El drama actual que vivimos todos los nicaragüenses, debe retomar el camino del dialogo y lograr que la paz reine de nuevo en nuestro territorio. Semejante momento de nuestra historia me ha recordado una alegoría de Walter Benjamin, el Ángel de la Historia, comentado en su Tesis IX sobre la filosofía de la Historia. El comentario de Benjamin fue inspirado por un cuadro de Paul Klee, el Ángelus Novus, reza: “Hay un cuadro de Klee que se llama Angelus Novus. En ese cuadro se representa a un ángel que parece a punto de alejarse de algo a lo que mira fijamente. Los ojos se le ven desorbitados, tiene la boca abierta y además las alas desplegadas. Pues este aspecto deberá tener el ángel de la historia. Él ha vuelto el rostro hacia el pasado. Donde ante nosotros aparece una cadena de datos, él ve una única catástrofe que amontona incansablemente ruina tras ruina y se las va arrojando a los pies. Bien le gustaría detenerse, despertar a los muertos y recomponer lo destrozado. Pero, soplando desde el Paraíso, una tempestad se enreda en sus alas, y es tan fuerte que el ángel no puede cerrarlas. Esta tempestad lo empuja incontenible hacia el futuro, al cual vuelve la espalda mientras el cúmulo de ruinas ante él va creciendo hasta el cielo. Lo que llamamos progreso es justamente esta tempestad”.

El Ángel de la Historia enfrentando con su mirada los daños causados por las guerras y las injusticias de otrora, quiere decirnos que solo la comprensión del pasado puede darnos una visión justa de lo que ocurre en el presente, motivo que me ha llevado a pensar -por la profundidad humana con que nos interroga- que el Ángel benjaminiano mira hacia Nicaragua, sobretodo en un momento en que el diálogo nacional parece no avanzar, por la terquedad y posicionamiento político de algunos miembros de la Conferencia Episcopal, obispos que han olvidado su mandato de buscadores de la paz; en ellos habíamos puesto nuestra esperanza, pero sus actos y opiniones diseminadas en diferentes medios, expresan lo contrario; parece que han posado su cayado sobre tierra infértil y llevan su rebaño al despeñadero. Para ellos escribo este artículo, para hacerles conocer el Ángel de la Historia, concebido por uno de los pensadores más grandes de la filosofía moderna.

Para el escritor Reyes Mate (Medianoche en la historia), el Ángel de la Historia “es un profeta del presente puesto que conoce lo que yace oculto bajo nuestros pies, un yacimiento que transformará la política en un momento de novedad y no de mera repetición del pasado”. Precisamente, situado en la exigencia de un aquí y de un ahora, plenamente arraigado en el presente y contemporáneo de cada situación humana vivida, mira primeramente hacia atrás: “Él ha vuelto el rostro hacia el pasado. Donde ante nosotros aparece una cadena de datos, él ve una única catástrofe que amontona incansablemente ruina tras ruina y se las va arrojando a los pies”.

La historia pasada puede resurgir, así el odio que creímos enterrado saca ahora sus uñas afiladas y está asesinando desde la sombra. En tal instante de peligro parece ser que los señores obispos olvidaron los enfrentamientos pasados, no tomaron en cuenta “la catástrofe que amontona incansablemente ruina tras ruina”. La guerra de liberación de 1979, la guerra contra la intervención norteamericana en los años 80. Mantenerse en vigilia contra cualquier acto de violencia, es el deber. Pero llamar irresponsablemente desde una homilía a la sedición, o arengar desde un tranque a cerrar el paso a todo tipo de transporte, incluyendo ambulancias, es atentar, señores obispos, contra la vida humana. Pareciera que ustedes conocen mejor la famosa frase del general prusiano Carl von Clausewitz: “la guerra es la continuación de la política por otros medios”, olvidando el amaos los unos a los otros de los Evangelios por lo que verdaderamente fueron convocados. ¿O la religión ya no es construcción del ser sino su destrucción?

El Ángel de la Historia, señores obispos, sugiere no olvidar las víctimas del pasado para no hacer del presente un monumento a la barbarie, no de otra manera se recompone la conciencia del presente; pues recomponer cada fragmento de este presente es la promesa, pero dentro del marco establecido por nuestra Constitución. El diálogo es una apertura hacia el porvenir, no un retorno a relatos cosificados, por eso la urgencia de “despertar a los muertos y recomponer lo destrozado” -como dice el texto de Benjamin- instando a pensar el tiempo histórico de otro modo: no como tiempo hueco seguido de meros acontecimientos archivados, sino como el despertar a una realidad otra, llena, que impusiera el fin del odio a todos aquéllos que -por ser dueños de la tierra- se creen también ser dueños de la verdad ( así les dijo en su cara el propio Secretario General de la OEA).

Era en este tiempo de crisis y a través del diálogo que había que detener el derramamiento de sangre entre hermanos; pero ustedes, señores obispos, continúan sirviendo a la vieja lectura de la historia narrada por los vencedores: el poder es de nosotros y de nadie más. Esa lectura de la historia que ha sido transmitida de generación en generación, o si se quiere, de apellido en apellido; el discurso continuum en heredad fluyendo a través de las familias oligarcas y sus medios de comunicación, activos desde hace años preparando furtivamente el golpe que nos asola. El diálogo, señores obispos, es la puertecita -argumentaría Benjamin- por la cual en cualquier momento puede llegar la paz. Ustedes apartaron su mirada de la lección histórica que les proponía El Ángel de la Historia, pero él les está observando desde su espacio sagrado, mientras sus alas son arrastradas por la tormenta hacia el futuro.