Alzo mi voz contra una nueva forma de terrorismo de la derecha golpista, la aparición de alambradas entre acera y acera; la alambrada, emblema del campo de concentración, del gueto como aislamiento forzado a ciudadanos de diferente raza o ideología. Los señores que dirigen los tranques no saben hasta que límites están llevando su visión de la política. ¿Visión? Creo que no tienen ninguna, pues en la mesa de diálogo no ha surgido nada de parte de ellos para frenar la escalada de violencia que sufrimos. ¿Sabrán que el concepto de diálogo tiene una historia profunda y es tan delicado como la palabra rosa en un poema de Rilke? Recuerdo la definición precisa que diera a la palabra diálogo la filósofa alemana Hanna Arendt, autora que el doctor Carlos Tünnermann debería estar leyendo en el corredor de su casa (Sobre la violencia, ¿Qué es la democracia?), en lugar de estar proponiendo sus gastados desplazamientos retóricos que en una mesa de diálogo no abonan nada a la solución de la violencia desmedida que sufrimos.

Alzo mi voz, decía, como también la alzan millones de nicaragüenses: paciente crónico de artritis reumatoide, no puede realizar mi caminata de una cuadra por la presencia de un infame tranque, ahora más deshumanizado por el entrecruzamiento de alambres de púas. Pero volvamos a Hanna Arendt, para ella “dialogar” significa que los hombres deben tomar en cuenta con una voluntad inquebrantable las siguientes condiciones: “una exposición de las propias convicciones y una actitud amplia y desinteresada por la búsqueda del bien común”.

Esta frase sencilla pero honda de Hanna Arendt es el concepto que ha estado ausente en la llamada mesa de diálogo. El gobierno propone y la otra parte tranca y destruye, porque el verdadero interés de la oposición “pacifica” no es la “búsqueda del bien común”, su obsesión inmediata es la toma del poder, no de otra manera lo expuso -sin máscara alguna- el obispo Mata en una intervención fuera de programa, le pidió al Comandante Ortega, así por así, que abandonara ya su mandato presidencial; “¡habrase visto!”, como dijo César Vallejo. El obispo Mata desde hace mucho tiempo que está mirando a plena luz del día “rearmados”, fantasmal ejército de sombras como solo el teniente Giovanni Drogo en la novela de Dino Buzzati,

El desierto de los tártaros, puede dar testimonio, pues pasa toda su vida en una Fortaleza esperando una ansiada aparición de jinetes tártaros que nunca llega. Lo que el obispo Mata debería estar buscando en medio de la luz es el ejemplo de Cristo, aceptar al otro con su verdad que lo identifica, y buscar la convergencia entre diferentes puntos de vista. Mesa de diálogo es una disposición a encontrar la paz dondequiera que ésta se encuentre. Pero la paz no puede renacer si mentimos cuando utilizamos el “pre-juicio político” como un cuchillo en la garganta del Otro. Entonces no somos mediadores, formamos grupo con la derecha golpista que tranca la vida del país. Sobre este asunto, señor obispo Mata, quisiera que escuchara las palabras de un católico intenso como lo fue Georges Bernanos, decía: “La justicia que no es según Cristo, la justicia sin amor se convierte pronto en una bestia rabiosa”.

Es hora también de releer a Bernanos en este tiempo abrumado de fascistas, “para que las experiencias del Mal no lleguen demasiado lejos”. Me entumo dolorosamente en casa, pues alguien con artritis reumatoide severa necesita cotidianamente dar al menos algunos pasos por su cuadra; pero el tranque, ahora reforzado con alambradas, excluye-recluye nuestras vidas como en un gueto. ¿Qué recuerdo de su infancia tendrán los niños cuando pasan por ésas alambradas camino a la escuela? Puede responderme doctor Tünnermann, usted otrora Ministro de Educación. Tranques, representando pequeños “estados de excepción” impuestos por la decisión soberana de la derecha golpista. Una “tierra de nadie” que suspende nuestra vida en un espacio sin Ley, vacío anómico convirtiéndonos en rehenes de una política anti-democrática que -además de aislarnos los unos de los otros- arruina también toda la creciente economía que teníamos antes del 18 de abril. Tranques y tranques segmentando las calles y caminos de mi bello país; tranques, que no debemos confundir con las barricadas del 79 en las cuales rebotaban las balas de los máuser de la guardia somocista. Tranques, tan tristes y grises como un bunker nazi. Tranques donde se empoza la experiencia del Mal llegando ya muy lejos. Tranques, que solo la fuerza sublime de la paz puede suprimir.