerdote en fin, cuyo primer deber es dar protección al desamparado, pastor que debe velar por todo el rebaño, a cualquier hora sin diferencia alguna. Madre Teresa de Calcuta siempre tuvo tiempo para amar a todos los pobres. En otras palabras, la respuesta del Cardenal Brenes indica una cerrazón absoluta hacia el dolor humano, pareciera que las verdaderas víctimas son únicamente aquellas que forman parte del grupo golpista. Por consiguiente, la muerte de un sandinista no se toma en cuenta, recordemos el caso terrible del compañero quemado cerca de la Upoli. Igualmente, ni una sola palabra sobre esta barbarie, merecía un comunicado de la Conferencia Episcopal, una homilía entera de una tarde de domingo convocando a un cese inmediato de la violencia. La respuesta del Cardenal Brenes ha puesto mi memoria en alerta, y cepillo ahora la Historia a contrapelo.

La iglesia de Diriamba, donde se mantuvieron en cautiverio a muchos ciudadanos, atados y torturados bajo la mirada de algunos sacerdotes (las imágenes no mienten), me trae a colación otra iglesia, la iglesia de Oradour-sur-Glane, en Francia, durante la Segunda Guerra Mundial, en ella ocurrió una matanza por la infantería nazi, el 10 de junio de 1944, dejemos que Wikipedia nos informe ; “Aquel día fueron asesinadas 642 personas contabilizándose 190 hombres fusilados, 245 mujeres y 207 niños ametrallados y quemados en la iglesia, de ellos 18 españoles, casi todas las personas presentes en la población que además, vio destruida la mayor parte de sus edificios e infraestructuras tras su pillaje e incendio, quedando completamente en ruinas; los pocos supervivientes escaparon- escondiéndose en la Abadía de Munch, que contaba con un foso y un puente levadizo. Los monjes ayudaron a un grupo de madres y sus hijos, así como 6 judíos, a escapar por el desagüe, de casi 800 metros, en la oscuridad total”.

Lea bien Cardenal Brenes, y disculpe la larga cita de Wikipedia: “los monjes ayudaron a un grupo de madres y sus hijos”. Aunque lo sucedido en Diriamba no sea en el marco de una guerra total, es también una barbarie por muy pequeña que parezca. Los monjes que ayudaron a ese grupo de madres con sus hijos tenían un compromiso cristiano con el momento que vivían: aquí/ahora tu presencia es mi presencia. Ninguno de esos monjes hubiera sido capaz de responder “no tenía tiempo”. La vida cristiana consiste en vivir el tiempo presente como kairos inmediato acercándonos al amor del prójimo.

Es un tiempo lleno y no vacío, pero el Cardenal Brenes vive en un continuum infinito, ciego a las injusticias que se van amontonando. T. S. Eliot, el gran poeta inglés católico, no pensaba diferente a nosotros, el presente –decía- es un golpe de “pequeña consciencia”. Es lo que hace falta para detener el odio, un golpe de conciencia para que habitemos el presente, y podamos vivir en paz el propio tiempo en sí mismo. En este sentido, decir también “no tenía tiempo”, es desconocer las enseñanzas de San Agustín, así de simple como lo expresan sus palabras: “solo se ve lo que existe, y solo existe realmente lo presente”.

Sin lugar a dudas, los monjes de Oradour-sur-Glane tenían una formación agustiniana, porque nada es pasajero para un verdadero cristiano, decir “no tenía tiempo” es ser cómplice de los que clavaron sendos clavos al Hijo del Hombre en la cruz. Es no asumir la radicalidad del Otro que nos interpela: momento único porque se trata –dice Giorgio Agamben acerca de San Pablo- del tiempo “que resta a ese tiempo que ya no pasa”. Todos hemos observado cómo estaban atados algunos compatriotas en las bancas de la iglesia de Diriamba, hechos así alejan a los feligreses de sus guías espirituales. Mi abuela jamás volvió a poner un pie en ninguna iglesia después que un cura de origen italiano y las autoridades civiles del pueblo acusaran en audiencia pública a su hijo de comunista, el odio era tanto que pudieron haber quemado al poeta, él mismo me lo contó. No olvido este ejemplo ético de mi abuela, así como millones de nicaragüenses no olvidaremos lo sucedido en el interior de la iglesia de Diriamba.