El agua potable que para muchos es un bien primordial prácticamente al alcance de las manos, era un sueño hasta hace dos años en el municipio de Morrito, un municipio del departamento de Río San Juan caracterizado por una intensa actividad ganadera y por sus bellas playas a la orilla del Lago Cocibolca.

Durante años los poco menos de 2 mil habitantes del casco urbano del municipio tuvieron que abastecerse de agua a través de un pozo comunal y de una serie de pozos privados, los cuales en varias ocasiones marcaron una alta densidad de bacterias, de allí que dichas aguas no fueran aptas para el consumo humano.

Luego de evaluar las posibilidades existentes, se llegó a la conclusión de que el mejor recurso disponible estaba precisamente a pocos metros del poblado: en el inmenso lago Cocibolca. De tal manera que gracias a 8.2 millones de córdobas aportados por el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) y con la contrapartida del Gobierno Sandinista se empezó a construir una pequeña planta de purificación que hoy, año y medio después, abastece de agua a todo el casco urbano de Morrito.

“Había problemas de acceso al agua potable. La gente se abastecía prácticamente de un pozo comunal y pozos privados, pero el servicio era muy deficiente porque los pozos estaban contaminados”, recordó Edwin Antonio Amador, director de servicios municipales de la alcaldía.

“Se hicieron dos estudios en diferentes comarcas: una en Chagüitillo y otra aquí en Monte Grande, pero desgraciadamente las fuentes fueron muy pobres. Entonces se visionó que una de las alternativas grandes era el lago, porque posiblemente Morrito iba a crecer y teníamos que tener cantidad y calidad de agua”, explicó.

De acuerdo a Alan Robles, encargado de la planta de purificación, diariamente se procesan 40 mil galones de agua, la cual es tratada con sulfato de aluminio, cloro e hipoclorito de sodio.

“El agua es bombeada desde el lago, pero de aquí sale tratada y de muy buena calidad para que la población la pueda usar”, aseguró.

Agua tenían que acarrearla hacia los hogares

Robles tiene 52 años de edad y recuerda que toda la vida la población había tenido que recorrer largas distancias para poder llevar un poco de agua para los quehaceres del hogar.

“Antes teníamos que ir a halar agua a los pozos y el agua no era buena, pero era la única que teníamos a mano. Ahora no hay necesidad de irla a acarrear porque nos llega a las casas”, indicó.

En los mismos términos se refirió Ana Patricia Funes, de32 años, y madre de 3 niños.

“Antes uno tenía que acarrear el agua en baldes y era un trabajo muy pesado. Además uno no estaba seguro porque nos podíamos enfermar ya que del pozo se había dicho que tenía muchas bacterias. Hoy gracias a Dios y al Gobierno tenemos un agua bien limpia y abundante, no como antes que uno tenía que estar pensando en no gastar el puchito que había acarreado”, aseguró Funes.