Barcelona celebró sin demasiado brillo su pase a las semifinales de la Liga de Campeones, una rutina establecida en la ciudad porque es la sexta temporada consecutiva que se cuela entre los cuatro mejores de Europa aunque esta vez no haya piropos ni adjetivos grandilocuentes. El Barça pasa sin ganar ninguno de los dos partidos al Paris Saint-Germain y con la sensación de que si no llega a ser por Leo Messi era día de luto en el Camp Nou. Al argentino, cojo, se le forzó cuando pintaban bastos y valió la pena el sacrificio porque tan pronto apareció se hizo la luz, resuelta la serie por esa media hora con el «10» y en la que Pedro firmó otro gol para su historial. [Así lo hemos contado]

Al Barcelona, más bien a su entorno, se le olvidó crear el ambiente que exigía la noche, irrelevante el poder del Camp Nou por mucho que llenara casi todas sus butacas. Sonaba la canción del fútbol, la canción de la Champions, pero esta vez nadie reclamaba una gesta ni una remontada mágica, dando por hecho que el 2-2 de París era un resultado lo suficientemente abordable como para no sobreexcitar al personal con mosaico y vídeos emotivos.

Ya fue mucho lo de Milán y la gente acudió sin las prisas del marcador, convencida de que tarde o temprano se obtendría el billete para las semifinales. En la previa se habló básicamente de Messi y de su misteriosa lesión, suplente después de especular con plan a, b o z. Casi nada del Paris Saint-Germain y casi nada de lo que había en juego, así que el Barcelona entró tan poco enchufado que lo mejor del primer tiempo fue mantener el resultado inicial.

No hubo pasión en el Barça, plano y opaco en todas las parcelas. Pensaba todo el mundo que la fiesta no llegaría hasta que no entrara Messi, como así fue, y el equipo se perdió sin tensión, incapaz de sorprender y preso de un ambiente muy poco europeo.

En ese primer acto no se recuerda ni una ocasión clara de gol para los azulgrana y si alguien mereció algo más fue el PSG, desmelenado y valiente en un escenario poco apropiado para las chulerías. Impulsado por Lucas Moura y contagiado por el nervio de Lavezzi, atenazó al Camp Nou y asomó con demasiada frecuencia por el territorio de Valdés, a la postre el mejor del Barcelona en ese intervalo. Mala señal.

El Barcelona jugó según lo esperado, siendo Cesc el delantero que no lo es porque ahí nunca hay un «9» de los de antes. Se reivindicó con tres goles ante el Mallorca, pero esta vez se difuminó como el resto de sus compañeros, no había nada de brillo en el Barça. Busquets perdía balones de forma peligrosa, la defensa se desajustaba con el tándem Piqué-Adriano y en ataque se les olvidó encender la luz. El suspiro más justificado llegó al minuto con un libre directo ejecutado por Xavi y el resto de llegadas fueron del todo inofensivas. Ni rastro del buen Barça.

Pastore mete miedo

Tanto que a nadie le sorprendió lo que ocurrió luego. El intermedio tampoco sirvió de estímulo para los locales y al final, como era previsible, llegó el gol del París Saint-Germain, una contra que retrató a toda la zaga del Barcelona. Ibrahimovic y Pastore se asociaron con facilidad y el argentino lo hizo perfecto a la hora de superar a Valdés. Justo en ese momento, Messi se quitó el pantalón del chándal, la noche estaba hecha para él.

Entró con media hora por delante y con la obligación de resolver el problemón en el que se había metido el Barça. Le bastaba con un tanto y ese era el menor de los males, sospechosa la actitud y pésima la prestación. Aunque existía la opción de Messi, su incorporación fue un mensaje negativo para el equipo, un recurso a la desesperada para remediar todo lo que se hizo mal anteriormente.

A partir de ahí, el Barcelona se expresó con mucha más alegría y todos pasaron a la acción. Es el efecto Messi, un futbolista capaz de intimidar con su presencia, origen de la jugada del empate en la que también apareció Villa y que remató Pedro con ese don de la oportunidad que alguien le dio para situaciones críticas como la de anoche. El Barça ya estaba otra vez en las semifinales y todo gracias a Messi, que ya no necesitó correr ni forzar más.

Hasta el final, el Barcelona vivió pendiente del reloj, angustiado como pocas veces se le ha visto. Estaba todo perdido hasta que exprimió a Messi. Es el precio para estar en semifinales.

Barcelona: Valdés; Alves, Piqué, Adriano (Bartra, m.62), Jordi Alba, Sergio Busquets, Xavi, Iniesta, Villa (Song, m. 84), Cesc (Messi, m. 62) y Pedro.

Paris Saint-Germain: Sirigu; Jallet (Van der Wiel, m. 88), Alex, Thiago Silva, Maxwell, Verratti (Beckham, m. 84), Thiago Motta, Lucas Moura, Lavezzi (Gameiro, m. 81), Pastor e Ibrahimovic.

Goles: 0-1: Pastore, m. 50. 1-1: Pedro, m. 71.

Árbitro: Björn Kuipers (Hol). Mostró tarjeta amarilla a Adriano, Lavezzi, Thiago Silva y Beckham.

Incidencias: Partido de vuelta de los cuartos de final de la Liga de Campeones disputado en el Camp Nou ante 96.022 espectadores.