No es la primera vez que sobre una hoja de papel escribo el nombre de Karl Kraus (1874 -1936); allá por los años 90 escribí un poema que llevaba su nombre, el librito en que aparece se intitula Cuaderno de las afueras. Decía algo sobre la guerra. No me acuerdo bien. Recuerdo otras cosas de esos años 90: la librería Machine á Lire, donde compraba mis libros, y el encuentro fortuito un día entre sus estantes con el escritor Jean Bollack, quien impartía una conferencia sobre Paul Celan a unas pocas personas, pero él hablaba como si fuese escuchado por un anfiteatro todo repleto. Ahí me quedé toda la tarde escuchando al sabio. Alejado de la atmósfera de ese poema, hoy percibo a Karl Kraus desde otro ángulo, más urgente acaso, relacionado con nuestro tiempo pero que en su obra siempre estuvo presente: el lenguaje, el poder del lenguaje, con sus mentiras y verdades, con sus trajes confeccionados según el placer de quien los lleva; el uno para la reunión de negocios del día; el otro para la fiesta de la noche. Porque este fue el combate de Kraus: hacer del lenguaje no un medio de comunicación, sino un médium para llevarnos al origen del pensamiento. NadineLy, catedrática de la universidad de Burdeos, solía citarnos esta frase del autor de los Últimos días de la humanidad, para que comprendiésemos la fuerza de la etimología en el entramado de un texto:”Cuanto más de cerca se mira una palabra, tanto más de lejos ellanos devuelve la mirada”. Imaginemos la potencia lingüística de Kraus, influyendo decididamente sobre uno de los filósofos más grandes del siglo XX, Ludwig Wittgenstein, cuya obra filosófica desanudara preguntas vitales acerca de esta actividad única del ser humano. Me pongo a pensar si la famosa frase de Wittgenstein: “los límites de mi mundo son los limites de mi lenguaje”, no convoque acaso una intertextualidad con Kraus,“la idea viene porque la tomo de la palabra”. Kraus y Wittgenstein chocaron con “la pared del lenguaje”, con los límites del lenguaje. Por eso el país de Kraus limita siempre con las fronteras que le tracen las palabras. Como intelectual, siempre consideró a la prensa el lugar donde el lenguaje de los poderosos transmite una información cuya verdad está siempre del lado de sus intereses, verdad no calibrada en la realidad fáctica, doble en su contenido, como las dos caras de Juno. En este sentido, Karl Kraus fue el primer hombre de prensa en conocer el laberinto mediático de la posverdad, término que en su época no existía como tal, pero era ya una estrategia de los hacedores de noticias; asimismo, Kafka en su novela El Castillo, profetizaba la posverdad: móvil que desorienta al agrimensor K en la búsqueda de su salvación. El periodismo de Kraus fue sincero, auténtico ante una época hábil en hilar falsas conjeturas acerca de los valores sociales, hablamos nada menos de la Viena de Freud, de Musil, de Hugo Von Hofmannsthal, que él enfrentaba a capa y espada transfiriéndoles valores verdaderos, oponiéndose cotidianamente al lenguaje engañoso “que hace pasar algo por lo que no es” desde las páginas de su diario La Antorcha (Die Fackel ): ”La prensa es el acontecimiento, pero no debe informar de los hechos antes de que se hagan realidad”.Para Kraus, el lenguaje es el lugar del sentido y no del ornamento, lo contrapone a la posverdad, que da importancia a la apariencia, al canto de sirena de los titulares periodísticos que manipulan la opinión pública, bajo la dirección de poderosos oligarcas que condicionan a su antojo la “difamación legítima”. Sobre ello Kraus tiene la fórmula: “¡Ay, ay de la prensa! Si Cristo viniese ahora al mundo, tan cierto como que vivo que no les señalaría la paja en el ojo a los fariseos, sino a los periodistas”. Kraus es la bisagra entre el viejo humanismo heredado de la Ilustración y su superación misma para dirigir hacia otra dirección el nuevo humanismo; sus ideas fueron decisivas en la historia del siglo pasado, vigentes todavía en este siglo XXI. Releerlo, sería recuperar el vacío que supuestamente dejara el abandono de los grandes relatos. Pero los grandes relatos siguen existiendo, Walter Benjamin lo plantea de esta manera: “mientras quede un mendigo, todavía existirá el mito”. Aproximarnos nuevamente a la palabra de Kraus, es tratar de conocer al periodismo desde su étimo, para que nos devuelva la mirada desde su verdad inicial, no aquella que las fakenews repiten globalmente en lo cotidiano. Noticias en carrousel han intentado detener, bruscamente, la paz que tanto nos ha costado; alguien con su dedito amañado en desestabilizar a los países que se resisten a sus intereses hegemónicos, está haciendo girar la esfera-imagen del mundo a su favor. Noticias que llaman al caos social, sino al crimen: periodismo irreflexivo, violento, de lanzallamas. Lo hemos sufrido estos últimos días en Nicaragua, por eso me estoy acordando de Karl Kraus. Para los que andan creyendo en vendedores de quimeras, les propongo leer estas palabras de GillesDeleuze: “Las personas que no son de izquierda perciben el mundo desde sí mismos, o dicho de otra manera le dan la mayor prioridad al “yo” y al entorno cercano, despreocupándose por el contexto que le es lejano. Si uno entonces es privilegiado busca como hacer que ese privilegio se haga continuo con el tiempo, que no se pierda, ni se desgaste”. Es decir, la gente de derecha da más valor a lo que está cerquita de ellos, despreocupándose del resto, de los otros; saben, sí, ocultarse detrás de los otros siguiendo el manual de guerra no convencional para concretar sus propósitos. La prioridad del buen gobierno sandinista es embellecer nuestra cuadra y embellecer también la cuadra del barrio siguiente, y así sucesivamente. Pongo esta cita del filósofo Deleuze porque era una práctica muy de Kraus, la "citación objetivante", como él la llamaba; insertar aforismos en las páginas de su periódico para provocar un “choc” en el lector y sacarlo de su contexto habitual, práctica de la cita que compartía con Walter Benjamin: lectura para hacer del ahora un tiempo pleno y no homogéneo donde se acumula la catástrofe permanente de la posverdad. Ingenua intención la mía, tratando de recordar a aquellos que nos dividen el ejemplo ético de Karl Kraus. Me pregunto si alguna vez tuvieron un libro de él en sus manos: la deriva de la posverdad y la banalización del mal que la acompaña, me hacen pensar lo contrario. Los nicaragüenses oramos por la paz, como están orando los labradores en El Ángelus de Millet. Nicaragua no es tierra para los sembradores de odio.